␥ Jean Bottéro [1914-2007]

por Teoría de la historia

El asiriólogo francés Jean Bottéro, mundialmente reconocido por su saber sobre el antiguo Oriente Medio y el mundo de la Biblia, se tomaba con gracia la singularidad de su disciplina. Especializado en la Mesopotamia, donde surgió la primera civilización históricamente conocida y de la cual provienen la invención de la escritura y el derecho, la asiriología [según Bottéro] “compartía con la metafísica su renuncia a cualquier meta que no sea el conocimiento puro”, puesto que, como ésta, sólo puede ser un “saber de lo posible” sobre un puñado de personas. Bottéro se va por la tangente únicamente para ocultar la exigencia de un erudito que no hace más que escribir para comprender y no aventura ninguna síntesis inteligible hasta tanto no tener suficientemente resuelta la pregunta que se hace […] Bottéro proviene de un medio modesto -sus padres son descendientes de emigrados piamonteses-. Nace un 30 de agosto de 1914, a poco de haber comenzado la Gran Guerra, en Vallauris (en los Alpes marítimos) donde su padre era alfarero. Ese mismo año, su padre es mobilizado y no volverá de su cautividad hasta cinco años después cuando el pequeño Jean ya sorprende con su precocidad. A los 11 años, Jean ingresa en el seminario de Niza donde toma sus primeras clases de latín y griego, de allí su profunda y perdurable gratitud hacia a la institución dominicana, aquella que le ofreció una sólida formación sin que tomara contacto directo con la miseria. Sin duda, fue esa razón la que, tan pronto como terminó el bachillerato, lo empujó a entrar en una orden religiosa. Tras hacer el noviciado en Biarritz en 1931, en la navidad del año siguiente toma los hábitos del priorato de Saint-Maximin. En “Babilonia y la Biblia”, un maravilloso libro de entrevistas que le hizo Hélène Monsacré en 1994, Bottéro señala que fue seducido tanto por la teología como por la metafísica. Luego, es elegido por el Padre Lagrange, fundador de la Escuela Bíblica de Jerusalén, para tomar la posta y seguir interrogando in situ el texto testamentario. “Estudiar la Biblia en el país en que se ha escrito”: el proyecto entusiasmaba al joven Jean quien se puso a estudiar alemán (“la primera de las lenguas semíticas”, según Lagrange). Luego le siguió el hebreo, por supuesto, pero el conflicto mundial suspendió su sueño en tierra palestina. Bloqueado en Saint-Maximin, enseña filosofía griega y exégesis bíblica, comenzando por el estudio de Job y del Eclesiástico a fin de interrogar la cuestión del mal. Una manera, en suma, de elevar el Antiguo Testamento al rango de cuestión científica. Sin embargo, cuando aborda el Génesis y se niega a darle crédito histórico al relato del pecado original, se produce la ruptura y es suspendido. Como no puede renunciar a sus estudios, reemprende el proyecto de Lagrange y se establece en el Próximo Oriente. Si bien sólo sabía acadio, tradujo con la ayuda de René Labat, profesor de filología e historia de la École Pratique des Hautes Études (EPHE), el “Código de Hammurabi”. Se refugia así en el convento dominicano de la rue Glacière en París, donde habla latín y vive en una burbuja que le permite huir de los tomistas de la Edad Media… Impulsado por Labat, Bottéro ingresa al CNRS en 1957: una verdadera oportunidad puesto que sus superiores religiosos pronto le prohíben regresar a Saint-Maximin, dado que su presencia era considerada “un peligro para los jóvenes”. Obligado a pedir la “reducción al estado laico” en 1950 y al no poder oficiar como biblista, se convertirá en asiriólogo. Pero su carrera no ha cambiado. Todo redunda en beneficio de comprender mejor la Biblia y ver “qué hay detrás de ella”. André Parrot le ofrece sus servicios para indagar los misterios de Mari, el sitio arqueológico sirio que le representa un primer contacto con el terreno. En ese marco, Bottéro descubre Irak y verifica la sensatez del postulado de Lagrange según el cual se debía estudiar la escritura cuneiforme, allí donde había sido escrita. De regreso a Francia, reanuda la enseñanza en la Escuela del Louvre con una iniciación a la lengua acadia. Pero su libertad de pensamiento y su falta de diplomacia le granjean grandes enemigos. Cuando está a punto de ser apartado del CNRS, Labat (quien lo quiere como su sucesor en la EPHE) crea en 1958 una segunda cátedra de asiriología sólo para él. Así pues, con un puesto seguro, Bottéro se consagrará completamente al estudio de la civilización mesopotámica, ya no como arqueólogo o filólogo, sino como historiador. Tras haber estrechado fuertes lazos con colegas extranjeros -desde 1950, el encuentro internacional que reúne anualmente a los asiriólogos alemanes y norteamericanos, recibe calurosamente al sabio francés-, Heinrich Lenzen (el jefe de una excavación en Uruk), lo invita en calidad de epigrafista al corazón del desierto iraní… Mientras su nombre se hace cada vez más conocido en el mundo y el número de sus pubicaciones se acrecienta, Bottéro proseguirá en la EPHE la meticulosa exploración de un botín arqueológico gigantesco del que ofrece, a instancias de Marcel Gauchet, síntesis reveladoras. En Gallimard, publica una retahíla de publicaciones decisivas: “Naissance de Dieu. La Bible et l’Historien”, “Mésopotamie. L’Écriture, la raison et les dieux”, “Lorsque les dieux faisaient l’homme. Mythologie mésopotamienne” y una traducción del Poema de Gilgamesh […]

[Philippe-Jean CATINCHI. “Jean Bottéro, éminent assyriologue, nous a quittés”, in Le Monde (Paris), 25 de diciembre de 2007. Traducción del francés por Andrés G. Freijomil]

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