✍ Años interesantes. Una vida en el siglo XX [2002]

por Teoría de la historia

De modo un tanto excepcional, acercamos aquí tres reseñas bibliográficas sobre la autobiografía de Eric Hobsbawm, “Años interesantes. Una vida del siglo XX”, publicada originalmente en Londres en el 2002 y al año siguiente en español. La primera, la más extensa y polémica, fue escrita por el historiador inglés Tony Judt y publicada por The New York Review of Books en 2002. La segunda apareció en el 2003, en el diario El País de España y fue escrita por quien ha sido uno de los fundadores de ese mismo periódico, el editor y analista político Javier Pradera. La tercera reseña apareció en el diario La Nación de Buenos Aires y está firmada por el historiador argentino Luis Alberto Romero. Que la lectura de estos tres textos no se convierta en un atajo para conocer la vida de Eric Hobsbawm, sino en una invitación a leer esta obra.

Andrés G. Freijomil

A la edad de ochenta y seis años, Eric Hobsbawm es el historiador más conocido en el mundo. Su libro más reciente, The Age of the Extremes [La era de los extremos], ha sido traducido a decenas de idiomas, desde el chino hasta el checo. Sus memorias, publicadas por primera vez este año, fueron un best seller en Nueva Delhi, en algunas partes de Sudamérica, especialmente en Brasil, es un héroe popular y cultural. Su fama está muy bien ganada. Eric Hobsbawm controla vastos continentes informativos con facilidad y seguridad. Su asesor de pregrado en Cambridge, después de decirme una vez que Eric Hobsbawm había sido el estudiante más brillante de todos a los que había enseñado, añadió: “Por supuesto, no se podría decir que yo le enseñé; era imposible enseñarle algo. Eric ya lo sabía todo”. Hobsbawm no solamente sabe más que otros historiadores, también escribe mejor: no tiene nada de la quisquillosa “teorización” o del grandilocuente narcisismo retórico de algunos de sus colegas británicos más jóvenes (tampoco cuenta con dedicados equipos de investigadores de posgrado: él mismo hace sus lecturas). Su estilo es limpio y claro. Como E. P. Thompson, Raymond Williams y Christopher Hill, sus otrora compañeros en el Grupo de Historiadores Comunistas Británicos, Hobsbawm tiene un manejo magistral de la prosa inglesa: escribe en una historia inteligible para los lectores educados. Las primeras páginas de su autobiografía son quizá las mejores que Hobsbawm jamás haya escrito. Son, ciertamente, páginas intensamente personales. Sus padres, judíos: él, del East End de Londres, ella, de Habsburgo, en Austria, se conocieron y casaron en la neutral Zurich durante la primera guerra mundial. Eric, el mayor de los dos hijos, nació en Alejandría en 1917 aunque sus recuerdos empiezan en Viena, donde la familia se estableció después de la guerra. Los padres de Eric Hobsbawm lucharon con poco éxito para suplir sus necesidades con suficiencia en la empobrecida y truncada Austria de la posguerra. Cuando Eric tenía once años, su padre, retornando “de otra de sus crecientemente desesperadas visitas a la ciudad en búsqueda de dinero que ganar o tomar prestado”, sufrió un colapso y murió en la puerta de calle de su casa una gélida noche de febrero de 1929. Antes de un año, a su madre se le había diagnosticado una enfermedad pulmonar. Después de meses en hospitales y sanatorios, sometida a tratamientos sin éxito, murió en julio de 1931. Su hijo tenía solamente catorce años. Eric fue enviado a Berlín para vivir con una tía. Su narración sobre los momentos de agonía de la democracia alemana es fascinante: “Estábamos en el Titanic y todos sabíamos que estábamos dando con el iceberg”. Un huérfano judío arrastrado hacia la desesperada política de la República de Weimar, el joven Hobsbawm se unió al Partido Comunista Alemán (KPD) de su Gymnasium (escuela secundaria). Experimentó de cerca la estrategia suicida y divisoria impuesta por Stalin sobre el KPD, al cual se le ordenó atacar a los socialdemócratas y no a los nazis y participó de las valientes ilusiones de los comunistas berlineses y en las desesperanzadas manifestaciones de éstos. En enero de 1933, al leer los titulares de un quiosco de diarios, cuando se encontraba llevando a su hermana a casa de vuelta del colegio, se enteró del nombramiento de Hitler como canciller. Como en la narración de su infancia vienesa, en sus historias berlinesas se entretejen fluidamente sus emotivos recuerdos personales con las reflexiones de un historiador acerca de la vida de la entreguerra en Europa Central: “Es difícil, para quienes no han experimentado la ‘Era de la Catástrofe’ del siglo XX en Europa Central, ver qué significaba vivir en un mundo que simplemente no se esperaba que durara, en algo que no podría siquiera ser realmente descrito como un mundo sino, meramente, como una provisional estación en medio del camino entre un pasado muerto y un futuro aún sin nacer”. Estas primeras cien páginas solas valen el precio del libro. Los niños Hobsbawm fueron trasladados a Inglaterra (ellos tenían pasaportes británicos y parientes en Londres). Antes de dos años el precozmente dotado Eric había culminado con éxito su tránsito a una educación impartida en inglés y ganado una Beca Abierta para estudiar historia en King’s College, Cambridge. Allí comenzó toda una vida de ascenso hacia la elite británica, comenzando con notables calificaciones en sus exámenes de pregrado y su elección para ser parte de los Apóstoles, la autoseleccionada “sociedad secreta” de Cambridge (entre cuyos miembros, antes de él, habían estado Wittgenstein, Moore, Whitehead, Russell, Keynes, E. M. Forster y los “espías de Cambridge” Guy Burgess y Anthony Blunt). Noel Annan, contemporáneo suyo en King’s College, describió al Hobsbawm estudiante de pregrado como “asombrosamente maduro, armado de pies a cabeza con la interpretación del Partido para los acontecimientos políticos actuales, tan erudito como fluido en su expresión, y equipado para tener una opinión sobre cualquier tema oscuro sobre el que sus contemporáneos hubieran escogido escribir un trabajo universitario”. Después de la guerra, la política hizo que Hobsbawm disminuyera la velocidad de su ascenso por la escala de la carrera académica aunque, por su militancia, probablemente él habría podido llegar, a una temprana edad, hasta distinguidos puestos en el Partido Comunista. Sin embargo, con cada nuevo libro desde “Rebeldes Primitivos” hasta “La Era del Capital”, pasando por “Industria e Imperio” y “La invención de la tradición” su celebridad nacional e internacional crecía constantemente. Durante su retiro, la carrera de Hobsbawm ha sido coronada con todo tipo de glorias: ha dictado clases en todo sitio, ha recibido multitud de grados honoríficos y es Compañero de Honor de la Reina de Inglaterra. A lo largo de los años, los viajes han puesto a Hobsbawm en algunas circunstancias curiosas: en 1936, en París, en el tiempo del auge del Frente Popular, durante las celebraciones por el Día de la Bastilla recorrió las calles sobre un camión del Partido Socialista que se dedicaba a filmar las noticias (hay una fotografía de él en esas circunstancias, extrañamente reconocible aún, pese a una distancia de casi siete décadas) y pasó brevemente a Cataluña durante las primeras etapas de la Guerra Civil Española. En La Habana una vez fue traductor -ad libitum- del Che Guevara. En su autobiografía, escribe con espontáneo entusiasmo acerca de viajes y amistades en Latinoamérica, España, Francia y, especialmente, Italia. A diferencia de la mayor parte de los demás historiadores británicos y de los historiadores dedicados a la Gran Bretaña, como fue su vocación temprana, él no solamente es multilingüe sino también instintivamente cosmopolita en sus referencias. Sus memorias son refrescantemente reticentes a tratar sobre familia y amores, ellas están más bien llenas de los hombres y las mujeres que han compuesto el mundo público de Hobsbawm. Ellas registran un prolongado y fructífero siglo XX. Sin embargo, algo falta. Eric Hobsbawm no sólo fue comunista, ha habido montones de ellos, incluso en Gran Bretaña. Él siguió siéndolo por sesenta años. Dejó que su pertenencia al minúsculo Partido Comunista Británico feneciera solo cuando la causa que éste defendía había sido definitivamente enterrada por la historia. Además, a diferencia de casi todos los otros intelectuales que cayeron bajo el hechizo comunista, Hobsbawm no muestra ningún remordimiento. Ciertamente, aunque él acepta la total derrota de todo aquello que representaba el comunismo sin parpadear, insiste en que, a mediados de su novena década, “El sueño de la Revolución de Octubre aún está allí, en algún lugar de mí”. Predeciblemente, es su incesante rechazo a “renegar” de un compromiso de toda una vida con el comunismo lo que le ha atraído el comentario público. Le han preguntado en innumerables entrevistas ¿por qué usted no dejó el Partido en 1956, como la mayoría de sus amigos, cuando los tanques soviéticos aplastaron los levantamientos en Hungría? ¿Por qué no en 1968, cuando el Ejército Rojo invadió Praga? ¿Por qué usted aún parece creer (como Hobsbawm lo ha sugerido en más de una ocasión durante los años recientes) que el precio en vidas humanas y los sufrimientos bajo Stalin habrían valido la pena si los resultados hubieran sido mejores? Hobsbawm responde cumplida aunque un poco cansadamente estas preguntas, a veces mostrando un aire de desdeñosa impaciencia ante esta obsesión con su pasado comunista: después de todo, también ha hecho un montón de otras cosas. No obstante, él invita a hacer esas preguntas. Según él mismo, el comunismo ha absorbido la mayor parte de su vida. Muchas de las personas sobre las que él escribe en su autobiografía de manera tan entusiasta, fueron comunistas. Durante varias décadas, él escribió para publicaciones comunistas y asistió a actos públicos del Partido. Cuando otros dejaron el Partido, él se quedó. Le dedica mucho de su tiempo a la descripción de esas lealtades, pero en realidad nunca las explica. La ligazón de Hobsbawm con el comunismo tiene poco que ver con el marxismo. Para él, ser un “historiador marxista” significa solamente tener lo que él llama un enfoque “histórico” o interpretativo. Cuando él era joven, el movimiento que favorecía las explicaciones más generales por encima de las narraciones políticas, y que ponía el énfasis sobre las causalidades económicas y las consecuencias sociales, era radical e iconoclasta. El grupo Annales de Marc Bloch exigía similares cambios en la profesión histórica francesa. En el paisaje historiográfico de hoy estas preocupaciones aparecen como evidentes en sí mismas e incluso como conservadoras. Además, a diferencia de los epígonos de Gramsci de la revista “New Left Review”, Hobsbawm tiene una despreocupación muy inglesa con respecto a lo “continental” [a lo europeo no británico], a los debates intramarxistas, a los que presta poca atención en todos sus escritos. En la versión de Hobsbawm, incluso su comunismo es difícil de fijar. En su narración hay poco acerca de lo que sentía él al ser comunista. Los comunistas, en Inglaterra como en todo sitio, pasaban la mayor de su tiempo en “agitprop”, actividades de agitación y propaganda: vendiendo las publicaciones del partido, haciendo las campañas electorales de los candidatos del Partido, difundiendo la “línea general” del Partido en las reuniones de célula y debates públicos, organizando reuniones, planeando manifestaciones, fomentando (o saboteando) huelgas, manipulando a las organizaciones de fachada y así por el estilo: actividades mundanas, rutinarias, un trabajo a menudo demoledoramente tedioso, asumido por fe o por deber. Virtualmente todas las memorias escritas por comunistas o ex comunistas que puedo recordar, dedican considerable espacio a tales asuntos. Por cierto, esta es, a menudo, la parte más interesante de esos libros porque esas rutinas tomaban mucho tiempo y porque, al final, ellas eran la vida misma del Partido. Como deja en claro Eric Hobsbawm, a él no le gustaba ese tipo de trabajo local, excepto cuando fue un estudiante de secundaria, cuando provocaba a los camisas pardas de las SA y cuando asumía el verdaderamente peligroso trabajo de hacer la campaña electoral del ya perdido KPD, para las elecciones de marzo de 1933. En años subsiguientes, sin embargo, se dedicó enteramente a trabajar en “grupos académicos o intelectuales”. Después de 1956, “convencido de que, dado que el Partido no se había reformado, éste no tenía un futuro de largo plazo en el futuro político del país”, Hobsbawm se retiró del activismo comunista (aunque no del Partido mismo). Así, en sus memorias no nos enteramos de nada acerca del comunismo como forma de vida, o incluso como política. Este alejamiento del Partido en tanto microsociedad, sin embargo, está por entero en consonancia con su carácter. Sería ocioso especular acerca de los lazos que hay entre los traumas de la niñez de Hobsbawm y sus afinidades políticas como adulto, aunque él mismo acepta que “no tengo ninguna duda de que debo llevar en alguna parte de mí las cicatrices emocionales de aquellos sombríos años”. Sin embargo, resulta claro que él siempre mantuvo el mundo a cierta distancia, escudándose de la tragedia, como él escribe, “con mi intelectualismo y mi falta de interés en el mundo de la gente”. Esto no ha impedido que Eric Hobsbawm sea siempre una buena compañía ni ha significado que él no disfrute de ella, aunque puede dar cuenta de una cierta carencia de empatía: él no se siente muy conmovido ni por los entusiasmos de sus antiguos camaradas ni por los crímenes que cometieron. Otros dejaron el Partido con dolor porque éste había significado mucho para ellos. Hobsbawm fue capaz de quedarse porque, por lo menos en su vida diaria, el Partido significaba muy poco. En un tono bastante diferente, sin embargo, Eric Hobsbawm se ajustaba mejor al molde comunista que muchos de sus más vitalmente comprometidos contemporáneos. Han existido numerosas y exigentes microsociedades en la historia de la izquierda europea moderna. Solo en Inglaterra existían el Partido Socialista de la Gran Bretaña, el Partido Laborista Independiente, los Fabianos, las varias federaciones socialdemócratas y anarquistas, por no hablar de los trotskystas y otros Viejos Creyentes de los últimos días. Sin embargo, lo que distinguía al Partido Comunista, en Gran Bretaña como en todo lugar, eran el principio de autoridad, la aceptación de la jerarquía y la adicción al orden. Eric Hobsbawm es decididamente un hombre del orden, un “comunista conservador” [Tory Communist] como dice él. Los intelectuales comunistas nunca fueron “disidentes culturales” y el desprecio burlón que Hobsbawm muestra ante el “izquierdismo” autocomplaciente, post cualquier cosa, tiene un largo pedigrí leninista. Sin embargo, en su caso funciona otra tradición. Cuando Hobsbawm burlonamente desecha el thatcherismo como “el anarquismo de la clase media baja”, él está combinando cabalmente dos anatemas: el viejo aborrecimiento marxista por la autocomplacencia desordenada y sin regulaciones y el incluso más viejo desdén de la élite administrativa inglesa por la poco cultivada, socialmente insegura pero económicamente ambiciosa clase de empleados de los servicios, oficinistas y vendedores, antes llamados Mr. Pooter, ahora Hombre de Essex. En pocas palabras, Eric Hobsbawm es un mandarín, un mandarín comunista, con toda la seguridad y los prejuicios de su casta. Esto no es ninguna sorpresa: como Hobsbawm escribe acerca de su ascensión a los Apóstoles, hacia 1939, “también los revolucionarios gustan de pertenecer a una tradición apropiada”. La clase de los mandarines británicos, en las universidades como en las oficinas públicas, estuvo siempre atraída por la Unión Soviética (aunque desde una distancia): lo que ellos veían allá era un mejoramiento planificado desde arriba por parte de quienes sabían más que el resto, unos aires y unas presunciones familiares. Los fabianos especialmente (George Bernard Shaw, H. G. Wells, los Webb) entendían el comunismo bajo esa luz y no estaban solos. Esto, pienso, es porque quienes en Inglaterra comentan a Hobsbawm, a menudo se muestran pasmados cuando los críticos arman un escándalo acerca de su comunismo: no solo porque no es educado invocar las opiniones privadas de un individuo, o porque el comunismo soviético le sucedía a otra gente y muy lejos (y hace mucho tiempo) y no tiene eco en la experiencia local ni en la historia, sino porque hacer la ingeniería del alma humana es tentador para las elites de todo color. Eric Hobsbawm, sin embargo, no es solamente un muy alto y orgulloso “miembro del establishment cultural británico oficial” (sus palabras); si lo fue, con toda seguridad hace mucho dejó de lado sus lazos con un cadáver institucional. Él es también un romántico. Él ha romantizado a los bandidos rurales, desplazando brillante aunque imposiblemente la autoridad moral de los proletarios industriales a los rebeldes rurales. Él romantiza al Partido Comunista de Palmiro Togliatti lo que, a la luz de las recientes revelaciones, no se condice con la insistencia de Hobsbawm en “no engañarse a uno mismo, incluso con respecto a las personas o las cosas por las que uno más se preocupa en la vida”. Eric Hobsbawm todavía romantiza a la Unión Soviética: “Cualesquiera fueran sus debilidades, su misma existencia probó que el socialismo era más que un sueño”, una afirmación que podría tener sentido hoy si fuera expresada como una amarga ironía, lo cual dudo. Incluso romantiza la muy jactanciosa “dureza” de los comunistas, el supuestamente lúcido entendimiento de la realidad política que ellos tenían. Para decir lo menos, esto no se condice con la letanía de desastrosos errores estratégicos cometidos por Lenin, Stalin y cada uno de sus sucesores. A veces la dolida nostalgia de Hobsbawm suena curiosamente parecida a la de Rubashev, en Darkness at Noon [Oscuridad al mediodía] de Arthur Koestler: “Por una vez, la Historia había tomado un rumbo que, al menos, prometía una digna forma de vida a la humanidad, pero ahora, todo había terminado”. En “Años interesantes”, Hobsbawm revela una distintiva debilidad por la República Democrática Alemana, dando a entender, más de una vez, una cierta falta de fibra moral en esos intelectuales que la abandonaron ante los cantos de sirena de Occidente (“quienes no pudieron aguantar el calor salieron de la cocina”). Él tiende, lo sospecho, a confundir el barato autoritarismo de la RDA con los recordados encantos de la Berlín de Weimar y esto, a su vez, lo conduce al núcleo romántico de su compromiso de toda una vida con el comunismo: una perdurable fidelidad tanto al momento histórico singular -Berlín en los últimos meses de la República de Weimar- y a la juventud alerta y perceptiva que vivió ese momento. Casi lo dice en una entrevista reciente: “No quise romper con la tradición que fue mi vida y con lo que pensaba cuando, por primera vez, entré en ella”. En sus memorias es explícito: “Llegué a Berlín a fines del verano de 1931, cuando la economía mundial colapsaba… [Ese fue] el momento histórico que decidió tanto la forma del siglo XX como la de mi vida”. No es una coincidencia que la descripción que hace Eric Hobsbawm de aquellos meses sea la prosa más intensa, más cargada, incluso, sexualmente cargada que él ha escrito. Ciertamente él no fue el único observador sensible que comprendió inmediatamente qué estaba en juego. Cuando escribió a casa, desde Colonia, donde estaba estudiando, un Raymond Aron de 26 años describía el abismo hacia el que se deslizaba Alemania. Él también entendió intuitivamente que el Titanic había chocado contra el iceberg, que el futuro de Europa ahora dependía de las lecciones políticas que se podía aprender de este momento definitivo. Lo que Aron vio en Alemania entre 1931 y 1933, se convertiría en la referencia central moral y política durante el resto de su vida y de su trabajo. Uno no puede evitar admirar la inflexible decisión de Hobsbawm de mantenerse leal para con el Hobsbawm adolescente, navegando solitario a través del oscuro corazón del siglo XX. No obstante, él paga un alto precio por esa lealtad, mucho más alto de lo que él percibe. “Existen ciertos clubes”, ha dicho, “de los cuales no me gustaría ser miembro”. Con esto él se refiere a los ex comunistas. Sin embargo, los ex comunistas Jorge Semprún, Wolfgang Leonhard, Margarete Buber-Neumann, Claude Roy, Albert Camus, Ignazio Silone, Manès Sperber y Arthur Koestler han escrito algunas de las mejores historias de nuestros terribles tiempos. Como Solzhenitsyn, Sakharov y Havel (a quienes Hobsbawm, reveladoramente, nunca menciona), ellos son la República de las Letras del siglo XX. Al excluirse de tal compañía, Eric Hobsbawm, nadie menos, se ha provincializado. El daño más obvio cae sobre su prosa. Siempre que Hobsbawm entra a una zona políticamente sensible, él se encierra en un lenguaje soterrado, rígido, con aires a jerga partidaria. “La posibilidad de la dictadura”, escribe en “La era de los extremos”, “está implícita en cualquier régimen basado en un partido único, irremovible”. ¿La “posibilidad”? ¿”implícita”? Como le habría dicho Rosa Luxemburgo, un partido único irremovible es una dictadura. Al describir la exigencia del Comintern de 1932, de que los comunistas luchen contra los socialistas ignorando a los nazis, Hobsbawm escribe en sus memorias que “ahora es generalmente aceptado que [esa] política… era de una idiotez suicida” ¿Ahora? Todos la creyeron criminalmente estúpida en ese tiempo y lo han pensado así desde entonces: todos, esto es, menos los comunistas. Hobsbawm carece tanto de oído para algunos asuntos que aún puede citar con aprobación los nauseabundos sentimientos presentes en el poema de Berthold Brecht, “Para aquellos que nacieron después de nosotros”: “Nosotros, que quisimos preparar el camino para la bondad / No podíamos ser amables”. Después de esto, no sorprende tanto leer la curiosa descripción que hace Hobsbawm del famoso “discurso secreto” de Khrushchev de 1956, como “la brutalmente despiadada denuncia de los fechorías de Stalin”. Nótese que es la denuncia la que atrae los epítetos (“brutal”, “despiadada”), no sus “fechorías”. En medio de su entusiasmo por la tortilla socialista, Hobsbawm perdió poco sueño pensando en los millones de huevos rotos que reposan en las tumbas anónimas desde Wroclaw hasta Vladivostok. Como él dice, la Historia no llora sobre la leche derramada. A lo más, él muestra remordimiento ante las injusticias cometidas por los comunistas contra los comunistas: al recordar que el juicio de Traicho Kostov de 1949, en Sofía, “me dejó triste”, él describe a ese juicio como el primero de los “juicios montados que desfiguraron los últimos años de Stalin”. No lo fue, sin embargo. En la misma Bulgaria había habido otro juicio montado, el del líder agrarista Nikola Petkov, quien fue enjuiciado y ejecutado en septiembre de 1947 por el mismo partido de Kostov. Sin embargo, Petkov pasa sin ser mencionado. Su asesinato judicial no echa malas luces sobre Stalin. Como Hobsbawm acepta a medias, podría haber sido más sabio para él si se hubiera limitado al siglo XIX, “dados como él escribe los fuertes puntos de vista del Partido y del Soviet acerca el siglo XX”. Él aún parece estar escribiendo a la sombra de un censor invisible. Al describir la supervivencia hasta el decenio de 1920 de los lazos, provenientes de la era de los Habsburgo, entre la Austria independiente y Checoslovaquia, concluye: “Las fronteras aún no eran impenetrables, como lo fueron después de que la guerra destruyera el puente tranviario de Pressburgo sobre el Danubio”. Los lectores más jóvenes podrían razonablemente inferir que una fracturada línea tranviaria era el único obstáculo para los checos y los eslovacos que quisieran visitar la Austria de la posguerra después de 1948: Hobsbawm evita mencionar cualquier otro impedimento. Estos no son atávicos tropezones de la pluma, ocasionales cabeceadas homéricas. Los comentadores ingleses que caminan en puntas de pies alrededor de él en homenaje a los logros del autor, están simplemente tratando con aires de protección a un viejo amigo. François Furet dijo una vez que dejar el Partido Comunista en protesta por la invasión soviética a Hungría “fue la cosa más inteligente que hice”. Eric Hobsbawm eligió quedarse, y esa elección ha baldado sus instintos históricos. Él puede reconocer sus errores con suficiente presteza, su subestimación del decenio de 1960, su error al predecir la declinación precipitada del eurocomunismo después de mediados de los setenta, incluso sus grandes esperanzas para la URSS, que “como lo sé ahora, estaba destinada al fracaso”. Sin embargo, él no parece comprender por qué cometió esos errores: incluso su aceptación de que la URSS estaba “destinada” a fracasar es simplemente una inversión de su supuesto previo de que ésta estaba “destinada” a triunfar. En cualquiera de las dos direcciones, la responsabilidad es de la Historia, no de los hombres, y los viejos comunistas pueden dormir con tranquilidad. Este determinismo retroactivo no es sino Historia Conservadora más dialéctica y la dialéctica, como un veterano comunista explicó al joven Jorge Semprún en Buchenwald, “es el arte y la técnica de caer siempre de pie”. Hobsbawm ha caído de pie, pero desde donde ahora está, gran parte del resto del mundo está cabeza abajo. Incluso el significado de 1989 le es oscuro. Sobre las consecuencias de la victoria del “mundo libre” (sus comillas amenazantes) sobre la Unión Soviética, él meramente advierte: “El mundo puede aún arrepentirse de que, ante la alternativa de Rosa Luxemburgo de socialismo o barbarie, haya decidido contra el socialismo”. La Rosa Roja, sin embargo, escribió eso hace casi cien años. El socialismo con el que soñaba Eric Hobsbawm ya no es una opción, y la bárbara desviación dictatorial a la que él le dedicó su vida tiene en gran medida la culpa. El comunismo corrompió y despojó al legado radical. Si ahora enfrentamos un mundo en el que no hay ninguna gran narrativa del progreso social, ningún proyecto de justicia social políticamente posible, es en gran medida porque Lenin y sus herederos envenenaron el pozo. Hobsbawm cierra sus memorias con una vigorosa coda: “No depongamos las armas, incluso en los tiempos de insatisfacción. La injusticia social aún necesita ser denunciada y combatida. El mundo no va a mejorar solo”. Tiene razón en todo sentido, pero para hacer cualquier bien en el nuevo siglo debemos comenzar por decir la verdad acerca del que pasó. Hobsbawm rehusa mirarle los ojos al mal y a llamarlo por su nombre: en sus trabajos, él nunca enfrenta la herencia moral ni la herencia política de Stalin. Si en serio quiere pasar la posta radical a las generaciones futuras, esa no es la manera de actuar. Hace mucho la izquierda no se ha animado a confrontar el demonio comunista que guarda en su closet familiar. El anti-anticomunismo -el deseo de evitar ayudar y confortar a los guerreros de la guerra fría de antes de 1989, y de hacer lo mismo con los triunfalistas Fin-de-la-Historia de después- ha paralizado por décadas el pensamiento político en los movimientos laboristas y socialdemócratas; en algunos círculos aún lo paraliza; pero, como Arthur Koestler señaló en Carnegie Hall, en marzo de 1948, “No se puede evitar que la gente esté acertada por las razones equivocadas… Este miedo a encontrarse en malas compañías no es una expresión de pureza política; es una expresión de la falta de confianza en sí mismo”. Si la izquierda quiere recuperar la confianza en sí misma y dejar de estar de rodillas, debemos dejar de contar historias reconfortantes acerca del pasado. Con la venia de Hobsbawm, quien blandamente lo niega, en el siglo XX, hubo una “afinidad fundamental” entre los extremos de la izquierda y la derecha, evidente para cualquiera que experimentara esos extremos. Millones de occidentales progresistas con buenas intenciones vendieron su alma a un déspota oriental. “La sorpresa ridícula”, escribió Raymond Aron en 1950, “es que la Izquierda Europea ha asumido como a su Dios a un constructor de pirámides”. Los valores y las instituciones que han sido importantes para la izquierda desde la igualdad ante la ley hasta la provisión de servicios públicos entendida como un derecho y que ahora están bajo asalto, no le debieron nada al comunismo. Setenta años de “socialismo realmente existente” no contribuyeron en nada a la suma del bienestar humano. En nada. Quizá Hobsbawm entiende esto. Quizá, como él escribe de James Klugmann, el historiador oficial del Partido Comunista Británico, “él sabía qué estaba bien, pero se corría de decirlo en público”. Si es así, no es un muy orgulloso epitafio. Eugenia Ginzburg, quien conocía algo del siglo XX, cuenta de cómo ella intentaba bloquear los gritos provenientes de las celdas de tortura en la prisión Butyrki de Moscú, recitando una y otra vez, para sí misma, el poema de Miguel Ángel: “Dulce es dormir, más dulce es ser piedra / En esta era de terror y vergüenza / Tres veces bendito es quien ni mira ni siente / Déjame entonces aquí, y no fastidies mi sueño”.

[Tony JUDT. “El último romántico”, in The New York Review of Books, 20 de noviembre de 2003. Traducción del inglés por Alberto Loza Nehmad]

NOTA BENE. Tony Judt [1948-2010] ha sido “Profesor Erich Maria Remarque” del Departamento de Estudios Europeos de New York University y director del Instituto Remarque. Hizo todos sus estudios en King’s College (Cambridge), donde se doctoró en historia en 1972 (historia europea moderna, historia francesa e historia de las ideas). Uno de sus últimos libros es “La carga de la responsabilidad: Blum, Camus, Aron y el siglo XX francés” [University of Chicago Press, 1998]. Como Hobsbawm, es judío, nació en Londres y estudió en la misma universidad. En 2003, provocó una gran controversia al escribir un ensayo de 3.000 palabras en el que defendía el desmantelamiento del Estado de Israel y la creación de un estado binacional en su lugar. Es colaborador habitual de The New York Review of Books [N. del T.]

No sin cierta coquetería se pregunta Eric Hobsbawm hasta qué punto los compradores de libros podrían sentirse atraídos por la autobiografía de alguien que no pertenece al elenco de las personalidades o de los famosos, que no ha participado en la adopción de grandes decisiones políticas y que no cuenta sabrosos chismes de crónica rosa. La respuesta a ese interrogante retórico es que la lectura de “Años interesantes. Una vida del siglo XX” resultará cautivadora no sólo para quienes se interesen por el compromiso político “esa pasión característica del siglo XX” de un prestigioso intelectual con una larga militancia comunista o para los conocedores de su obra académica. También los laicos o los legos podrán disfrutar y sufrir con unas páginas que lanzan una lúcida mirada autobiográfica sobre el periodo “más extraordinario y terrible a la vez” de la evolución de la humanidad estudiado por el propio Hobsbawm en su “Historia del siglo XX”, ese “siglo corto”, delimitado por la Revolución de Octubre y la caída del muro de Berlín. Nacido en Alejandría en el año 1917, hijo de padre inglés y de madre austríaca (ambos de ascendencia judía), Hobsbawm pasó su niñez y adolescencia en Viena y Berlín, hizo sus estudios universitarios en Cambridge y ha enseñado e investigado en el Reino Unido, Estados Unidos, Francia, Italia , Latinoamérica y Asia y en su ficha no puede faltar la referencia a su afición por el jazz. Los textos autobiográficos suelen presentar un cierto desequilibrio estructural a causa del irremediable descarte selectivo de los recuerdos que el paso de los años y la fiabilidad de la memoria operan. Las etapas más desgastadas por esa usura del tiempo cobran a menudo paradójicamente como ocurre en este caso un especial encanto gracias a descripciones y estampas que aciertan a combinar el respeto programático hacia los hechos con la calidad narrativa propia de las novelas de formación. La niñez de Hobsbawm en una Viena conmocionada por la voladura del Imperio bicéfalo y cuna del antisemitismo, es recreada con sensibilidad y talento: los retratos familiares están dibujados con una delicadeza, compasión y frescura no exentas de humor o de amargura. Tras la muerte de sus padres, Hobsbawm se trasladó en el verano de 1931 a la casa de unos parientes en Berlín, el futuro historiador conocería entonces por experiencia directa la brutalidad del nazismo: el relato de su rito iniciático como militante revolucionario y activista callejero en vísperas de la conquista del poder por Hitler posee fuerza y emoción. La lejanía en el tiempo y los fallos de la memoria suelen provocar cierto desdoblamiento entre el escritor que rastrea su pasado y la persona que vivió en su día los acontecimientos rememorados. El muchacho que participa en la gigantesca manifestación parisiense del 14 de julio de 1936 bajo las banderas del Frente Popular y que cruza ese mismo verano la frontera pirenaica para conocer la Cataluña en guerra es, sin duda, el joven Hobsbawm, pero también un candidato a personaje novelesco. Detenido en Puigcerdà como posible espía por los anarquistas y devuelto a Francia casi de inmediato, la excursión española de este revolucionario de 19 años duraría pocas horas. Al evocar los borrosos contornos de ese lejano episodio, Hobsbawm reflexiona sobre los conflictos que pueden surgir entre la imaginativa rememoración autobiográfica de los hechos realizada desde la subjetividad interior y la minuciosa reconstrucción documentada de esos mismos datos llevada a cabo desde una objetividad exterior. A casi setenta años de distancia del verano de 1936, Hobsbawm confiesa que no logra recordar cuáles pudieran ser sus verdaderos propósitos al cruzar la frontera pirenaica: de no haber sido expulsado de España, ¿se hubiese alistado como voluntario en las filas republicanas o nunca se le pasó por la cabeza la posibilidad de combatir en esa guerra? “Si no hubiera más fuentes que mis recuerdos personales, ¿a qué conclusión llegaría otro historiador con menos prejuicios personales ante el extraño caso del joven E. J. H. en la revolución española?”. La Universidad de Cambridge (el libro rinde homenaje a las grandes figuras de su claustro) no sólo orientó a Hobsbawm hacia la investigación histórica, sino que también formalizó su compromiso político con el partido comunista: ambas pasiones y vocaciones se mantendrían unidas aunque en equilibrio inestable durante décadas. La posibilidad o no de conciliar la militancia partidista y la libertad intelectual es el hilo rojo que atraviesa la autobiografía. Tironeado por esas exigencias de lealtad contrapuestas, el historiador comprometido o el militante académico tuvo que pagar el precio de desgarros emocionales a veces insoportables. En 1956, la crisis abierta en el movimiento comunista internacional por el informe de Jruschov ante el XX Congreso del PCUS sobre los crímenes de Stalin y por la invasión soviética de Hungría alcanzó de lleno al respetado grupo de historiadores marxistas británicos formado por Christopher Hill, E. P. Thompson, Victor Kiernan y el propio autor. A diferencia de algunos de sus colegas y camaradas, Hobsbawm permanecería formalmente dentro de la disciplina comunista hasta que la quiebra de la Unión Soviética arrastrase a la desaparición al partido británico. No fue el único intelectual de izquierda deseoso en aquella época de conciliar militancia revolucionaria e independencia de pensamiento: en 1957, Isaac Deutscher aconsejó a Hobsbawm: “Haga lo que haga, no abandone el partido comunista; dejé que me expulsaran en 1932 y desde entonces siempre lo he lamentado”. Por lo demás, Hobsbawm admite que le resulta difícil recomponer hoy las razones personales y los motivos íntimos de algunos de sus comportamientos de hace cincuenta años: “No soy capaz de recrear la persona que fui”. En cualquier caso, la implosión del bloque soviético resolvió su conflicto de lealtades mediante el drástico remedio de suprimir uno de los términos del dilema. Sin embargo, Hobsbawm critica las autobiografías de aquellos ex comunistas que se justifican como pecadores arrepentidos: “Son investigaciones post mortem en las que el cadáver pretende ocupar el lugar del juez instructor del caso”. Aunque el historiador acepte que el fracaso de la Revolución de Octubre “formaba parte de esa empresa desde el principio”, el militante no extrae las conclusiones correspondientes. De un lado, Hobsbawm sigue pensando en Gorbachev “con una infinita gratitud y un profundo sentimiento de aprobación moral”, aun considerándole el principal responsable individual de la desaparición de la Unión Soviética. Por otro, el historiador militante habría preferido que el socialismo real hubiese continuado “su lento declive esperando alcanzar una mejora gradual de su situación bajo la dirección de un reformista menos ambicioso y más realista”. Esa contradicción resulta menos explosiva si se recuerda que el compromiso de Hobsbawm con el comunismo se forjó en el Berlín prenazi de los años treinta; los nexos emocionales entre el antifascismo y la Unión Soviética pese al pacto entre Hitler y Stalin de 1939 explican también las fidelidades inerciales de bastantes comunistas europeos que lucharon en la resistencia contra la ocupación alemana durante la Segunda Guerra Mundial. “El sueño de la Revolución de Octubre permanece todavía en algún rincón de mi interior, como si se tratara de uno de esos textos que han sido borrados y que siguen esperando, perdidos en el disco duro de un ordenador, que algún experto los recupere: lo he abandonado, mejor dicho, lo he rechazado, pero no he conseguido borrarlo”. No menos melancólica es la alusión de Hobsbawm a las inalcanzables metas personales como fuente de sentido de la vida : “¿No tiene razón el Rey Arturo cuando dice que lo importante no es el Grial sino su búsqueda?”.

[Javier PRADERA. “Una rica y larga vida”, in El País, 15 de marzo de 2003]

Eric Hobsbawm es uno de los historiadores profesionales más conocidos fuera del círculo académico. Vivió durante los “años interesantes” del siglo XX, pudo seguirlos de cerca y ahora escribe su autobiografía. No es una novela de aventuras -nunca tuvo papeles protagónicos- pero ofrece pistas invalorables para comprender su obra de historiador. Hobsbawm es un historiador singular, muy lejos del especialista erudito. Con “La era de la revolución” -lo siguieron “La era del capital” y “La era del Imperio”- inició en 1962 un vasto proyecto de explicación del siglo XIX “largo”, entre 1760 y 1914, que incluía en una sola mirada a Europa, el mundo industrial y su periferia colonial. No es común una perspectiva tan amplia, como tampoco lo es su capacidad para relacionar y articular fenómenos tan diversos como la revolución industrial, el romanticismo, el pietismo, el positivismo y la revolución democrática: esa “historia total” que los historiadores franceses proclamaban por entonces, a la que Hobsbawm permaneció fiel. Se ha convertido en un historiador popular, sobre todo, porque puede escribir a la vez para los especialistas y para el público culto no especializado, y mostrar siempre, de manera vital y cautivante, la compleja conexión entre la materia del pasado y los problemas del presente. Hobsbawm perteneció al partido Comunista inglés, hasta su desaparición. Conoció en Viena y Berlín a muchos revolucionarios de 1917; desde su adolescencia fue un militante activo y hasta que cumplió los cuarenta años el Partido llenó su vida. Mientras estudiaba en Cambridge, en la edad en que otros consolidan su currículo, desempeñó todo tipo de tareas partidarias, tan absorbentes como grises; por entonces, en los años 30, el Frente Popular conformó su manera de entender la política y la historia. En 1952, sus dos vocaciones confluyeron: con Christopher Hill y otros colegas constituyó la Agrupación de Historiadores del partido Comunista. En 1956, luego de la denuncia de los crímenes de Stalin y la represión en Hungría, muchos de ellos se alejaron, pero Hobsbawm permaneció en el Partido, ya sin militar, y, al final de su vida, se pregunta por qué. Pesaron -nos dice- la fuerza de los ideales de 1917, tan diferentes de los de la posterior URSS, el temor a perder un ámbito que encuadraba sus preocupaciones de historiador militante y, también, el espectáculo, a su juicio lamentable, de antiguos comunistas devenidos en profesionales del anticomunismo. Encontró una solución intermedia: adherir al partido Comunista italiano, pues encontró en el “eurocomunismo” y en Antonio Gramsci una perspectiva y una referencia intelectual más adecuadas, que le permitieron mantener una práctica militante independiente y una presencia activa en las discusiones del marxismo. Aunque es un marxista convencido, como historiador, Hobsbawm no abruma al lector con la jerga convencional ni recurre a ningún tipo de “ley histórica” que evite el análisis concreto y la explicación. El marxismo le da una herramienta, y también una interpretación general del proceso histórico, cuyo sentido coincide con sus propios valores. También vienen del marxismo algunas fobias y esquematismos. Como Marx, está convencido de que los campesinos son una clase con pocas perspectivas progresistas, inclusive en la China de Mao. Simpatiza poco con las ideas ajenas a la Ilustración, la Revolución francesa y el socialismo, y se ocupa poco de ellas. La política, con excepción de los momentos revolucionarios, resulta ser poco más que la expresión superestructural de los fenómenos sociales y económicos, y la democracia, sólo una farsa. Tales ideas, que parecen provenir de las versiones más esquemáticas del “marxismo vulgar”, afloran en sus textos aquí y allá en frases tan contundentes como esporádicas. Pero cumplida la obligación del militante infatigable, el historiador de estirpe retoma su trabajo: sus análisis, complejos y sutiles, superan ampliamente las consignas iniciales. Su experiencia personal, muy variada, le ha permitido balancear y matizar lo que la tradición comunista tiende a esquematizar. Hobsbawm fue un inglés atípico, de familia judía y madre austríaca, que pasó su infancia en Viena y su juventud en Berlín. La cultura de la Europa central y las experiencias de la Alemania de Weimar se encuentran a cada paso en sus complejos cuadros históricos, donde nunca faltan las referencias a Moravia, Hungría o la Renania. Residente habitual en Francia, se empapó de los “ecos de la Marsellesa”, que informan su idea de las revoluciones. En Italia, encontró su comunismo de adopción y en los Estados Unidos, el jazz -su otra pasión- y un fascinante mundo de intelectuales disidentes. En América Latina, encontró, en los setenta, a los campesinos y la otra revolución. Reacio a encerrarse en un campus universitario, vivió en grandes ciudades, recorrió el mundo y conoció a infinidad de gente del ambiente comunista, del académico o de otros, como el del jazz, a los que lo llevaba su curiosidad. De todos aprendió algo. Hobsbawm parece tener siempre las antenas alertas y estar permanentemente reuniendo información para dar forma, revisar y ampliar sus esquemas. Una verdadera máquina de aprender, capaz de atrapar a cada paso la multiforme vida histórica. Por mucho tiempo prefirió no ocuparse del siglo XX, para evitar confrontar con la versión oficial acuñada por el partido Comunista. Luego de la caída del Muro de Berlín, encaró, finalmente, la historia de lo que llamó “la era de los extremos” en esta autobiografía. No es su mejor libro, pero quizás sea el más útil, pues logra dar una forma a esa masa aún indómita de la historia mundial contemporánea. Al final de su vida, Hobsbawm está despegado de lo más pesado de la ortodoxia. Puede examinar críticamente el “socialismo real” y la Unión Soviética y listar los errores. Pero si revisa posiciones, no renuncia a sus convicciones: cree en el progreso de la humanidad así como en la existencia tangible de las fuerzas de la reacción, que luego del derrumbe comunista están llevando al mundo a la barbarie. Estas no son las mismas que protagonizaron sus libros anteriores, escritos de los años 70. La “clase capitalista” se ha convertido en un capitalismo impersonal y desatado, que se expande destrozándolo todo y, en primer lugar, a los estados nacionales que, a su juicio, son los últimos garantes de los derechos individuales. Las identidades nacionales han derivado en nacionalismos excluyentes, duros y militantes, fundados en supuestas identidades étnicas o lingüísticas, a menudo inventadas por los historiadores. La política actual le permite mostrar la fuerza disgregadora y destructiva de estas y otras “historias de identidad”, capaces de destruir los ámbitos de convivencia largamente elaborados por la cultura occidental. Su condena se extiende a cualquier otra historia de identidad excluyente: las de género; el fundamentalismo religioso, el sionismo o el renovado nacional imperialismo estadounidense. Ya en el final de sus días, sin renunciar a sus convicciones socialistas, Hobsbawm se identifica con uno de los argumentos más prístinos de la tradición liberal: la exclusión o negación del otro conduce al desastre, a la barbarie. Esta reconciliación con el liberalismo no contradice sino, por el contrario, fortalece su ideal socialista, entendido precisamente como la extensión universal de los principios de libertad, igualdad y fraternidad.

[Luis Alberto ROMERO. “La convicción del ideal socialista”, in La Nación, 25 de mayo de 2003]

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