✍ Los ecos de la Marsellesa [1990]

por Teoría de la historia

Los historiadores británicos y norteamericanos han desempeñado un papel capital en la reinterpretación historiográfica de la Revolución Francesa, ya desde los trabajos pioneros de Alfred Cobban con los que empezó a impugnar “The Myth of the French Revolution”, según el título de su libro de 1955. No obstante, la participación anglosajona en la «polémica revisionista» de los últimos años, la que ha tenido como campeones de los dos principales campos contendientes a François Furet y a Michel Vovelle, no ha sido directa ni activa. La polémica no habría sido posible sin los trabajos iconoclastas y libres de prejuicios aportados por los historiadores de lengua inglesa, quienes, no obstante, han preferido, por lo general, no mezclarse discusiones sostenidas preferentemente en francés. Entre las excepciones se cuenta este libro de Eric Hobsbawm quien decidió echar su cuarto a espadas en defensa de la vieja tradición movido por una poco flemática “irritación” y, según confesión propia, bajo los efectos de una inusual adrenalinemia motivada por la lectura de las últimas aportaciones revisionistas francesas. Por ello, sin incurrir, ni de lejos, en la ofuscación, sí se deja ver cierta merma de ecuanimidad, por ejemplo, al caracterizar a un colega de “reaccionario” o, algo más serio, al acusar a Cobban de haber truncado la carrera de Rudé en Inglaterra a raíz de una denuncia política, episodio que nunca ocurrió en los términos simplistas y maniqueos en que aquí se insinúa. Tres cuestiones fundamentales aborda Hobsbawm en estas páginas de tan vehemente origen: la debatida cuestión de la Revolución Francesa como modelo de “revolución burguesa”, su capacidad para inspirar a los artífices de la “revolución proletaria” y las diferencias en cuanto a los condicionamientos ideológicos y académicos que han enmarcado la celebración de su bicentenario y los que enmarcaron el centenario. De las tres, es la primera la de mayor contenido e interés. El modelo tanto tiempo dominante de la Revolución Francesa como expresión politica del tránsito del “feudalismo” al capitalismo determinado por un desarrollo secular de las fuerzas productivas insostenible ya con las relaciones de producción tradicionales, como enfrentamiento entre una clase de comerciantes a gran escala y propietarios industriales armados de los principios de igualdad política y libertad económica, por un lado, y una nobleza terrateniente aferrada al privilegio, por otro, ha perdido toda capacidad explicativa. Hobsbawm se detiene en recordar que el origen de esta interpretación, que el marxismo haría suya y perfeccionaría, se halla en historiadores liberales franceses muy próximos a los acontecimientos, como Thierry o Guizot; pero no señala (quizá por considerarlo obvio) que la concepción de la Revolución Francesa como modelo de revolución burguesa no habría sido posible sin la díaléctica hegeliana cómo método para explicar el cambio y su adaptación materialista por Marx, con la lucha de clases como motor. Es cierto que en los escritos de Marx y Engels no es posible encontrar un desarrollo sistemático del concepto “revolución burguesa”, ni tampoco un análisis histórico de la Revolución de 1789, pero las referencias aisladas y el contexto general (por ejemplo, en la primera parte del “Manifiesto Comunista”) bastan sin duda para fundamentar el modelo “Revolución Francesa=revolución burguesa”. Ese paradigma presupone tanto un orden feudal que no existía ya en 1789 como una clase burguesa políticamente consistente y enfrentada a la aristocracia en la defensa de los principios y valores del capitalismo. La investigación histórica de los últimos años ha ido desmantelando presupuestos que estaban en contradicción con los hechos: aristócratas y componentes de los estratos superiores del Tercer estado no formaban grupos sociales armónicos, sino una misma elite con iguales preferencias y actividades, e intereses más acordes que contrapuestos: la oposición a los derechos señoriales (lo más tangible que del “feudalismo” pudiera quedar) provino del campesinado, y no de los sectores pretendidamente burgueses: el desarrollo de la economía sobre base capitalista, lejos de acelerarse, se retrasó durante décadas con el triunfo de la Revolución. Y, sobre todo, la burguesía, entendida en el sentido rigurosamente marxista, esto es, clase propietaria de los medios de producción que emplea trabajo asalariado apropiándose de la plusvalía, era un grupo enormemente reducido y sin protagonismo en el proceso revolucionario. Quienes lo dirigieron eran hombres de leyes y funcionarios de la antigua administración: la revolución burguesa habría sido, así, obra de abogados y publicistas sin ninguna conexión con el mundo de la producción y los negocios. Como son esos hechos que no es posible ignorar, Hobsbawm, quien nunca ha abusado del término “revolución burguesa”, defiende el concepto hablando de “una revolución de la clase media” en la que la burguesía parece disolverse. En el vocabulario marxiano son términos bien diferenciados, correspondiendo “clase media” a la compleja categoría de “pequeña burguesía” (“Mittelstand”, “Kleinbourgeoisie”), con lo que su uso plantea problemas adicionales sin resolver el de fondo, pero es suficientemente expresivo de lo inconsistente del viejo esquema y valiéndose de esa expresión Hobsbawm viene a dar la razón en un asunto clave al revisionismo que quería combatir.

[Demetrio CASTRO. “En busca de los burgueses perdidos”, in ABC Literario, 9 de abril de 1993, p. 13]

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