✍ La gran Cadena del Ser. Historia de una idea [1936]

por Teoría de la historia

“En apariencia, cada época desarrolla una nueva especie de razonamientos y de conclusiones, si bien sobre los mismos problemas de siempre” o “la aparente novedad de muchos sistemas se debe únicamente a la novedad con que utilizan u ordenan los antiguos elementos que les componen”. Arthur O. Lovejoy (1873-1962), historiador del pensamiento y profesor en la Universidad de Harvard durante más de cuarenta años, hace esta clase de advertencias en su prólogo al presente libro, donde se reúnen una serie de conferencias pronunciadas durante su docencia y que constituyen un intento de reconstrucción de la historia de la cadena del ser: a este fin, retrocede hasta la antigüedad para trazar la génesis de todas las ideas u opiniones sobre el origen del ser, el origen del mundo, sobre su hipotético hacedor o artífice, sobre la jerarquía de los reinos de la naturaleza y sobre el lugar concedido al hombre en el sistema del universo, en la filosofía antigua, en el pensamiento medieval, moderno, ilustrado y romántico. Es imposible describir aquí uno por uno el contenido de todas estas conferencias, pero cabe subrayar que su coherencia y continuidad reproducen la repetición de aquellas idas relativas al ser que inevitablemente encadenan la historia del pensamiento. Por cuanto al método, el autor se refiere a él mediante la distinción entre historia de la filosofia e historia de las ideas, o agregando que lo que ha de interesar al historiador son los factores dinámicos constantes y las ideas que dan lugar a consecuencias en la historia del pensamiento, es decir, susceptibles de ramificarse e influenciar en determinados campos —metafísica, religión, ciencia moderna, finalidad del arte, criterios de valor, valores morales, etc. En defensa de la historia de las ideas, sostiene con el mismo ánimo que una de sus ventajas es ocuparse de las manifestaciones de las ideas singulares en el pensamiento colectivo de grandes grupos de personas, en lugar de hacerlo únicamente con las doctrinas y opiniones de un pequeño número de pensadores. Al mismo tiempo, también hace observar que todos los grandes movimientos y tendencias clasificados como “ismos” sólo pueden ser los materiales iniciales sobre los que trabaja el historiador de las ideas. Sus advertencias se suceden hasta llegar a considerar que la “historia de la filosofía y de todas las fases de la reflexión humana es en gran parte la historia de la confusión de las ideas”, aunque rectifique diciendo que si bien la historia de las ideas desde esta perspectiva puede verse como una historia de errores, estos no dejan de iluminar los deseos, las facultades y las limitaciones de quien incurre en ellos. La misma actitud es visible cuando dice que la historia de la idea del ser es la historia de un fracaso, porque esta confirmación no le impide emprenderla. Por el término “cadena del ser” cabe entender la escala del ser y el orden establecido en el universo según el grado de perfección de los seres, y no es de extrañar que A. Lovejoy dedique cuatro conferencias al siglo XVIII, pues considera que fue entonces “cuando alcanzaron mayor difusión y aceptación la concepción del universo en forma de cadena del ser y los Principios que subyacen a esta concepción de plenitud, de continuidad y de gradación”. La estrecha asociación entre filosofía y ciencia en este siglo permite que la Naturaleza sea accesible para el científico y para el filósofo, que esta sea concebible como una gran maquinaria que puede poseer el movimiento por sí misma o se lo puede conceder un agente externo a modo de relojero. Frente a la pretensión de encontrar un comienzo absoluto de la historia del mundo, los datos aportados en el dominio de las ciencias diez años después de la muerte de Descartes hacen que se abandonen los intentos para conocer la hipotética Causa Primera o verdades últimas, y el filósofo al igual que el científico se entreguen al estudio y análisis de los “particulares”: el instrumento es la experiencia, la cual aborda los “singulares” y después, mediante la analogía y la comparación, aquellos casos que presentan las mismas características. Las ciencias naturales se plantean cómo la materia y el movimiento pueden transformarse en vida, lo que dará lugar a múltiples teorías sobre la generación de los seres animados y en particular del hombre, coetáneas a la descripción y clasificación de todos los seres que integran la Naturaleza, por reinos y especies, desde los inanimados e inorgánicos a los animados, orgánicos y racionales, en una escala ascendente, de los seres más imperfectos a los más perfectos. En esta medida, las teorías sobre la generación y mutación de las especies tienen gran incidencia en la historia de la cadena del ser en lo que respecta, precisamente, a esta escala: el intento de adoptar un sistema natural de clasificación en especies, géneros y clases es simultáneo a la polémica entre los partidarios del “fijismo” y los de las teorías transformistas. que defendieron entre otros Maupertius, Bernard de Maillet y J. B. Robinet; estas últimas, por basarse en el relativismo manifiesto en la Naturaleza de un reino a otro y de una especie a otra, son aquellas en las que se apoyaría el propio Diderot para suponer una creación evolutiva mediante el desarrollo de una materia inerte, y Kant. Para éste, A. Lovejoy dice que “el continuo desarrollo y la progresiva diversificación es la suprema ley de81rS77g3YoL._SL1500_ la Naturaleza, no solo para el conjunto del Universo sino para cada uno de sus componentes, desde los sistemas solares hasta los seres vivos individuales”. En el siglo XVIII, el hombre ocupa el primer lugar en la escala del ser y su afirmación se hace a partir de las posturas materiales y ateas como de las deístas; y esta es una de las épocas de la historia del pensamiento occidental donde se pone de manifiesto de un modo más claro y explícito la esencia de la Cadena del Ser y la jerarquía de valores cuya variabilidad se desprende del modo en que el ser se ordena y clasifica dentro de un sistema del universo. Aunque un pensador como Lucrecio fuera ya capaz de concebir la mutación de los seres por el tiempo y dijera que este “cambia la condición del mundo entero, pues a un estado sucede siempre otro por necesidad, y ninguna cosa permanece idéntica a sí misma: todas cambian, a todas altera la Naturaleza y las fuerza a transformarse. Cuando una se hace polvo, languidece se debilita por la edad, hay otra que crece en su lugar y sale del olvido”.

[M. GRAS BALAGUER. “Para una historia de las ideas”, in La Vanguardia (Barcelona), 3 de mayo de 1984, p. 40]

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