✍ La revolución en la historia [1986]

por Teoría de la historia

El empleo del término revolución pasa por una confusa coyuntura ante la dificultad de aplicarlo en una sociedad donde la idea de ruptura revolucionaria es difícil de sostener, e incluso se cuestiona su realidad histórica. Los cambios en los países del Este, el reciente bicentenario de la Revolución Francesa y las últimas reflexiones sobre la Revolución Industrial ponen en duda, en primer lugar, la eficacia de un cambio radical y, por otro lado, la propia existencia de tales revoluciones. Ante tal confusión, proliferan múltiples usos del término revolución, un elenco de abusos terminológicos que diluye el significado del propio concepto, sinónimo al mismo tiempo de ruptura y evolución, siempre y cuando conlleve una transformación realmente fundamental. La obra que presentan Roy Porter y Mikulás Teich es una selección de ensayos que no contiene una discusión sobre el concepto general de revolución. Tan solo Eric Hobsbawm delinea el marco en el que habría que situar el estudio de la historia de las revoluciones. En el resto de los artículos se ofrece una excelente muestra de la amplia pluralidad del uso y abuso, desuso y aceptación presente del término en diferentes campos historiográficos, proyectándose los historiadores en dos direcciones principales: la concepción de la revolución como una supuesta ruptura o cambio súbito y la consideración de la misma como un eslabón en la continuidad del cambio. La revolución técnica es lo que suscita mayor atención: las reflexiones de Roy Porter, Mikulás Teich, Akos Paulinyi, e incluso Elizabeth Eisenstein son ejemplo de ello. Para Akos Paulinyi, “el elemento fundamental de la revolución técnica, a la que solemos llamar revolución industrial, fue la introducción masiva de máquinas de trabajo para dar forma a la materia”. Llama la atención su reduccionista identificación de la técnica y la industria, y las claras consecuencias de ruptura con el pasado medieval y moderno que, a su juicio, adquieren su propio impulso evolucionista. La duda sobre el cambio súbito, como elemento clave para concebir un proceso de tales características se resume con la parábola del zapato del filósofo, cuyas diferentes partes eran sustituidas poco a poco y al final, ¿se trataba del mismo zapato o de otro nuevo? Alan Macfarlane sintetiza de esta forma su alegato a favor de la continuidad en el cambio en su ensayo “La revolución socioeconómica en Inglaterra”. William N. Parker precisa el origen del espíritu de revolución continua en el renacimiento para explicar la aparición de las revoluciones agraria e industrial. Elizabeth Eisenstein cree que los efectos posteriores de la revolución de la imprenta deben situarse en un proceso largo, acumulativo e irreversible que nos lleva al corazón mismo de la Revolución Francesa. Para la historiadora norteamericana “y en mayor medida de lo que se piensa muchas veces, los acontecimientos de 1788-1789 fueron consecuencia, al parecer, de la suspensión de los controles gubernamentales sobre el material impreso”. Discutible o no, lo importante a retener en estos ensayos es el concepto de “revolución larga”, acuñado por Raymond Williams en 1961. Peter Burke, en su trabajo “La revolución en la cultura9780521277846 popular”, reflexiona sobre la gran difusión de ese concepto, y advierte de la contradicción que conlleva. La perspectiva de la larga duración es útil metodológicamente ya que acontecimientos, coyunturas y tiempo largo permanecen unidos. La utilización de la “longue durée” por la escuela de los Annales ha llevado al perfeccionamiento continuo (del presente al futuro sin discontinuidades), estamos a las puertas de la “historia inmóvil”, el sistema se adapta a sí mismo. El riesgo es evidente: las contradicciones sociales pierden todo sentido. Evitan este peligro algunos historiadores anglosajones rizando el rizo al plantear la necesidad de situar una revolución dentro de la revolución permanente o continua, cuyo final es difícil de determinar. Victor Kiernan señala cómo el Tercer Mundo complica aún más el concepto de revolución que, aunque exportado por el “imperialismo revolucionario” occidental, adopta allí formas y dimensiones distintas. A pesar de la advertencia de Alan Macfarlane del “declive inminente del revolucionismo”, en función de los cambios recientes en la ideología política, el debate sobre el concepto de revolución es más que nunca fundamental para explicar y comprender cambios totales y acelerados a lo largo de la historia de la Humanidad.

[Manuel PEÑA DÍAZ. “Hacia la definición de un concepto”, in La Vanguardia (Barcelona), septiembre de 1991, p. 5]