✍ A la zaga. Decadencia y fracaso de las vanguardias del siglo XX [1998]

por Teoría de la historia

En Historia del siglo XX , Eric Hobsbawm describía la muerte del “modernismo”, deplorando que, al legitimar la creación artística no-utilitaria, hubiera otorgado al artista la justificación necesaria para una libertad sin límite alguno. En A la zaga. Decadencia y fracaso de las vanguardias del siglo XX , esa argumentación se amplía y se ataca aún con mayor desprecio a la vanguardia por “su insensibilidad”. El historiador británico plantea que la muerte del modernismo se produjo alrededor de 1950 y relaciona esa “defunción” con el crecimiento de los entretenimientos populares (como la televisión y los medios de comunicación de masas) y con la fatiga que, en su opinión, habría aquejado a los viejos centros de arte europeos, agotados por el esoterismo creciente de las artes intelectuales, totalmente incomprensibles, excepto para los iniciados. El postmodernismo, con su escepticismo acerca de la existencia de una realidad objetiva y de la posibilidad de llegar a la comprensión por medios racionales, habría otorgado, según el autor inglés, el argumento necesario para justificar esos productos. Si no hay realidad objetiva ni algún entender convenido, el arte está librado a que cualquiera declare que algo es arte. De esta manera, el arte y el artista estarían determinados por un mandato de fe y apoyados por un corrillo de verdaderos creyentes. Por otra parte, sostiene Hobsbawm, la vanguardia no sólo murió porque había envejecido, sino también porque en la sociedad de consumo es duro para los artistas resistir la marea, ellos también están ávidos por consumir y unirse a las masas. No es sorprendente que en los años sesenta, en el corazón de la democracia del consumidor, los artistas pop asuman como suyas las imágenes del arte comercial. Warhol y otros reprodujeron con exactitud e insensibilidad los artificios visuales del arte comercial americano: las latas de sopa Campbell, la botella de Coca-Cola, Marilyn Monroe. Hobsbawm enfatiza la asimilación del arte de vanguardia al capitalismo: ese arte que quería ser crítico finalmente se habría vuelto un subdepartamento de marketing. El único servicio que habría prestado a la revolución científica y tecnológica de su época, con las obras de Léger, Tatlin, Heartfield y los futuristas, sería la producción de algunas visiones triviales o retóricas de las máquinas y de la industria. En A la zaga , nunca se habla de estética ni de la individualidad o el carácter del artista; la única preocupación es considerar la autenticidad emocional del espectador de masas. Por otra parte, el análisis borra las diferencias estilísticas y conceptuales entre los movimientos de vanguardia, suponiendo que éstos se caracterizan por la no-figuración. El historiador inglés condena el arte moderno por no representar la realidad ni los verdaderos intereses de la masa y afirma que el arte de consumo es el que mejor cumple con los intereses del público. Este libro, originariamente una conferencia, muestra el desconcierto de Hobsbawm frente al fenómeno estético: por una parte, pretende un arte de masas comunicativo; por otra, requiere un arte humanísticamente significativo. Piensa que el cine es un arte humanista y crítico y sin duda, algunos filmes lo son. Pero el autor inglés parece no ver que son muchas más las películas de consumo que tienen las características decadentes del capitalismo que él deplora. Es notable el silencio sobre el comercialismo chapucero de los medios de masas y sobre la manipulación del statu quo de la percepción. La pintura, para el historiador británico, sólo tiene un interés minoritario. Para confirmarlo, recurre a las estadísticas: en el último trimestre de 1994 -señala- sólo el 21 por ciento de los británicos visitó un museo o una galería de arte, contra el 96 por ciento que regularmente miró películas en la televisión. Esto demostaría que, por su combinación de tecnología y comunicación de masas, el cine es la forma de arte central del siglo XX, por lo que el filme Lo que el viento se llevó sería mucho más revolucionario que el Guernica de Picasso y una cámara sobre raíles comunicaría mejor la velocidad que una tela futurista de Balla. Aun así, se pregunta Hobsbawm, ¿por qué existe algún interés en el arte visual vanguardista? La razón, sostiene, está en el capitalismo. La obra de arte cada vez más se compra como inversión. Este es un modo típico de una sociedad de patronazgo o de pequeños grupos que “compiten para ver quién gasta más”. La decadencia del arte está ligada a su dependencia de unos pocos coleccionistas y no a la demanda de miles o incluso de millones de individuos (la economía de masas). En las intrincadas tramas del cubismo de Picasso no existe, según Hobsbawm, ningún matiz para el goce estético; para él, son preferibles las imágenes que comunican directamente. En todo el texto no existe señal alguna de sensibilidad estética y el historiador británico siempre opta por cualquier cosa que comuniquen los medios de masas en nombre de la democratización del consumo estético.

[Jorge LÓPEZ ANAYA. “La muerte del modernismo. Una discutible visión de las vanguardias”, in La Nación, 10 de octubre de 2000]

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