␥ Jules Michelet [1798-1874]

por Teoría de la historia

El historiador francés Jules Michelet (1798-1874), hijo de un modesto impresor que gracias a un esfuerzo muy grande le hizo estudiar, llegó a desempeñar el papel de catedrático en la Normandía y en la Sorbona. Desde 1839 hasta 1850, fue profesor de moral e historia en el Colegio de Francia, de donde fue destituido por problemas políticos. No obstante que ideas políticas lo sumieron en una situación sumamente precaria, no claudicó. Desgraciadamente  cuando el régimen se hizo más flexible, Michelet había ya entrado en la decadencia intelectual. Su obra más importante es la Historia de Francia, cuyo plan inicial era llevarla de la Edad Media a su propia época, pero alcanzó a llegar sólo hasta la revolución. Además, publicó un Breviario de historia moderna, que ofrecía sin áridos resúmenes cronológicos, una perspectiva de desarrollo histórico del siglo XV a la revolución. Por último, publicó su Historia romana, La república. Él mismo nos dice que de las impresiones recibidas de niño en el Museo Lenoir ante las estatuas medievales, le despertó un deseo de escribir historia. Esta primera tentación se vio acrecentada ante el encuentro con la “Ciencia Nueva” de Vico, la que tradujo y dio prácticamente a conocer en Europa. Vico fue la base filosófica de su trabajo histórico, aunque después recibiera influencias de Kant y de Herder. Después de su intento, más bien de carácter pedagógico del Breviario, concibió un estudio de la historia de Roma que, en muchos aspectos, a pesar de estudios tan exhaustivos posteriores, representó el primer intento original de comprender integralmente el desarrollo del pueblo romano sin hacer la pintura unilateral de la historia política. Pero es en su Historia de Francia donde alcanza su verdadera madurez. Su objeto es “la resurrección de la vida del pasado como un todo” de la Tierra y el pueblo, los hechos, las instituciones y las creencias. Michelet estudia más concienzuda y seriamente las fuentes que Thierry y usa las contemporáneas. Su superioridad está en su intuición, que le permitió captar los más diversos elementos y darles unidad. Su historia ya no era, en manera alguna, dinástica: era nacional. Unidad nacional que él expresaba en sus ardientes exclamaciones: “¡Un pueblo! ¡Una nación! ¡Una Francia!… ¡Franceses de todas las condiciones, de todas las clases, de todos los partidos, recuerden bien una cosa: no tienen en esta tierra más que un amigo seguro, Francia!”. La Historia de Francia logra sus mejores páginas en la descripción de la revolución. No obstante, es vívido su relato de la Edad Media; como católico, siente respeto por la Edad Media en su etapa auténtica, no en su desintegración posterior. Michelet se siente hombre del pueblo, por eso, aunque romántico en su concepción general histórica, no pudo serlo en las implicaciones políticas. De tal forma, la Historia de Francia era para él la lucha hacia el logro de la libertad y por tanto su página más brillante fue la Revolución Francesa. La gran simpatía que siempre emana de sus escritos se siente latir con más fuerza cuando narra los acontecimientos revolucionarios. De ninguna manera podía ser imparcial, ni fue su intento: quería esribir la epopeya nacional y lo logró. Tal vez ningún escritor se ha acercado con un amor más apasionado a la historia francesa. Y él lo afirmaba: “si soy superior a otros historiadores, es porque he amado más que ellos”.

[in Josefina Zoraida VÁZQUEZ. Historia de la historiografía. México: Ateneo, 1978, pp. 108-109]

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