✍ Historia Argentina [1972-2009]

por Teoría de la historia

Dice Tulio Halperin Donghi en el Prólogo a la nueva edición (2000): “El relanzamiento de la colección Historia Argentina, decidido por la Editorial Paidos luego de un cuarto de siglo de su publicación en 1972, ofrece sin duda motivo para una reflexión sobre la acogida que ella sigue encontrando. Las razones para esta acogida han de buscarse no solo en la obra que vuelve ahora a presentarse, sino también -y quizá sobre todo- en las vicisitudes atravesadas por la disciplina histórica a lo largo de ese convulso cuarto de siglo. Estas hacen más fácil entender que un esfuerzo de exploración del pasado -que, cuando proclamaba su ambición de colocarse a la altura de los tiempos, no podía sino referirse a unos que han dejado ya sobradamente de ser los actuales, en un país y un mundo que tienen tan poco en común con los de 1972 -conserve intacta su atracción sobre un sector no insignificante del público lector. Ello es aun más notable por cuanto esa invocación remite a un pasado incluso más distante de lo que a la fecha de publicación de la obra invitaría a concluir. En efecto, el proyecto que iba a fructificar en esta Historia Argentina surgió años antes de esa fecha, a partir de una iniciativa de Boris Spivacow, quien -atraído por la idea de lanzar una nueva historia nacional presentada en fascículos, a semejanza de otros proyectos que venían ya ensanchando incesantemente el caudal de lectores de EUdeBA- deseaba encomendar esa tarea a historiadores jóvenes, cuya selección puso a mi cargo. Los resultados -si se me permite decirlo- todavía me enorgullecen; recuerdo que Richard Morse, de paso entonces por Buenos Aires, describió a algunos de ellos para el Times Literary Supplement como tough minded young men que seguirían dando que hablar en el futuro, y no puede decirse que ese vaticinio estuviese del todo errado. A la vez, esos historiadores habían adquirido ya los escrúpulos profesionales que hacen difícil producir copia al ritmo que un proyecto como el de EUDEBA requería, y el inesperado respeto que Boris -habitualmente tan impaciente frente a los obstáculos que amenazaban retardar sus planes editoriales- desplegó ante esos escrúpulos contribuyó a que, cuando la intervención lanzada sobre las universidades nacionales por el gobierno de la llamada Revolución Argentina puso fin a la experiencia editorial que él animaba desde Buenos Aires, las distintas secciones de la obra proyectada estuviesen aún en cantera. De ella fueron rescatadas por una iniciativa de Enrique Butelman, quien hizo posible que ella finalmente saliera a la luz bajo el sello de Editorial Paidós -tras continuar su preparación con un ritmo ya menos urgido por perentorios plazos de publicación-. Esa complicada prehistoria explica que, en una obra colectiva publicada en 1.972, sobreviviese tanto del temple de una etapa ya entonces cerrada de nuestra vida intelectual, la cual había estado marcada por el avance impetuoso de las ciencias sociales tanto en el campo académico como fuera de el. Si un rasgo común puede reconocerse en una obra en la que colaboraron estudiosos cuyas posteriores orientaciones, a veces divergentes, estaban ya anticipadas en alguna medida en ella, es esa confianza en la eficacia del contacto con las ciencias sociales como estímulo para una renovación de la disciplina histórica que todos juzgábamos urgente. Es esa compartida convicción la que permite entender que esta historia escrita por muchas manos -y a cuyos autores las dispersiones que se hicieron frecuentes a partir de la Revolución Argentina hacía difícil mantener los contactos hasta entonces habituales, ocasiones en que discutían acerca de las perspectivas que guiaban su trabajo de historiadores- pudiese organizarse, por así decirlo, espontáneamente en una sola narrativa, sustentada en un entramado urdido por el recíproco espejamiento de economía, sociedad y política. Era ésta una perspectiva hasta tal punto compartida que no creí necesario sugerir a los colaboradores de la empresa ese criterio de organización sino en los términos más elípticos, que fueron sin embargo suficientes para que lo aceptaran sin reservas quienes en él reconocían sin esfuerzo el que ya les era propio. Es apenas necesario señalar que hoy una propuesta de esa laya encontraría un eco muy distinto (o más probablemente no suscitaría ninguno). No es sólo que en los años transcurridos la alianza privilegiada entre historia y ciencias sociales ha dejado paso a otras que la vinculan más estrechamente con ciertas vertientes de la antropología, del análisis literario o de la lingüística. Más decisivo aún es el rechazo de la noción misma de “gran relato”, que concibe a la historia como la narración de un unificado proceso de cambio. Una de las ventajas de la vejez es que permite recordar un pasado en que ciertas cosas que ahora son nuevas estaban dejando de serlo: en efecto, cuando los responsables de esta Historia Argentina nos iniciamos en nuestra disciplina hacía ya tiempo que por la desconfianza por todo “gran relato” había sido plenamente compartida por Lucien Febvre (siempre dispuesto a retomar su cruzada contra las grandes machines historiques) con nuestro Emilio Ravignani, aunque ni uno ni otro se hubiera sin duda sentido atraído por los refinados debates epistemológicos en los que hoy suele articularse ese recelo. En este recelo resonaba quizás un eco ya muy tenue del que, en respuesta a la gran tormenta de 1848, había socavadado la fe en ese primer “gran relato” que había buscado develar un sentido unificado para la historia moderna, el que, bajo la Restauración, Francois Guizot había organizado en torno a los avances paralelos de las instituciones libres y de la conciencia moral de la humanidad. El nuevo gran relato que nunca logro reemplazarlo del todo -que Jacques Rancière presenta en ese delicioso librito que es Les mots de l’histoire como el propio de la era democrática y social, y que ve aflorar intermitentemente a lo largo del entero tramo que va de Michelet a Braudel- se mostró desde su origen menos seguro de sí mismo que el Guizot había construido en desafío a la cerrazón de horizontes que aspiraba a imponer la Restauración. Solo durante las tres décadas que abrieron la segunda posguerra, en las que esa civilización democrática y social alcanzó un apogeo que -como iba a revelarse apenas clausurada esa etapa- era a la vez el anuncio de su ocaso, ese nuevo gran relato osó desplegar a la luz del día todas sus ambiciones. Testimonio de ese momento embriagador e irrepetible en la historia del siglo XX es, a su modo, esta obra, que por haber brotado de él es acaso la última que osó todavía ofrecer una narrativa globalizadora de la trayectoria de nuestra nación. Si hoy los historiadores argentinos están dibujando ante nuestros ojos un paisaje histórico demasiado rico y abigarrado para que pueda hacerle plena justicia cualquier “gran relato”, no es tan sólo porque la que, cuando esta obra fue planeada, era todavía empresa de unos pocos, hoy parece estar en el umbral en un fenómeno de masas (lo que no cesa de sorprender a quien puede contrastar en la memoria el mínimo público presente en 1966 en la primera reunión de la Asociación Argentina de Historia Económica y Social, con las muchedumbres que hoy acuden, ponencia en mano, a las citas que la asociación convoca en los más variados rincones del país). Más importante aún es que el eclipse de las grandes narrativas haga posible volver hacia el pasado una mirada que ya no recoge de él tan sólo lo que cabe en cada una de esas narrativas. Gracias a ello todos hemos descubierto cosas que no sólo sabíamos que existían es nuestra Argentina, sino que no imaginábamos siquiera posibles en ella, y todo sugiere que aún sugiere que aún quedan muchos descubrimientos como ésos por hacer. ¿Llegará alguna vez de nuevo el momento para aquello que en los manuales de Introducción a la Historia era designado como la síntesis? No, sin duda, si se lo entiende cómo el que se abre cuando todo el material al que se dirige la curiosidad de los historiadores ha sido debidamente inventariado, puesto que ese material es literalmente inagotable. Es de esperar en cambio que sí, si se lo entiende cómo aquel en que los historiadores, y no sólo ellos, han de recobrar la confianza en su capacidad de entender la historia que están viviendo; es en efecto esa confianza la que incita a estructurar el paisaje histórico en torno a un gran relato. El que ha de surgir en este momento deberá encontrar su lugar en todo lo que el esfuerzo reciente de nuestros historiadores ha incorporado ya y seguirá incorporando a nuestro paisaje histórico. Me gusta pensar que lo encuentre también para la temática que dominó de un modo que hoy puede parecer demasiado excluyente a esta Historia Argentina. Y me gusta ver también en el eco que esta obra sigue encontrando, luego del derrumbe de todas las seguridades que subtendían esas preferencias temáticas, un augurio de que así ha de ocurrir”.

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