✍ Mi historia de las mujeres [2006]

por Teoría de la historia

Michelle Perrot es una de las principales impulsoras de las investigaciones sobre la Historia de las mujeres, que en Francia constituyeron un prolífico movimiento historiográfico. La autora se había destacado en trabajos vinculados al movimiento obrero y al sistema penitenciario. En la década del setenta, impulsada por los vientos del Mayo francés, se comprometió con la causa de las mujeres: “Así nació el deseo de otro relato, de otra historia”, afirma. De la incertidumbre y timidez de los comienzos da cuenta el título del primer curso que organizó con dos colegas en 1973: “¿Las mujeres tienen una historia?”. Dudaban de la pertinencia de su objeto de estudio, carecían de método y materiales. Apelaron al auxilio de otras disciplinas, particularmente la sociología y la antropología, y de historiadores como Pierre Vidal-Naquet y Jacques Le Goff. El éxito del curso abrió cauce a nuevas investigaciones y dio nacimiento a una perspectiva que la historiadora define como “la dimensión sexuada de la sociedad y de la historia”. El libro Mi historia de las mujeres reúne las 25 emisiones que integraron el exitoso ciclo radiofónico “Historia de mujeres”, realizado por Perrot en France Culture en 2005. El orden de los programas refleja, de alguna manera, el itinerario de aquellas investigaciones y la evolución de sus puntos de vista. Comenzaron a estudiar la historia del cuerpo y de los roles privados para concluir en la historia de las mujeres en la vida pública. “Empezó por una historia de las mujeres para convertirse más precisamente en una historia del género, que insiste sobre las relaciones entre los sexos e integra la masculinidad”, dice la autora. Perrot reseña el nacimiento de la corriente historiográfica y su participación en ella. Más atenta a la xenofobia que al “sexismo obrero”, en su primer trabajo, “Obreros en huelga” (1974), apenas dedicaba un capítulo a la mujer. La “escuela de los Anales” de Marc Bloch y Lucien Febvre había revolucionado la historiografía francesa priorizando la investigación de lo social y lo económico en detrimento de lo político institucional pero no tenían una visión de género: “La corriente era bastante indiferente a la diferencia de sexos que no constituía para ellos una categoría de análisis”. En los años setenta se crearon las condiciones para el surgimiento de la nueva historia: amplia participación de las mujeres en la vida universitaria, auge del movimiento de liberación femenina, crecimiento de la subjetividad, crisis del pensamiento marxista y estructuralista, y apertura a otras disciplinas como la antropología y, especialmente la demografía. La nueva historia redescubrió a la familia y a la mujer como sujeto. A juicio de la autora, la principal dificultad que debieron enfrentar fue el silencio de las fuentes: falta de registros, estadísticas “asexuadas”, destrucción de huellas. Sobre esta última Perrot señala que por ejemplo, rara vez se publicó la correspondencia privada femenina, salvo que estuviera dirigida a un “gran hombre” de la historia. A esa destrucción colaboraron las propias mujeres: pudorosas y convencidas de su insignificancia, quemaban sus papeles personales al fin de su vida. El nuevo sujeto de estudio debía valerse de nuevas fuentes. Los archivos judiciales y policiales fueron reveladores. En base a ellos, por ejemplo, la historiadora Annick Tillier investigó el principal crimen de las mujeres del siglo XIX: el infanticidio. Los llamados “escritos comunes” también cobraron importancia: en 1993 Philippe Lejeune creó la Asociación para la Autobiografía y el Patrimonio autobiográfico que se ocupa de la literatura personal: autobiografías, diarios íntimos y correspondencia. Perrot trata al cuerpo como sujeto histórico, en su dimensión estética, política, material e ideal. Y lo hace desde múltiples perspectivas, entre las que caben el infanticidio, el culto a la virginidad, la violación, la maternidad y dos obligaciones impuestas históricamente a la mujer, la obligación de silencio y la de belleza. La autora dedica particular atención al cabello, insignia y símbolo de feminidad, instrumento de seducción, también de castigo. De ahí las rapaduras que sufrieron en Francia más de veinte mil mujeres colaboracionistas al fin de la Segunda Guerra Mundial. Tras el cuerpo, analiza el alma: la religión, la cultura, la educación, el acceso al conocimiento y la creación. Las protagonistas de ese capítulo son santas, brujas, lectoras, escritoras, artistas y actrices. Desde los pensadores del Iluminismo hasta el anarquista Proudhon y el republicano Zola estuvieron de acuerdo en que “el gran defecto de una mujer es ser un hombre. Y querer saber es querer ser un hombre”. Hábitos de economía e higiene, pudor, obediencia y sacrificio fueron los valores inculcados al sexo femenino más allá de los matices que se reconocen según las épocas y las clases sociales. Para las niñas de familias pudientes estaban las artes recreativas -se consideraba al piano como el “hachís de las mujeres”-, habilidades que les permitirían animar las veladas familiares y sociales. A las muchachas de pueblo se las destinó al taller de “hermanas” donde aprendían a rezar y sobre todo a coser pues el siglo XIX fue el siglo de la ropa y la costura. En vísperas de la Segunda Guerra Mundial la mitad de las71-+Gs5horL mujeres francesas eran campesinas, como aún hoy lo sigue siendo la mayoría de las mujeres en Asia, África y América Latina. Sembrar, lavar, cocinar, coser, ayudar al hombre, tales fueron las obligaciones de la vida rural. La Revolución Industrial las hizo entrar en masa al mercado de trabajo. La autora recorre el largo camino que las llevó del taller a la oficina, del hogar a la Universidad. Por último, Perrot aborda la relación de las mujeres con el mundo. Durante siglos fueron sedentarias, recluidas en la casa familiar, el gineceo, el harén, el convento, el castillo o el prostíbulo. “Una mujer en público está siempre fuera de lugar”, afirmaba Pitágoras; para Rousseau “toda mujer que se muestra se deshonra”. La política fue durante mucho tiempo territorio prohibido. Eternas amas de casa, podía aceptarse que participaran en reclamos por precio justo para el alimento. De ahí que los motines del pan tuvieran cierta legitimidad: “Son abastecedoras que protegen a sus hijos y al pueblo, al que también ahíjan. Se comportan como madres”. Perrot historia el nacimiento del feminismo y su actuación por oleadas en reclamo de derechos civiles y políticos; derecho al trabajo y al salario, igualdad e igualdad en la diferencia: “El feminismo convirtió a las mujeres en actrices de la escena pública. Les dio una forma a sus aspiraciones y una voz a su deseo. Fue agente decisivo de igualdad y libertad, y por lo tanto de democracia”.

[Virginia MARTÍNEZ. “Una historia de las mujeres”, in El País (Montevideo), 18 de julio de 2008]

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