✍ El caballero, la mujer y el cura. El matrimonio en la Francia feudal [1980]

por Teoría de la historia

Apasionante es el calificativo que encuentro para el último libro publicado por uno de los mejores historiadores de la Edad Media con que contamos en la actualidad. Georges Duby, en la cúspide de su carrera y su producción, nos demuestra en esta ocasión cómo la historia presente nos lleva al pasado y nos motiva a investigar temas hasta ahora poco atractivos. La crisis actual del matrimonio como institución lleva a que algunos, por ignorancia o manipulación, quieran presentárnoslo como eterno y permanente, pretendiendo ignorar u olvidar, que el matrimonio bajo la modalidad que nosotros conocemos, si bien tiene ya varios siglos, no ha sido ni eterno ni inmóvil. Las instituciones tienen vida e irse acomodando y modificando de acuerdo a la sociedad que pretenden regir, es una de sus principales características: lo que funcionó para una época no tiene forzosamente que funcionar para otra. Este trabajo se desarrolla en torno a un conflicto: la disputa entre la Iglesia y los señores feudales por reglamentar la práctica matrimonial. El pleito lo inicia el cuerpo eclesiástico, que en su intento por reformar la Iglesia, pretende purificar la sociedad entera. Impone el celibato a los clérigos y elabora su modelo matrimonial. A fin de poder establecer un orden, la Iglesia tuvo que dedicarse primero a conformar una regla y puso a sus teóricos a trabajar: a leer, a releer, a interpretar los evangelios y los escritos de los padres de la Iglesia, el Antiguo Testamento. Si no encontraban respuesta a sus preguntas ¿por qué no arriesgarse y tratar de interprerar los deseos de Dios? Deseos que se dejan ver, cuando Dios, inconforme o disgustado, hace explotar su ira sobre la tierra. Todo esto es “fabricación de ideología” como Duby lo dice. Así, poco a poco, fue naciendo lo que llegó a formar el Séptimo Mandamiento. Tres siglos tardó en establecerse y afianzarse el nuevo sacramento del matrimonio, en una sociedad no del todo dócil, ni del todo dispuesta a ceder su libertad a un clero cada día más impositivo, que refuerza por diferentes medios su poderío. Si hay enfrentamientos fuertes, los intereses de estas dos órdenes, nobleza y clero, no siempre van separados; en un momento en que el señorío trata de afianzar sus derechos, en que la nobleza, hasta entonces clase abierta, cierra sus puertas a los advenedizos, utiliza las reglas de la Iglesia para afianzar su poder terrenal. A partir del siglo X, para ser noble, hay que ser hijo de noble y, por lo tanto, hay que cuidar la estirpe, fijándose bien con quién caso a mis hijos y a cuántos caso para evitar la disgregación del patrimonio. Y también de la nobleza se apodera un afán reformista y purificador. Los monasterios se multiplican, el número de cruzados aumenta, los conventos se llenan. No nada más los hombres, sino también las mujeres sienten la presión y son llevadas al reclusorio. Los desheredados se recluyen mientras el poder feudal se afianza, dejando el patrimonio al hijo mayor. Conventos y cruzadas eliminan o alejan a los segundones. El celibato forzado es una estrategia familiar. Mientras tanto la Iglesia teje su trama y dictamina: que el matrimonio “incestuoso” no existe (el “incesto” existe entre parientes carnales o espirituales) que la mujer como fuente de pecado hay que vigilarla, que el matrimonio es un medio para controlar la concupiscencia. Al mismo tiempo, la Iglesia revaloriza a la mujer al grado que se puede hablar de una alianza de los clérigos y de las mujeres contra la brutalidad machista y las estrategias matrimoniales de los clanes. El matrimonio como acto social debe ser público y sacralizado, y muchas reglas más vienen a conformar la sagrada institución del matrimonio. En algunas ocasiones, la represión fue tal, que los jóvenes empezaron a rebelarse y se dio un31L1EDofWZL enfrentamiento entre generaciones. Pero para entonces ya iglesia y nobleza habían logrado su cometido. Debido a los cambios en la práctica matrimonial, la estructura de la clase dominante se modificó en algunos decenios, convirtiéndose en una yuxtaposición de pequeñas dinastías rivales, arraigadas en su patrimonio, viviendo y fomentando el recuerdo de sus ancestros varones. El parentesco vertical suplantó al horizontal. Una vez implantado el modelo deseado, tanto el de la nobleza como el de la Iglesia, las riendas se soltaron y la terrible represión a la que estuvo sujeta toda esa pequeña nobleza de desheredados desapareció. De un día para otro se vio libre de presiones y pudo casarse y fundar su hogar, ya sin control, pues tan solo el mayor, el jefe, tenía la responsabilidad de resguardar el linaje y las pertenencias, puesto que tan solo a él correspondían. Los menores, sin poder ya reclamar bienes materiales, pudieron disponer libremente de su persona. En torno a la casa madre se fundaron casas modestas, y el número de hombres de buena cuna se multiplicó en los primeros decenios del siglo XIII. Esto y mucho más nos enseña Duby, pero habrá que leerlo para sacarle todo el jugo a un trabajo tan acabado.

[Beatriz ROJAS. “Reseña”, in Relaciones. Estudios de Historia y Sociedad, vol. III, nº 10, 1982, pp. 148-151]

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