✍ Arte y poder. La Europa de los dictadores, 1930-1945 [1996]

por Teoría de la historia

Walter Benjamin decía que el fascismo buscaba la estetización de la política para fascinar mejor a las masas, y que el comunismo respondía a ello con la politización del arte. Con la distancia con que hoy se presenta «Arte y poder», muy lejos ya de las barricadas ideológicas de los años treinta, se puede apreciar cómo los opuestos se acaban encontrando. Y se encuentran en un punto: el kitsch, en tanto que ocultación de la mierda. El fascismo busca la estetización de la política y encuentra la exaltación de la guerra y de la fuerza. El comunismo construye exaltantes arcadias de gobernantes inmarcesibles y de trabajadores unidos a través de un camino de dirección obligatoria: «de la misma manera», escribe Danilo Kis, «que se accede al comunismo por la superación de las fases inferiores de la evolución y de la organización social, el arte y, sobre todo, la literatura, en tanto que sistema particular de signos, progresa hacia su estadio supremo, hacia una especie de tierra prometida o de paraíso terrestre, hacia el realismo». «Arte y poder» es un ejercicio de la memoria: la insoportable cara de la exaltación y de la simulación de los totalitarismos en busca del cumplimiento de la servidumbre voluntaria. Pero asimismo apela a reflexionar sobre los aspectos sensibles del arte en un momento en que, como decía el mismo Benjamín, «la obra de arte se convierte en una imagen con funciones completamente nuevas, de las cuales aquella de que somos conscientes, es decir, la artística, se perfila como la que en el futuro podrá ser considerada marginal.» El arte concierne al gusto y a la belleza. Desde esta perspectiva se ha escrito, se ha criticado, se ha escogido. Pero el arte es también una función que, a lo largo de la historia, se ha ejercido de modos diferentes, aunque siempre con un papel establecido: la asignación de lo que es simbólico. El siglo que ha aceptado que la fealdad también tiene su presencia en la obra de arte y que lo bello y lo siniestro a menudo se tocan, puede reconocer mejor que ningún otro el papel que el arte tiene al servicio del poder. La relación entre arte y poder concierne a la función. Cuanto más deudora de lo simbólico establecido, más se desdibuja la obra de arte. Porque lo propio del arte es la singularidad radical, por mucho que se pueda transmitir a escala de reproducción infinita. Pero, de todas maneras, la relación entre arte y poder no es determinante del valor de la obra de arte. La mayoría de obras capitales de la historia de la humanidad han sido hechas por encargo de los poderosos. Pese a todo, cuando la estetización de la política o la politización del arte se convierten en una consigna de obligado cumplimiento, el arte se transforma directamente en instrumento de ocultación. Cede su magia al servicio de lo siniestro. De esta aventura habla la exposición. De los que un día siguieron el grito de las vanguardias y después, ya fuese en su nombre o renegando de ellas, se apuntaron al ejercicio simbólico de la soflama colectiva para alimentar de hombres contentos la guerra o la revolución; de los que no tuvieron nunca a su alcance creador otro horizonte que la mimesis de las imágenes del poder; y también de los que utilizaron el arte para resistir, para recordar que existía otro mundo, el de los hombres –no el de los hombres nuevos–, que era el único realmente posible. La estética de los hombres nuevos, éste podría ser otro título de esta exposición. Cuando la política apela al arte para hacer tabla rasa de la violencia y convencer a la gente de que eso es el futuro. Para hacer esto, paradójicamente, sólo hay un remedio: apelar a las formas estéticas del pasado. «Arte y poder» deja constancia de ello.

[Josep RAMONEDA. “Estetización de la política y politización del arte”. Prólogo para el catálogo de la exposición “Arte y poder. La Europa de los dictadores, 1930-1945”, realizada entre el 27 de febrero de 1996 y el 5 de mayo de 1996 en el Centro de Cultura Contemporánea de Barcelona]

Nota bene. El catálogo de la exposición -que lleva su mismo título- es un estudio sobre la relación entre el arte y la política en los años 1930 en la Europa de los dictadores: el Pabellón de la República Española en la Exposición Internacional de París (1937), el arte y la arquitectura en la Italia de Mussolini, la Unión Soviética de Stalin y la Alemania de Hitler. Los textos que allí se incluyen fueron escritos por Winfried Nerdinger, Lutz Becker, Simonetta Franquelli, Amédée Ozenfant, Josefina Alix Trueba, Karen A. Fiss, Marko Daniel, Iain Boyd Whyte, David Elliot, Tim Benton, Dawn Ades, Jean-Louis Cohen y Wolfgang Schäche. El prólogo principal de la obra pertenece a Eric Hobsbawm.

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