␥ Georges Duby [1919-1996]

por Teoría de la historia

El historiador francés Georges Duby es el primer medievalista contemporáneo que ha logrado ser, al mismo tiempo, un erudito y un autor popular, un especialista y un divulgador. Duby ha dejado una obra importante, ya sea escrita directamente por él, ya sea codirigida y, sobre todo, deja una manera distinta de abordar el trabajo de historiador, pues era un hombre pragmático y de su tiempo, que supo sacar partido de los medios de comunicación. Nacido en 1919, doctor en Letras, ejerció como profesor en Lyon, Besançon y Aix-en-Provence hasta que, en 1970, fue nombrado miembro del Collège de France. Formado en la famosa escuela de los Annales, será la cabeza visible del movimiento renovador bautizado como Nouvelle Histoire, que da importancia a factores hasta entonces marginados y no puestos de relieve, como puede ser el estudio de la vida cotidiana en el medievo, y que él valoraba en la medida en que permitían realizar “resurrecciones históricas”. Para ello ya no sólo se sirve de las series de precios del trigo o de la cronología de hechos políticos, sino que utiliza la pintura, la poesía, la música o la narrativa de la época, algo que, si bien no es una novedad estricta, ni mucho menos, sí lo parece en sus manos por el placer con que maneja este tipo de fuentes, que va más allá de la mera instrumentalización. De pronto, un libro como Tiempo de las catedrales (1976) es un éxito de ventas. Duby tiene el mérito y la novedad de reconciliar su rigor como historiador con un innegable talento como escritor. Su carrera como autor empieza mediados los años cincuenta con La Europa de las catedrales (1956) , y continúa con Historia de la civilización francesa (1958). Su preocupación por el mundo rural, por reconstruir su cotidianidad, le lleva a interesarse tanto por momentos excepcionales -El año mil (1967)- como por un análisis mas genérico de la estructura social -Guerreros y campesinos (1973), Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo (1978)- o de naturaleza más clásica y global -Historia de Francia (1970). Durante los setenta se convirtió en un personaje conocido, que participaba en emisiones televisivas o en proyectos audiovisuales. Luego llegó el tiempo de los honores, el ingreso en la Academia, pero también el de algunas aventuras insólitas, como la codirección de una Historia de las mujeres (1990), que se ocupa tanto de un sexo marginado por todas las Historias como de articular un punto de vista distinto sobre los hechos. También es el momento en que es escogido miembro del Institut Català d’Estudis Mediterranis y participa en la votación anual del premio que concede dicho organismo. Su curiosidad le convirtió en la persona idónea para que François Mitterrrand le encargase en 1986 un estudio para poner en marcha lo que hoy es el canal cultural ARTE, proyecto que entonces recibía el nombre de SEPT y que permitió ver cómo podía concebirse de manera innovadora la televisión, una televisión que conciliase las principales carecterísticas de su obra: el talento de divulgador con el rigor del especialista. Duby fue durante años presidente del Consejo de Administración de la SEPT y luego presidente de honor de ARTE. En 1991 publicó unas memorias -La historia continúa- en las que recordaba a sus grandes maestros -Bloch, Febvre, Braudel y Dumézil-, hablaba de “la felicidad concreta de tocar con las manos lo que queda del polvo de los siglos” y resumía su manera de ver el pasado diciendo que “los acontecimientos son la espuma de la Historia”.

[Octavi MARTI. “Muere Georges Duby, el medievalista que integró la vida cotidiana en la historia”, in El País, 4 de diciembre de 1996]

georges_duby“Vous aimez Saint Bernard? Moi, je l’aime beaucoup”. Aún oigo la voz de Georges Duby en su despacho del Collège de France: se refería a su último libro, San Bernardo y el arte cisterciense (1976). En este libro Duby se había introducido en un territorio que él consideraba fuera de su estricta especialidad, se sentía invasor de un espacio ajeno, pero también creo que sabía que lo comprendía mejor que los especialistas. No era la primera vez que se ocupaba del arte, aunque en la ocasión anterior Albert Skira había sido el gran responsable, al encargarle los libros de gran formato con ilustraciones que luego reuniría en Tiempo de catedrales (1976). En San Bernardo se percibía la fascinación de Duby por el desierto de formas impuesto por el gran monje cisterciense, que en un artículo fue comparado con el informalismo de un Philippe Soupault. El historiador de las mentalidades, del imaginario de las sociedades, sentía auténtica pasión por el arte, como si el arte fuera la historia misma petrificada. Su comprensión del objeto artístico procedía de situarlo en una red compleja de factores múltiples donde todos estaban conectados. “En la historia nunca hay un factor dominante”, repetía. El análisis de la obra de arte en Georges Duby sólo conoce, a mi modo de ver, un precedente que además es un precedente inacabado o, mejor dicho, no realizado: es el proyecto de estudio de los Pasajes parisinos de Walter Benjamin. Los objetos artísticos medievales brillan en los textos de Duby iluminados por la comprensión histórica. Y Duby en persona, captado por las cámaras, presentó al gran público la Edad Media desde el discurso sobre el arte en una de esas series televisivas que vio todo París y que puso irremediablemente de moda a la Edad Media en los años 80. Desde mi formación universitaria en los años 70 he identificado siempre Edad Media con Georges Duby. En las clases y seminarios de J. E. Ruíz Domenec, Duby aparecía como el gran historiador del mundo medieval, sobre todo el gran historiador de otra Edad Media. La lectura de Le dimanche de Bouvines (1973) la recuerdo como un auténtico acontecimiento: “La batalla no es la guerra. La batalla es lo que precede a la paz”. Siempre he pensado que hay frases en las que se condensa todo el secreto de un escritor. Creo que ésta define a Georges Duby, como la primera frase de Salambó contiene todo el arte narrativo de Gustave Flaubert. En ella asoma lo que en apariencia es una paradoja y en su simplicidad sorprende la precisión terminológica. Es una frase exacta y en su exactitud derriba una concepción anterior de las cosas para instaurar una nueva. Es la precisión de Los tres órdenes o lo imaginario del feudalismo (1978), posiblemente su obra cumbre y en donde resuenan las preguntas del historiador: ¿cuándo, dónde, cómo, por qué?, que no cree en las estructuras latentes, y menos aún en las arquetipales. Pero también recuerdo la veneración con la que Georges Duby me mostró en el Collège de France la biblioteca de Georges Dumézil. Leí su autobiografía (La historia continúa, 1991) y entonces lamenté que sólo hablara de su yo profesional y de su oficio como historiador. Aunque ahora creo entenderlo mejor: Duby se sintió siempre artesano, nunca artista. 

[Victoria CIRLOT. “Todo es ya pasado”, in El País, 4 de diciembre de 1996]