␥ Michel Vovelle [1933]

por Teoría de la historia

El historiador francés Michel Vovelle, nacido en 1933, estudió en la Escuela Normal Superior de Saint-Cloud, y fue discípulo de Ernest Labrousse. Sabido es que la historiografía francesa puede dividirse desde los años 1950 en historiadores braudelianos, discípulos de Fernand Braudel, vinculados directamente a la Escuela de los “Annales”, y “los otros”. Pues bien, Vovelle pertenece a “los otros” historiadores franceses, historiadores, ciertamente, no sujetos a dependencias escolásticas y de ejecutoria temática y metodológica muy personal. Si el itinerario de los hombres de “Annales” ha sido su trasvase temático de la historia económica coyunturalista a la historia de las mentalidades (“de la bodega al granero”) paralelo a una derechización ideológica más o menos pronunciada, Vovelle ha simultaneado su interés por la historia social de la Revolución Francesa —con libros como “La caída de la monarquía” (1972) o su “Introducción a la historia de la Revolución Francesa” (1979)— con su atracción por la historia de las mentalidades —“Mourir autrefois” (1974), “Religion et Révolution. La déchristianisation de l’An II” (1976), “Les metamorphoses de la fête en Provence” (1976), y sobre todo, “Piété baroque et de christianisation en Provence au XVIIIe siècle” (1978), el conjunto de artículos: “Ideologies et mentalités” (1982) y “La mort et l’Occident” (1983). Esta doble línea de investigación la ha justificado el propio Vovelle en función de su preocupación por la dialéctica del tiempo largo y el tiempo corto; el primero le ha conducido al examen de la historia de las mentalidades mientras que el segundo le ha llevado a analizar el evento revolucionario. Ha sido según él la necesidad de explicar el trasfondo de la Revolución Francesa lo que le ha conducido a la historia de las mentalidades. Su condición convicta y confesa de historiador de mentalidades no le ha privado de representar en el marco de la tan nutrida historiografia sobre la Revolución Francesa las posturas de la izquierda de sus maestros Labrousse o Soboul frente al revisionismo de historiadores como Furet, Richet, Ozouf y tantos otros. Vovelle, presidente de la Comisión Nacional de Investigación Histórica para el Bicentenario de la Revolución Francesa, celebrado como es bien sabido a lo largo del año 1989, ha discrepado puntualmente de las citadas tesis revisionistas que, dicho sea de paso, han tenido enorme predicamento en Francia con motivo del bicentenario. Las principales discrepancias pueden concretarse en cuatro aspectos: el propio concepto genérico de revolución que la historiografía conservadora se niega a reconocer como una transformación estructural en términos de lucha de clases reduciéndola a aspectos ideológicos como el “reinvento por una comunidad de la legitimidad de una vida colectiva” y proponiendo alternativas al concepto de clases sociales tal como elites, órdenes, solidaridades verticales…; la conceptualización de la Revolución Francesa, entendida por la historiografia marxista como revolución burguesa, lo que niega la historiografía conservadora (negación de la realidad feudal previa o de la realidad capitalista posterior, afirmación de que la nobleza francesa estuvo enquistada en el poder hasta 1875, ausencia de conciencia de clase burguesa; tesis de que la aportación de la Revolución Francesa no ha sido el capitalismo, sino la política democrática); la consideración del jacobinismo, sobre el que la historiografía conservadora carga todas las connotaciones más siniestras mientras que la historiografía marxista renuncia a la demonización de la “égalité” jacobina y, por último, el sentido de la celebración del propio centenario, cuya conmemoración es reconducida por la historiografia conservadora para enterrar la propia Revolución —la sentencia furetiana de “La Revolución ha terminado”— mientras que para la historiografía progresista es utilizada para potenciar la ilusión de la legitimidad y la viabilidad de los cambios revolucionarios. Ciertamente, Vovelle en una entrevista formulada por Franco Pitocco se hacía eco de la división que la conmemoración de la Revolución Francesa ha generado entre la propia izquierda francesa, dado que los comunistas han asumido literalmente el discurso jacobino y los socialistas se han escindido entre los seguidores de Jaurès y la alternativa liberal mitterandista que parece seguir a Mirabeau. Tengo la impresión de que esta crisis de seguridad del pensamiento izquierdista francés, agradable con la experiencia del hundimiento del socialismo real que está enterrando la otra gran revolución —la rusa de 1917— se está dejando sentir en la trayectoria de la historiografía progresista francesa y europea, en general.

[Ricardo GARCÍA CÁRCEL. “El autor y la Revolución gala”, in La Vanguardia (Barcelona), marzo de 1990, pp. 6-7]

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