✍ Cómo cambiar el mundo. Marx y el marxismo, 1840-2011 [2011]

por Teoría de la historia

El estudio de las ideas, las obras y las acciones de Karl Marx (junto a su camarada y amigo Friedrich Engels), y las del heterogéneo movimiento social, político e intelectual que se desplegó a partir de aquéllas, dieron lugar durante el último siglo y medio a una inmensa biblioteca, en los más variados registros de la filosofía, la economía, la política, la historia y la sociología. Como cambiar el mundo: Marx y el marxismo, 1840-2011, que acaba de publicar el reconocido historiador inglés Eric Hobsbawm, a sus 93 años de edad, se suma a este catálogo. La abundante producción de Hobsbawm, desplegada a lo largo de seis décadas, fue dedicada, de una manera u otra, a las circunstancias y las problemáticas históricas dentro de las cuales se produjo el desenvolvimiento del marxismo, con cuya tradición aquél siempre se identificó. Por un lado, la trilogía que presentó los rasgos esenciales del “largo siglo XIX”: La era de la revolución, 1789-1848, La era del capital, 1848-1875 y La era del imperio, 1875-1914, luego continuada por el examen del “corto siglo” en su Historia del siglo XX, 1914-1991. Más específicamente, numerosas reflexiones acerca de las características y el desarrollo del proletariado, el movimiento obrero y las izquierdas, se esparcieron en sus también ya clásicas compilaciones Trabajadores, El mundo del trabajo o Revolucionarios; en otras, como Marxismo e historia social y Sobre la historia, había avanzado en el análisis de las contribuciones teóricas del impulsor del materialismo histórico. Este nuevo libro sintoniza con todas estas obras. Puede ubicarse como parte de la travesía de Hobsbawm por desentrañar las claves del mundo contemporáneo burgués y del socialismo marxista como su principal impugnador. Pero le agrega una dimensión eminentemente política y actual, al esbozar elementos de balance del marxismo y sobre sus perspectivas en el siglo XXI. La mayoría de los dieciséis escritos que configuran la obra son de antigua factura; varios ya habían sido publicados en anteriores volúmenes, aunque pocos en español. Seis aparecieron en las versiones en italiano, inglés o castellano de Historia del Marxismo, coeditada por el propio Hobsbawm. Rescatados de la dispersión, el desconocimiento o el olvido, algunos de estos textos fueron parcialmente reelaborados para esta edición. En tanto compilación de estudios específicos y fragmentarios, el libro no alcanza a constituirse en una auténtica reflexión global, unitaria y sistemática del tema, abarcadora de todas las dimensiones que su título implícitamente proclama. Aunque su valor es incuestionable, por la acostumbrada maestría con la cual el autor logra síntesis creativas, en las que enhebra el análisis de las ideas con las tramas de la historia social, la política y la economía, combinando el examen estructural con el diacrónico y la indagación teórica con el plano histórico concreto. Un recorrido por algunas de las estaciones que jalonaron la aventura intelectual y el despliegue teórico-político de Marx y Engels durante el siglo XIX es lo que nos propone Hobsbawm en toda la primera parte del libro. En uno de sus capítulos examina el modo en que ambos referentes se posicionaron ante las distintas expresiones del socialismo existente hasta los años 1840, en su triple origen: francés, alemán y británico. En otro, indaga sobre las maneras en que se fueron configurando las ideas políticas de Marx-Engels acerca del Estado, la transición al socialismo, el carácter de la revolución, la dinámica de la lucha de clases, las estrategias y las formas de organización del movimiento socialista. Asimismo, la recuperación de ciertos prólogos escritos por el autor permite apreciar un ejemplo de cómo encarar un riguroso examen introductorio de una obra, reconociéndola en sus contextos, determinaciones e influencias. Bajo ese enfoque se ausculta La situación de la clase obrera en Inglaterra (el pionero libro de Engels), se apuntan las diversas lecturas posibles del Manifiesto comunista y se valora en detalle la importancia de los tardíamente descubiertos Grundrisse del Marx maduro, en especial, para la reconceptualización de las formaciones precapitalistas. Finalmente, se ofrece un mapa e itinerario de notable precisión que buscan responder los interrogantes de qué, cuánto, dónde y cómo se publicaban, traducían, circulaban y leían los textos de los impulsores del comunismo moderno. El estudio de los rasgos y la dinámica que asumió el marxismo como movimiento intelectual, social y político desde fines del siglo XIX es el eje de la segunda gran sección de la obra. Se trata de una ambiciosa reconstrucción, adecuadamente historizada. Su núcleo duro está concentrado en cuatro extensos capítulos, que van desbrozando los caminos de la difusión, penetración, recepción, apropiación, recreación, crisis y reconstitución de la cultura marxista en el mundo. En el primero se aborda la influencia del marxismo europeo en la cultura general durante el período de la Segunda Internacional, entre 1880 y 1914. El segundo discurre bajo el ciclo del antifascismo (1929-1945). El tercero se orienta a la etapa de posguerra, desde 1945 hasta 1983, cuando se cumplía el centenario de la muerte de Marx. Son trabajos ya relativamente conocidos. No así el cuarto, un breve ensayo escrito para esta edición, en el que presenta, aunque de un modo algo superficial, lo que el autor entiende como el proceso de un marxismo “en recesión”, desde aquel último año hasta la actualidad, al compás del agotamiento y caída del “socialismo real”. También alcanzan interés otros dos acotados pero eficaces capítulos, donde se analiza a Gramsci como teórico político original y estratégico, y se examina el éxito de su recepción internacional. Cómo cambiar el mundo se abre y se cierra con dos capítulos de elaboración reciente, de tono más ensayístico y político, cuya importancia radica en que permiten aproximarse a la mirada actual de Hobsbawm respecto, tanto a la vigencia de Marx y del marxismo, como al balance que puede hacerse de la vinculación de este último con el proletariado, al que siempre entendió como agente esencial de la transformación social. Quizás, son los trayectos del libro donde menos centellea la clásica erudición con la que el longevo autor sostenía sus anteriores apuestas historiográficas y en donde aparecen expuestas algunas de las mutaciones de su pensamiento, especialmente en las últimas dos décadas. Como si dialogara en tensión con su propia obra, Hobsbawm alerta acerca de las espinosas relaciones entre el movimiento obrero y el socialismo marxista a lo largo del siglo XX, apuntando sólo la excepcional existencia de una opción proletaria de masas en pos de una alternativa comunista o revolucionaria (en rigor, nos dice, limitada al período de entreguerras europea o a situaciones puntuales del Tercer Mundo). En su diagnóstico, el siglo y medio del movimiento obrero aparece desdibujado bajo el signo del fracaso como variante histórica de superación al capitalismo: donde quedó contenido por regímenes que hablaban en su nombre, acabó disuelto como actor independiente; en Europa occidental, viró al revisionismo reformista, obtuvo conquistas con el Estado benefactor de posguerra, pero también terminó diluyéndose como sujeto y retrocediendo a posiciones adaptadas a la lógica del capital incluso mayores que las preconizadas por Bernstein. Señala la pervivencia de las irresolubles inequidades del capitalismo y de la lucha de clases, pero no encuentra que el movimiento obrero disponga de las potencialidades para antagonizar y rebasar a un capitalismo que paradójicamente hoy afronta su “crisis más seria desde la era de la catástrofe” (ni siquiera descarta un posible horizonte de “desintegración o desmoronamiento”); tampoco divisa ningún reemplazante en esta ciclópea tarea de sepulturero. En este impasse radicarían algunas de las mayores desventuras del marxismo, parece sostener Hobsbawm, para quien, al mismo tiempo, no se ha presentado hasta el momento otra ideología radical o de izquierdas capaz de suplantarlo. De este modo, las viejas certezas y confianzas respecto al marxismo como forma de comprender y transformar el mundo ceden lugar a un planteo más bien defensivo, aunque firme: si Marx, a pesar de su encuadre decimonónico, fue el referente político-intelectual que dejó una de las huellas más indelebles en el siglo XX, todavía puede cumplir ese mismo rol para el siglo XXI. Y esta vigencia la explica por dos razones. Una, en tanto este inestable capitalismo globalizado fue genialmente anticipado desde el viejo Manifiesto comunista o El Capital, logrando descubrírselo como una modalidad históricamente temporal de la economía humana y pudiendo desentrañar su modus operandi basado en la expansión, concentración, autotransformación y recurrente crisis. Sin embargo, aquí se extraña una visión más honda y comprensiva de Hobsbawm respecto al origen y dinámica de la actual crisis capitalista, pues el hincapié explicativo está puesto excesivamente en los efectos de la aplicación del necio fundamentalismo de mercado. La otra razón de la posible perduración de Marx en el futuro que aquí se argumenta es que ahora podría recuperarse la original potencia crítica de su aporte al quedar liberado de su asociación oficial con los fracasados experimentos soviéticos y, también, en buena medida, del reformismo socialdemócrata, transcurridos en el siglo XX. Pero existe un problema a señalar respecto a este inventario. Hobsbawm aún no ha proporcionado una acabada o convincente explicación teórico-histórica de aquel experimento soviético, más específicamente, del estalinismo (a cuyo universo estuvo vinculado, dada su histórica pertenencia al PC británico). De este modo, lo que se desprende de su visión, es que lo naufragado y ahora reconocido como alejado del verdadero Marx no fue ya el innombrado y reaccionario fenómeno burocrático del estalinismo, sino, como explícitamente lo enuncia, el “leninismo” y las revoluciones y estrategias conjugadas en torno a ese tipo de proyectos. Esta homologación, va acompañada, por otra parte, con su habitual indiferencia a toda tradición o corriente ubicada a la izquierda del “comunismo oficial”. Aunque luego parece admitir que el legado de Marx está en disputa, abierto e irresuelto, por lo que tanto Bernstein como Lenin pueden ser considerados o no como sus herederos. El tema es polémico y ameritaría un mayor desarrollo y precisión de lo expuesto sólo en las páginas iniciales y finales del libro. Una vez enunciados los dilemas de la experiencia histórica y quedando desguarnecidos de proyectos definidos de transformación, Hobsbawm incita a rescatar a un Marx como intérprete del mundo, sobre todo, como pensador económico, guía para la comprensión de la historia humana y padre fundador, junto a Durkheim y Weber, de la moderna ciencia social; en síntesis, como portador de un pensamiento de magnitud universal e integrador de todas las disciplinas. Un Marx vigente no ya en todos los análisis, predicciones y respuestas que esgrimió, sino, por el contenido radical con que formuló las preguntas y los problemas. En verdad, el resto del propio libro, en sus textos menos recientes, propone una recuperación de Marx y del marxismo con un sentido más vasto, complejo y programático. Este contrapunto quizá sea una vía de entrada para la lectura de una obra que retoma algunos buenos pasajes de uno de los intelectuales de izquierda más importantes del siglo XX, dueño de una incuestionable sabiduría historiográfica. La misma que logra plasmarse en varios de los recorridos de estas páginas.

[Hernán CAMARERO. “Qué esperar de Marx en el siglo XXI”, in Revista Ñ. 15 de agosto de 2011]

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