␥ John V. Murra [1916-2006]

por Teoría de la historia

El antropólogo e historiador John Victor Murra, nacido el 24 de agosto de 1916 y fallecido el 16 de octubre del 2006 a la edad de 90 años, revolucionó el estudio y comprensión de las culturas andinas y en particular de la sociedad y el estado Inca. Mientras los eruditos que le precedieron se habían dejado fascinar por los rasgos únicos y exóticos del Incario (maravillándose por su estado centralizado y por el enorme poder e influencia de un dominio que se extendió por miles de kilómetros a lo largo de la cadena andina, capaz de desarrollarse sin dinero ni mercados, ni tecnologías como de la rueda y, al parecer, sin cualquier forma de escritura), el genio de Murra radicó en analizar sobre todo el Incario como un sistema extraordinariamente eficaz de administración social. Nacido como Isak Lipschitz, un año antes de la revolución rusa de 1917, en Odesa, el cosmopolita puerto del Mar Negro, su recuerdo más temprano fue atravesar corriendo el puente que atraviesa el Dnieper en Rumania, con su madre cargando sobre su espalda las reliquias de la familia. Todo esto en medio del tiroteo que se abría detrás de ellos mientras la joven Unión Soviética se sumergía en la guerra civil. John Murra creció en Bucarest, identificándose, de manera entusiasta, con la dinámica de un país en proceso de inventarse a sí mismo como nación, a la sombra de las ruinas del Imperio Otomano, el dominio de los Habsburgo y el Imperio ruso. Cuando la ultranacionalista y antisemita Guardia de Hierro ganó prominencia en el país, en su temprana adolescencia, él se unió al movimiento juvenil socialdemocráta asociado al Partido Comunista. Hacia 1934, sus padres, desesperados por evitar que cayera en la cárcel, arreglaron para que fuera a Chicago, en Estados Unidos, en donde vivía uno de sus tíos como músico, intérprete de contrabajo. Murra estudió en la Universidad de Chicago durante la etapa de Radcliffe Brown, líder de la prestigiosa tradición intelectual de la antropología social británica. Si bien aprendió mucho, al mismo tiempo mantuvo una actitud rebelde. Se cuenta, como anécdota, que permanecía de pie al otro extremo de donde Radcliffe Brown dictaba sus conferencias gritando: “¿Y qué pasa con la lucha de clases?”. Se casó brevemente con Virginia Miller, una colega militante. Se alistó como voluntario en la guerra civil española y desde 1936 hasta 1939 estuvo en el 58º batallón de la 15ª Brigada (Internacional) del ejército Republicano, defendiendo la república española contra la insurrección derechista de Franco. Debido a su uso fluido del ruso, el rumano, el francés, el alemán, el inglés y el español, fue trasladado desde el frente al alto mando republicano en calidad de traductor. Esto le proporcionó una inconmensurable experiencia sobre el funcionamiento del poder, y sobre los desvíos y manipulaciones de los comisarios. Fue herido en acción durante la guerra; al final de esta, se escapó por los Pirineos hasta terminar varado con otros miles de excombatientes en un campo de internamiento en la playa de Argeles. Trabajando otra vez como traductor, le impresionó la actitud del Partido Comunista que, con total cinismo, mandaba a sus excombatientes a volver a sus países de origen, donde les esperaba una muerte segura a manos de los gobiernos fascistas instaurados en ellos. Su ex-esposa le consiguió la visa para que volviera a Estados Unidos, haciendo uso de su visa, salvando, sin duda, su vida. Pero su compromiso con el comunismo había terminado. El golpe final fue el pacto de no agresión entre Hitler y Stalin en agosto de 1939, momento en el que abandonó definitivamente el partido. Como un signo de su ruptura con su pasado él se reinventó como John Victor Murra. “Murra” (que significa zarzamora) era su apodo rumano debido a sus penetrantes ojos negros; “Victor” señalaba su política radical; y “John” lo escogió por su carácter anónimo, práctico, americano. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó con la antropóloga Ruth Benedict, y visitó Ecuador en donde realizó su primer trabajo sobre los Andes. Con la llegada de la Guerra Fría sufrió, al igual que muchos otros, las consecuencias de la cacería de brujas antizquierdista y las restricciones contra cualquiera sospechoso de tener simpatías por el comunismo. Le fue negada, en una primera fase, la ciudadanía estadounidense, y después de que se la concedieron, no le otorgarían un pasaporte hasta 1956. Esto influyó en que su trabajo de PhD sobre “La organización económica del Estado Inca” se basara en fuentes documentales históricas. La fascinación de Murra con el funcionamiento de la civilización andina, y la originalidad de su análisis, no fue ajena a su identidad como rumano, y de todo lo que él había aprendido como joven militante. Uno de los factores que lo llevaron a estudiar el estado Inca fue indudablemente el que se lo haya comparado con la nueva Unión Soviética, hasta el punto que el historiador francés de derecha Louis Baudin llegó a calificarlo como el “primer estado socialista” del mundo. Sus lecturas de las fuentes coloniales españolas del siglo XVI fueron llevadas no por los autores consagrados (divine rulers), ni por la cosmología exótica, sino por preguntas más pragmáticas de cómo este régimen único fue organizado y administrado. Él creyó apasionadamente que este era un recurso precioso para la humanidad, porque esta fue una civilización grande y distintiva que se desarrolló independientemente de la influencia europea o asiática. No era ningún romántico, menos un iluso con respecto al poder. Celebró la eficiente carrera de un sistema de gobierno extraordinariamente centralizado en el -al parecer- poco prometedor ambiente de los Andes centrales, y procuró entender los medios materiales y simbólicos que hicieron que la población campesina del Incario viera al estado como una fuente de justicia, y se animaran a trabajar para sus gobernantes. Al mismo tiempo, como rumano, se sintonizó más con las zonas marginales que con el Cuzco, la capital real del Incario. Las figuras por las que él fundamentalmente se interesó fueron los burócratas provinciales responsables de los censos y de la distribución de las asignaciones de trabajo; igualmente le preocuparon los grupos étnicos capaces de crear condiciones de reproducción social y de evitar las condiciones de hambruna gracias al desarrollo de prácticas sofisticadas de manejo de recursos ubicados a larga distancia y en distintos pisos ecológicos. Murra desmereció la expresión “conquista española”. Para él, lo que realmente había pasado era una invasión: la “conquista” implicaba una legitimación del nuevo orden. Para Murra, esta invasión fue una catástrofe: la pérdida de un conocimiento y un entendimiento único, debido, en parte, a la destrucción voluntaria y en parte a la ignorancia y mala interpretación. Al mismo tiempo, él apreció a aquellos funcionarios españoles y soldados que comenzaron a conseguir una comprensión de la civilización que destruían, de modo que su investigación posterior se enfocó al desvelamiento de tales figuras. Los análisis de Murra sobre los Andes se fundaron en un materialismo robusto, aspecto que fue apreciado por la antropología marxista de los años 1970. Al mismo tiempo, las nuevas generaciones de intelectuales indígenas en Sudamérica fueron inspiradas por su trabajo, y lo utilizaron en sus tentativas de reavivar sus propias tradiciones sociales. John Murra obtuvo varios puestos académicos en Estados Unidos, siendo los más importantes en Puerto Rico, en el Vassar College y en la Universidad de Cornell en el estado de Nueva York. Un viajero infatigable, pasó mucho tiempo en América Latina. En el año 1964 fue cofundador del prestigioso Instituto de Estudios Peruanos, y en 1966 el gran escritor peruano José María Arguedas dedicó a Murra uno de sus poemas más famosos: “Llamado a algunos Doctores”. Murra a menudo decía que la antropología era su verdadera casa. Murra fue un hombre de intensas paradojas: patriarcal y autoritario, era al mismo tiempo profundamente partidario de las mujeres en sus luchas por crear un espacio personal y ganar el reconocimiento profesional. Una de sus estudiantes, la feminista californiana Laura X, había adoptado su apellido como propio. Aborreció los regímenes soviéticos, y admiró y apreció el localismo de la política estadounidense, pero creyó en un estado fuerte, y mostró poca simpatía por los movimientos libertarios estudiantiles de finales de los años 1960. Las figuras que más admiró eran a menudo poderosos estrategas: hombres como su camarada rumano Petru Navodaru o Ángel Palerm, el comandante catalán republicano convertido en antropólogo mexicano. Murra era un convencido entusiasta de la psicoterapia, y antes de su muerte donó muchos cuadernos donde había registrado sus propios sueños a los Archivos Nacionales Antropológicos Norteamericanos. Su segundo matrimonio con Elizabeth Sawyer acabó en divorcio. No tuvo hijos, pero fue un profesor motivador y figura paterna para una gama muy amplia de gente a través del mundo, con mucha de esa gente mantuvo una correspondencia infatigable. Su hermana Ata lo sobrevive en Rumania. Entre sus grandes obras, cabe destacar “The Economic Organization of the Inca State” (1956) y “Formaciones económicas y políticas del mundo andino” (1975).

[Olivia HARRIS. “John Victor Murra Antropólogo e historiador de los Andes”, in Íconos, nº 27, 2007, pp. 164-166]

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