✍ Industria e Imperio. Una historia económica de Gran Bretaña desde 1750 [1968]

por Teoría de la historia

Imagen escaneadaLa Revolución industrial señala la transformación más fundamental experimentada por la vida humana en la historia del mundo, registrada en documentos escritos (1). Durante un corto período esta revolución  coincidió con la historia de un solo país, Gran Bretaña. Sobre él, o mejor dicho en torno a él, se edificó toda una economía mundial, que le permitió alcanzar, temporalmente, una influencia y un poder desconocidos con anterioridad por cualquier estado de sus dimensiones y que no parece pueda llegar a conocer cualquier otro estado en un próximo futuro. Hay un momento en la historia universal en que Gran Bretaña puede ser descrita como el único taller del mundo, su único importador y exportador masivo, su único transportista, su único poder imperialista, casi su único inversor extranjero; y por esa misma razón su única potencia naval y el único país con una política mundial propia. A la soledad del pionero, señor de cuanto deslindaba a falta de otros competidores, se debe gran parte de ese monopolio que terminó automáticamente cuando otros países se industrializaron, aunque la estructura de transacciones económicas mundiales que construyó Gran Bretaña y en términos británicos fue durante largo tiempo indispensable para el resto del globo. Sin embargo, para la mayoría del mundo, la era de industrialización “británica” fue simplemente una fase —la inicial o una de las primeras— de la historia contemporánea. Para Gran Bretaña misma fue mucho más que eso: la experiencia de su obra de adelantada económica y social la marcó profundamente y aún sigue haciéndolo hoy en día. Esta situación histórica, única de Gran Bretaña, constituye el tema del presente libro. Economistas e historiadores de la economía han analizado extensamente y con distintas conclusiones, las características, ventajas e inconvenientes que reporta la primacía industrial. Las distintas conclusiones obtenidas están en función del tipo de explicación que se buscaba: por qué las economías no desarrolladas de hoy en día no han podido alcanzar a las desarrolladas, o por qué las potencias iniciadoras de la industrialización —principalmente Gran Bretaña— han permitido que estas últimas las dejarán atrás. Las ventajas de realizar una revolución industrial en el siglo XVIII y principios del XIX eran grandes; algunas las analizaremos en los capítulos que tratan de este período. Los inconvenientes —por ejemplo una tecnología y estructura comercial arcaicas con el riesgo de que se afirmaran tan profundamente que luego resultara difícil abandonarlas o incluso modificarlas— debían aparecer en un estadio posterior; en Gran Bretaña entre la década de 1860-1870 y las postrimerías del siglo XLX. También los analizaremos brevemente en los capítulos dedicados a ese período. La tesis de este libro es que el relativo declive de Gran Bretaña se debe, en términos amplios, a su temprana eclosión, que había de mantener largo tiempo, como potencia industrial. Pero no hay que analizar este factor aisladamente. Tan importante por lo menos como :él es la peculiar posición, única, en realidad, de este país en la economía mundial, lo qué fue en parte causa de su temprano éxito, al tiempo que este mismo éxito reforzaba su posición. Gran Bretaña se convirtió gradualmente en agencia de intercambio económico entre los países adelantados y los atrasados, los industriales y los que aportaban materias primas, las metrópolis y las zonas coloniales o cuasicoloniales del mundo entero. Es posible que, por haber sido construida en torno a Gran Bretaña, la economía mundial del capitalismo decimonónico se desarrollara como un sistema único de intercambios libres, en el que las transferencias internacionales de capital y bienes de consumo pasaban fundamentalmente por manos e instituciones británicas, los transportaban barcos ingleses intercontinentales y se calculaban en términos de la libra esterlina. Como sea que Gran Bretaña tenía las inmensas ventajas de partida de ser indispensable tanto para las zonas subdesarrolladas (bien porque la necesitaban o bien porque no se les permitía prescindir de ella), como para los sistemas de comercio y pagos del mundo desarrollado, dispuso siempre de una vía de repliegue cuando el reto de otras economías se hizo agobiante. Gran Bretaña podía resguardarse tanto en el imperio como en el librecambio, en su monopolio de las zonas hasta entonces no desarrolladas, que en sí mismo coadyuvaba a que no se industrializaran, y en sus funciones de pivote del comercio, navegación y transacciones financieras mundiales. Tal vez no podía competir, pero podía evadirse. Esa capacidad de evasión contribuyó a perpetuar la arcaica y cada vez más inservible estructura industrial y social de la primera etapa. La economía liberal mundial, en teoría autorreguladora pero que requería en la práctica el conmutador semiautomático de Gran Bretaña, llegó al colapso en el período de entreguerras. El sistema político correspondiente, en el que un número limitado de estados capitalistas occidentales disfrutaba del monopolio de la industria, de la fuerza militar y del control político en el mundo no desarrollado, inició también su colapso tras la Revolución rusa de 1917, progresando rápidamente hacia él después de la segunda guerra mundial. A otras economías industriales les fue más fácil adaptarse a la nueva situación ya que la economía liberal decimonónica no había sido más que un episodio en su desarrollo. Su aparición misma era una razón para la quiebra del sistema. Gran Bretaña quedó afectada mucho más profundamente. Ya no era esencial para el mundo. En el sentido decimonónico no había ya ningún mundo único al que poder ser indispensable. ¿Qué nuevo soporte podía hallar para sostener su economía? El país, mismo se adaptó asistemáticamente y, con frecuencia, sin intencionalidad, pasando con rapidez de una economía incontrolada a escala insólitamente pequeña, a una economía monopolista y controlada por el estado; de apoyarse en industrias básicas para la exportación a industrias orientadas al consumo interno y, aunque más lentamente, de viejas tecnologías y formas de organización industrial a otras nuevas. No obstante, la gran pregunta seguía sin respuesta: ¿podrían proporcionar tales adaptaciones una base suficientemente amplia para que la economía relativamente gigantesca de la que en 1960 era aún la tercera potencia económica mundial pudiera mantenerse a su escala habitual? Y de no ser así, ¿qué alternativas quedaban? Los historiadores sociales no han analizado con tanta frecuencia como los economistas las peculiaridades de la temprana primacía industrial británica. Sin embargo el tema les afecta profundamente, ya que Gran Bretaña combina, como es sabido, dos fenómenos a primera vista incompatibles. Sus instituciones y prácticas sociales y políticas conservan una notable continuidad, por superficial que sea, con el  pasado preindustrial, continuidad simbolizada por aquello que, dada su rareza en el mundo moderno, atrae la atención foránea y una cifra por fortuna creciente de divisas por turismo: la reina y los lores, los ceremoniales de instituciones arcaicas o arrumbadas y todas esas cosas. Al mismo tiempo, Gran Bretaña es el país que, en muchos aspectos, ha roto más radicalmente con todas las etapas previas de la historia humana: el campesinado ha desaparecido casi por completo, el porcentaje de hombres y mujeres que se gañanía vida por medio de un salario es más elevado que en ninguna otra parte, y otro tanto sucede con la urbanización, realizada en fecha más temprana y probablemente con mayor intensidad que en ningún otro país. En consecuencia, Gran Bretaña es también el país donde las divisiones de clase fueron, por lo menos hasta fecha reciente, más simplificadas que en ningún otro lugar (cosa que sucedió también con las divisiones regionales). Pese a la habitual existencia de una amplia gama de niveles de renta, nivel y presunción social, la mayoría de la gente parte de la base de que sólo dos clases cuentan: la “clase obrera” y la “clase media”, cosa que refleja considerablemente el sistema de dos partidos británicos. Que ello no haya producido las consecuencias políticas que previeron los socialistas primitivos es toda otra cuestión. Ambos fenómenos están relacionados con el pronto despegue económico británico, aunque sus raíces se remontan, cuando menos parcialmente, a un período anterior al que se estudia en este libro. Tres factores determinan el grado en que se transforman las instituciones formales políticas y sociales de un país en el proceso de conversión en un estado industrial y capitalista: la flexibilidad, adaptabilidad o resistencia de sus viejas instituciones, la urgencia de la necesidad de transformación que prive en el momento y los riesgos inherentes a las “grandes revoluciones. En Gran Bretaña, la resistencia al desarrollo capitalista dejó de ser efectiva hada fines del siglo XVII. La misma aristocracia era, atendiendo a patrones continentales, casi una forma de burguesía” y un par de revoluciones enseñaron adaptabilidad a la monarquía. Como veremos más adelante, los problemas técnicos de la industrialización fueron extraordinariamente fáciles y los costos extra e ineficacias de manejarlos con un equipo institucional atrofiado (y especialmente con un sistema legal tremendamente decrépito) eran fácilmente tolerables. De igual modo, cuando el mecanismo de adaptación pacífica funcionó peor y la necesidad de un cambio radical pareció apremiante —como sucedió en la primera mitad del siglo pasado—, los riesgos de revolución fueron también insólitamente grandes porque si se perdía su control podía convertirse en una revolución dé la nueva clase obrera. Ningún gobierno británico podía apoyarse como cualquier gobierno decimonónico francés, alemán o norteamericano, en la movilización de las fuerzas políticas del campo contra la ciudad, de vastas masas de campesinos y tenderos u otros pequeño-burgueses contra una minoría -con frecuencia una minoría dispersa y localizada— de proletarios. La primera potencia industrial del mundo era también la única en que la clase de trabajadores manuales era numéricamente dominante. Ya no sólo aconsejable, sino esencial había de ser mantener amortiguadas las tensiones sociales y prevenir que las disensiones entre los diversos sectores de las clases dirigentes quedaran sin control. Con raras excepciones, esto resultó totalmente viable. Así desarrolló Gran Bretaña la característica combinación de una base social revolucionaria y, por lo menos en un momento determinado —el período del liberalismo económico militante—, un amplio triunfo de la ideología doctrinaria, con una superestructura institucional aparentemente tradicionalista de lento progresar en el cambio. La inmensa barrera de poder y beneficios levantada en el siglo XIX protegió al país contra aquellas catástrofes43089 políticas y económicas que podían haber forzado a realizar cambios radicales. Gran Bretaña nunca fue derrotada en la guerra y, menos aún, destruida. Hasta el impacto del mayor cataclismo no político del siglo XX, la gran depresión de 1929-1933, no fue tan repentino, agudo y generalizado como en otros países, incluidos los Estados Unidos. El status quo se vio con frecuencia amenazado, pero jamás destruido totalmente. Llegó a sufrir la erosión, pero no llegó al colapso. Y cuando las crisis amenazaron con hacerse inmanejables, la.clase dirigente británica siempre tuvo presente los riesgos de permitir que se les fueran de la mano. En contadísimas ocasiones el sector políticamente decisorio de esta clase dirigente olvirdó el hecho político fundamental de la Gran Bretaña moderna: el país no podía y no puede ser gobernado en franco desafío a su mayoritaria clase obrera y en cambio siempre puede ofrecer el modesto coste de lograr la conciliación de un sector crucial de esta mayoría. En comparación con otros países industriales importantes, apenas se derramó sangre en Gran Bretaña (otra cosa son las colonias y dependencias) en defensa del sistema político y económico durante más de un siglo. Entre patronos y obreros británicos, entre gobernantes y gobernados, no hay rupturas etiquetables como “Comuna de París”, o “Huelga de Homestead”, o “Cuerpos francos” y “SS”. Esta huida de las confrontaciones drásticas, la preferencia por sellar nuevos recipientes con viejas etiquetas, no debe confundirse con la ausencia de cambios. Tanto en términos de estructura social como de instituciones políticas, los cambios sobrevenidos desde 1750 han sido profundos y, en determinados momentos, rápidos y espectaculares. Estos cambios han sido enmascarados por la tendencia de los reformistas moderados a etiquetar minúsculas modificaciones del pasado como revoluciones “pacíficas” o “silenciosas” (2) porque toda la opinión respetable ha presentado los cambios importantes como puras adiciones a los precedentes, y por el mismo talante fuertemente tradicionalista y conservador de tantas instituciones británicas. Este tradicionalismo es real, pero el vocablo cubre dos fenómenos completamente distintos. El primero de ellos es la preferencia por mantener la forma de viejas instituciones con un contenido profundamente modificado; en muchos casos ha supuesto la creación de una pseudotradición y de una legitimidad pseudoconsuetudinaria para instituciones completamente nuevas. Las funciones de la monarquía de hoy tienen poco en común con las de la monarquía de 1750, en tanto que las hoy denominadas “escuelas públicas” casi no existían antes de mediado el siglo XIX y su capa de tradición es casi totalmente victoriana. El segundo fenómeno es la clara tendencia de las que fueron innovaciones revolucionarias a adquirir una pátina de tradición a través de su misma existencia. Como que Gran Bretaña fue el primer país capitalista industrial y durante largo tiempo los cambios que’ experimentó- fueron comparativamente lentos, ha ofrecido grandes oportunidades para ese tradicionalismo industrializado. Lo que pasa por ser conservadurismo británico, ideológicamente no es más que el liberalismo del laissez-faire que triunfó entre 1820 y 1850, y, excepto en lo formal, ése es también el contenido de la venerable y consuetudinaria Common Law, en todo lo que respecta a la propiedad y al contrato. Por lo que concierne al contenido de sus decisiones, la mayoría de los jueces británicos deberían tocarse con chisteras y lucir patillas victorianas en lugar de usar largas pelucas. Por lo que respecta a la forma de vida de las clases medias británicas, su aspecto más característico, la casa y el jardín en las afueras de la ciudad, se remonta simplemente a la primera fase de la industrialización, cuando sus antepasados comenzaron a desplazarse a las colinas y campos vecinos huyendo del denso humo y de la neblina de los contaminados centros urbanos. En cuanto a la clase obrera, lo que se llama su forma de vida “tradicional” es, como veremos, todavía más reciente. Difícilmente puede apreciarse en su totalidad antes de la década de 1880. Y el modo de vida “tradicional” del intelectual profesional — casita con jardín en las afueras, casa de campo, semanario intelectual, etc. — es todavía más reciente, ya que esa clase apenas si existió con conciencia de grupo con anterioridad al período eduardiano. En estos sentidos, la “tradición” no es un serio obstáculo para el cambio. Es, con frecuencia, una forma británica de poner una etiqueta a cualesquiera hechos moderadamente duraderos, especialmente en el momento en que estos mismos hechos comienzan a cambiar. Luego que una generación los haya cambiado, serán a su vez etiquetados como “tradicionales”. No quiero negar el poder autónomo de instituciones y costumbres acumuladas y fosilizadas para actuar como freno sobre el cambio. Hasta cierto punto pueden actuar así, aunque se ven contrarrestadas, por lo menos potencialmente, por esa otra arraigada “tradición” británica, que no se opone nunca a los cambios irresistibles, sino que trata de absorberlos con tanta rapidez y sigilo como le es posible. Lo que pasa por ser el poder del “conservadurismo” o del “tradicionalismo” es, con frecuencia, algo completamente distinto: viejos intereses y falta de una presión suficiente. En sí misma Gran Bretaña no es más tradicionalista que otros países; por ejemplo lo es menos en hábitos sociales que los franceses, mucho menos en la inflexibilidad oficial de instituciones caducas (como lo es una constitución dieciochesca) que los Estados Unidos. Si ha sido más conservadora es simplemente porque él viejo interés por el pasado ha sido excepcionalmente fuerte; más complaciente por mejor protegida; y quizá también menos dispuesta a buscar nuevos caminos para su economía, porque ningún nuevo camino parecía conducir a un futuro la mitad de prometedor que los viejos. Estos tal vez hoy sean intransitables, pero tampoco parecen más seguras otras vías. Este libro trata de la historia de Gran Bretaña. Sin embargo, como habrán puesto de relieve las pocas páginas que preceden, una historia insular de Gran Bretaña (y son muchas ya las que se han hecho) es totalmente inadecuada. En primer lugar, Gran Bretaña se desarrolló como una pieza esencial de una economía global, y específicamente como centro de aquel vasto “imperio” formal o informal sobre el que durante tanto tiempo se han apoyado sus fortunas. Sería irreal pretender escribir sobre ese país sin hacer referencia a las Indias occidentales, a la India, a Argentina, a Australia. Sin embargo, como que no trato de escribir la historia de la economía mundial o la de su sector imperial británico, mis referencias al mundo exterior a Gran Bretaña serán marginales. Ya veremos en capítulos posteriores cuáles eran sus relaciones con ese mundo, cómo los cambios que en él sobrevinieron afectaron a Gran Bretaña y, ocasionalmente, en un par de frases, cómo la dependencia de Gran Bretaña afectó a aquellas partes del mundo exterior que pertenecían directamente al sistema colonial británico. Por ejemplo, de qué modo la industrialización del Lancashire prolongó y desarrolló la esclavitud en América, o cómo algunas de las cargas de la crisis económica británica podían transferirse a los países productores de materias primas para 3710943411_864f1e61eb_bcuyas exportaciones Gran Bretaña (u otros países industrializados) constituía la única salida. Pero la finalidad de semejantes observaciones es recordar constantemente al lector las interrelaciones entre Gran Bretaña y el resto del mundo, sin lo cual no es posible comprender la historia de este país. Sólo se trata de eso. Sin embargo, no es posible eludir otro tipo de referencia internacional. La historia de la sociedad industrial británica es un caso particular —el primero y en tiempos el más importante— del fenómeno general de industrialización conocido bajo el capitalismo, y si partimos de un punto de vista aún más amplio, del fenómeno general de cualquier industrialización. Es inevitable que nos planteemos cuan típico es el ejemplo británico de este fenómeno; o en términos más prácticos —ya que el mundo de hoy está constituido por países que tratan de industrializarse rápidamente- qué pueden aprender otros países de la experiencia británica. La respuesta es que pueden aprender mucho en cuanto a la teoría, pero más bien poco en cuanto a la práctica concreta. La misma prioridad del desarrollo británico hace que su caso sea en muchos aspectos, único y sin par. Ningún otro país tuvo que hacer su revolución industrial prácticamente solo, imposibilitado de beneficiarse de la existencia de un sector industrial ya establecido en la economía mundial o de sus recursos de experiencia, tecnología o capital. Es posible que esta situación sea en gran medida responsable de los dos extremos a que fue impelido el desarrollo social británico (por ejemplo la práctica eliminación del campesinado y de la producción artesanal pequeña escala) y del modelo extraordinariamente peculiar de las relaciones económicas británicas con el mundo subdesarrollado. Por el contrario, el hecho de que Gran Bretaña hiciese su revolución industrial en el siglo XVIII, y estuviera razonablemente bien preparada para realizarla, minimizó determinados problemas que fueron muy importantes en países de industrialización posterior, o en aquellos que tuvieron que afrontar un salto inicial mayor desde el atraso hasta el adelanto económico. La tecnología con que deben operar hoy en día los países desarrollados es más compleja y costosa que aquella con la que Gran Bretaña llevó a cabo su revolución industrial. Las formas de organización económica son diferentes: hoy en día los países no están confinados a la empresa privada o al modelo capitalista, sino que pueden también elegir un modelo socialista. El contexto político es diferente Los países en vías de industrialización se están desarrollando en el contexto de fuertes movimientos obreros y ante potencias socialistas mundiales, que hacen de la idea de industrializarse sin tener en cuenta la seguridad social o el sindicalismo algo políticamente impensable. La historia de Gran Bretaña no es, pues, un modelo para el desarrollo económico del mundo de hoy. Si buscamos razones para estudiarla y analizarla que no respondan al automático interés que el pasado, y especialmente la pasada grandeza, tiene para mucha gente, tan sólo podemos encontrar dos realmente convincentes. El pasado británico desde la Revolución industrial aún pesa considerablemente sobre el presente, y la solución práctica de los problemas actuales de la economía y sociedad británicas requiere que comprendamos algo de él. En términos más generales, la historia de la primera potencia capitalista e industrial puede esclarecer el desarrollo de la industrialización como un fenómeno en la historia del mundo. Para el planificador, el sociólogo, el economista práctico (en tanto que no concentran su atención en problemas británicos), Gran Bretaña no es más que un “caso a estudiar” y no el más interesante o importante para los objetivos del siglo XX. Sin embargo, su interés es único para el historiador del progreso humano desde el hombre de las cavernas hasta los celadores del poder atómico y los navegantes cósmicos. En la vida humana no ha habido ningún cambio tan profundo desde la invención de la agricultura, la metalurgia y las ciudades en el Neolítico, como el advenimiento de la industrialización. Éste se produjo, de modo inevitable y temporal, en forma de una economía y sociedad capitalistas, y probablemente también fue inevitable que lo hiciera en forma de una sola economía mundial “liberal” que dependió durante algún tiempo de un solo país pionero y adalid. Tal país fue Gran Bretaña y como tal destaca en la historia.

NOTAS. (1) Las pocas excepciones —Trafalgar Square en 1887, Featherstone en 1893, Tony-pandy en 1911— destacan dramáticamente en la historia del trabajo británico. (2). Por ejemplo, los logros de los gobiernos laboristas de 1945-1951, que señalaron, como máximo, una retirada de la economía de guerra socialista de Gran Bretaña, fueron en tiempos proclamados como tal “revolución”, y otro tanto sucedió con los progresos educativos de Gran Bretaña en la primera mitad del siglo XX, que llaman la atención del observador por excepcionalmente vacilantes.

[Eric HOBSBAWM. Industria e Imperio. Una historia económica de Gran Bretaña desde 1750. Buenos Aires: Ariel, 1998, Introducción, pp. 13-21]

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