✍ Sobre la historia [1997]

por Teoría de la historia

Eric Hobsbawm, uno de los más reconocidos historiadores británicos contemporáneos, ha dedicado su obra a indagar en los procesos que, entre la Revolución Industrial inglesa y el presente, han desencadenado la vorágine transformadora de la modernidad. Desde su obra En torno a los orígenes de la Revolución Industrial (una colección de sus primeros ensayos editados en castellano) hasta la más reciente y mucho más publicitada Historia del Siglo XX, Hobsbawm ha vuelto una y otra vez sobre un tema que él ha contribuido decisivamente a hacer más polémico y fascinante: los orígenes materiales y sociales del mundo contemporáneo, dominado por la producción industrial, la transformación tecnológica y la expansión del capitalismo. Sobre la Historia es un título que parece a la vez impreciso y provocativo, porque muestra al autor más allá de su tarea erudita y teórica de comprender el pasado, y lo ubica en un terreno más rico y sugestivo: el que conduce al debate sobre la laboriosa empresa de explicar los medios y los fines del historiador y de su trabajo. En efecto, a través de una serie de artículos, conferencias y comentarios bibliográficos escritos y publicados en diversos medios entre 1968 y 1996, Hobsbawm procura responder a las preguntas más difíciles que se le podrían formular a un historiador: ¿Cuál es el papel de la historia, en particular en este vertiginoso mundo de la modernidad? ¿Qué relaciones se puede aspirar a establecer entre pasado, presente y futuro, en un mundo que cambia día a día? ¿Cuál es el peso real de la ideología y de la política en la obra de los historiadores? ¿Es posible lanzarse a la búsqueda de la verdad en el pasado o es necesario conformarse con la idea de que apenas podrá accederse a palabras que la oculten y sólo pretendan justificar el presente? Bajo la forma aparente de una mera compilación de ensayos diversos, Sobre la Historia es un verdadero compendio de las ideas más definidas de Hobsbawm sobre el marxismo y sus aportes a la producción historiográfica, sobre las relaciones entre historia y economía y sobre las posibilidades futuras del mundo actual. En un lenguaje claro y cautivante, el autor deja deslizar del pasado al presente su minuciosa labor de historiador y su densa formación teórica, a la vez que sostiene sus afirmaciones, incluso las más controvertidas. Para Hobsbawm, es deber de la historia mostrar las pautas y los mecanismos del cambio histórico en general, sobre todo en lo que respecta a los últimos siglos, en los que el descubrimiento de un mundo a diario renovado viene a convertirnos a todos en “una especie de Colones”. Heredero polémico pero brillante de una tradición progresista y racional con gran sentido de la independencia ideológica, Hobsbawm dirige sus esfuerzos a renovar su compromiso con la historia como fuente de inspiración para el debate contemporáneo y a sostener, contra los cada vez más numerosos partidarios del relativismo, el carácter real de la experiencia histórica y de sus implicancias para el presente. Esta edición de Crítica, aparecida a un año de la original inglesa, no sólo constituye un aporte importante para el público de habla castellana, sino que es también un objeto bello.

[Rogelio PAREDES. “Lupa histórica”, in La Nación, 5 de agosto de 1998]

En este libro ha recopilado un conjunto de intervenciones, en general breves -conferencias, comentarios bibliográficos- y algunos artículos más largos, referidos a la historia, como oficio y como pasión. Casi todos son de las dos últimas décadas -sólo un par son anteriores a 1970- y en su mayoría no han circulado en castellano. Son textos breves y claros, de un contundente esquematismo, usado para mostrar que todo problema tiene por lo menos dos aspectos diferentes y contradictorios. Sus afirmaciones, simples y rotundas, se apoyan en una casuística desplegada brillantemente. En algunos casos son desafiantes hasta la provocación: en 1994 explicó a un conjunto de estudiantes centroeuropeos reunidos en Budapest que los regímenes comunistas, con ser espantosos, habían sido lo mejor que les había sucedido y que les iba a suceder -tan terrible era su diagnóstico-, y que los nuevos nacionalismos no eran sino ídolos falsos y efímeros.En conjunto, se trata de reflexiones sobre su profesión y su disciplina, un género que los historiadores suelen practicar, sólo que, a diferencia de Hobsbawm, generalmente no hablan de lo que realmente hacen sino de lo que creen que debería hacerse. Lo primero que cautiva de estos textos es la amalgama de teoría y experiencia vivida. Un grupo de ellos se refiere a la relación entre el historiador, su presente, el pasado y el futuro, y a los usos sociales de la historia. Aunque la tónica general gira sobre el tema del compromiso del historiador -inevitable, aunque se lo niegue- y el sesgo experiencial de toda visión del pasado, hay una serie de advertencias sobre los excesos del partidismo, título de uno de los ensayos más atractivos del volumen. Uno de ellos es el nacionalismo, un tema que le ha preocupado recientemente; Hobsbawm se pregunta hasta qué punto no son los historiadores los responsables de los más recientes brotes de irracionalidad y barbarie, surgidos en nombre de la nacionalidad.Otros textos se refieren a la relación entre la historia y las ciencias sociales, a su necesaria y mutuamente benéfica interacción, pero sobre todo a la reivindicación del punto de vista específico de la historia. Hobsbawm interviene en casi todos los debates de la hora: discute sobre el retorno de la narrativa, matiza la historia desde abajo, critica el posmodernismo y, con un insospechado patriotismo, reivindica el aporte de los historiadores británicos frente a la escuela de Annales. Los más enérgicos ataques se dirigen a los economistas que construyen modelos en lugar de pensar en la historia, y en general a los funcionalistas y reproduccionistas de distintas layas, como Lévy-Strauss y Althusser. También -de pasada, en el prólogo- critica el giro lingüístico, y afirma con firmeza que la realidad existe, que hay hard facts y que, dentro de ciertos límites, la verdad puede ser descubierta.Algunos se dedican especialmente a algo que es una preocupación constante en todos los textos: el aporte de Marx a la historia. Ciertamente, no es ni la teleología ni el dogma lo que valora, sino su perspectiva de la totalidad, de proceso y de causas, de determinaciones, que no son meramente conexiones, como subraya a propósito de Eric Wolf. En ese sentido, Marx le parece definitivamente incorporado a la cultura occidental; el dogmatismo residiría, precisamente, en no reconocerlo y no reconocerse en él.En la espléndida etapa final de su vida, Hobsbawm conserva el optimismo que caracteriza su obra de historiador. ¿Del corazón o de la razón? Muchas veces me pregunté lo mismo sobre mi padre, José Luis Romero, tan parecido en tantas cosas. Por cierto, Hobsbawm ya no cree que, de un modo u otro, el mundo marche hacia el socialismo: gran parte de su vida ha estado dedicada a una esperanza que se ha visto claramente defraudada y a una causa que ha fracasado visiblemente. Más aún, nos anuncia en términos casi apocalípticos el reino de la barbarie universal. Y sin embargo, hasta en ese apocalipsis encuentra algo positivo, pues nada hay como la derrota para agudizar la mente del historiador. La historia no la escriben los triunfadores, sólo capaces del panegírico o la apología, sino quienes han aprendido en el fracaso el secreto de las sociedades: en medio del derrumbe, cabe al menos esperar que vendrá mucha historia buena e innovadora.

[Luis Alberto ROMERO. “Sabio y apocalíptico”, in Clarín, 27 de septiembre de 1998]

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