␥ Eric Hobsbawm [1917-2012]

por Teoría de la historia

Ha muerto un gran historiador. También un interlocutor de muchos historiadores, que a la distancia y casi sin conocerlo, lo tuvimos por nuestro maestro. Quizás últimamente no lo releíamos tan asiduamente. Quizá combinábamos los muy merecidos homenajes con reticencias o discrepancias, pues el viejo maestro era reacio a las nuevas corrientes. Pero seguía allí, a mano en la biblioteca, para ayudarnos a preparar una clase o para encontrar inspiración para nuestra investigación en alguna de sus agudas paradojas o en la sorpresiva relación entre cosas aparentemente lejanas. No sabíamos demasiado sobre la vida personal de Eric Hobsbawm, cuando en 1987 se nos presentó, en la introducción de su libro La era del imperio, 1875-1914 . Mejor dicho, nos presentó a sus padres: una joven judía austríaca, que viajaba por el Cercano Oriente acompañada por su tío, y un joven judío inglés; se encontraron en Alejandría, Egipto, donde se casaron. Allí, en los confines del cosmopolita imperio británico, encontró Hobsbawm el entronque entre la historia estudiada en su libro y su historia personal, vivida y recordada. Narró el resto de su vida en Tiempos interesantes , de 2002. Su infancia vienesa, y un par de años en Berlín, entre 1931 y 1933, cuando militó en el Partido Comunista y se enfrentó con los “social fascistas”. El joven Hobsbawm no llegó a percibir lo más interesante de esos años: el avance arrollador del nazismo. Vivió luego en Inglaterra y en 1936 ingresó en Cambridge, donde estudió historia y militó en el antifascismo. Coqueteó con los socialistas fabianos pero luego lo atrajo el grupo de brillantes intelectuales comunistas. Afiliado al Partido, fue sólo un militante de base. En 1947 ya había ingresado como profesor en la Universidad de Londres, y en 1952 fundó la revista Past and Present, junto con Christopher Hill, E. P. Thompson, Rodney Hilton y otras cumbres de la historiografía marxista. La revista alcanzó una enorme influencia en la historiografía de todo el mundo, sólo comparable con la de la francesa Annales. En 1956, la invasión soviética a Hungría lo alejó del Partido Comunista británico y su disciplina. No quiso convertirse en un ex comunista, y optó por una adscripción genérica al PC italiano, donde la tradición de Antonio Gramsci congeniaba mejor con su idea del marxismo. Por esos dos caminos transcurrió su vida: en el comunismo hasta el derrumbe de la Unión Soviética en 1991; en la enseñanza universitaria hasta 1997. Hobsbawm fue un historiador social, y sobre todo un historiador de la gente común: los de abajo, los sectores populares, los trabajadores. Los estudió con simpatía y curiosidad. En muchos trabajos se ocupa del clásico tema de los obreros industriales, el movimiento obrero. No vio en ellos a “la clase” sino a conjuntos de gente con tradiciones comunes, mitos, símbolos, organización, militancia y acción política. Al igual que E. P. Thompson, se preguntó en qué circunstancias precisas se convertían en lo que en el marxismo se llama la “clase obrera”. Pero también se interesó por todos los que lucharon y protestaron sin alcanzar esa meta clasista. En Rebeldes primitivos (1959) estudió ese mundo de tenderos, artesanos, campesinos, tejedores, a quienes la rueda del progreso iba aplastando, y que protestaban con pasión y violencia, pero sin conocer los caminos adecuados. Por eso apelaban al motín, la destrucción de máquinas o, más simplemente, extendiendo al lunes el festejo dominical. En Bandidos (1969), recolectó un conjunto de estos personajes en Europa, Asia y América Latina: nuestro “Mate Cosido” tiene un lugar en esa panoplia de simpáticos Robin Hood o sangrientos vengadores. Hobsbawm ingresó así en el mundo rural y en la antropología. Encontró sociedades tradicionales, con injusticias igualmente tradicionales y otras nuevas, traídas por la modernización. En estos bandidos, y en quienes los protegían o difundían sus hazañas, vio los rostros de los explotados. Porque Hobsbawm, aunque recurría a la sólida teoría para explicar estas historias, nunca perdía de vista sus rostros singulares, ni ocultó la simpatía que despertaban en el historiador militante. También estudió la “gente poco común”: las vanguardias artísticas, los revolucionarios y otras vanguardias. Aquí su interés está muy ligado a sus presupuestos políticos y es más deductivo. Las vanguardias cumplen una función en el proceso de avance de la sociedad hacia el socialismo, pero no todas las auto proclamadas vanguardias lo son auténticamente. El arte tiene la función de expresar, representar e impulsar el cambio, como lo hicieron los grandes escritores o los artistas del pueblo del siglo XIX. Un largo ensayo está dedicado a desenmascarar a las falsas vanguardias en las artes plásticas del siglo XX. En realidad están “a la zaga”, “ behind the times ”. No sólo perdieron la capacidad de expresar los problemas de su época sino que no han podido trascender el objeto de arte individual y encontrar algo equivalente al cine o al reproductor de música. Los artistas plásticos, obsesionados por la originalidad a toda costa, han derivado en una suerte de auto satisfacción, carente de misión, aunque no de cotización. Con la misma dureza trata a otras pretendidas vanguardias, como la sexual o la estudiantil. Esta lo impresionó en 1968 en París, aunque luego descubrió que sus pretensiones se limitaban a “espantar al burgués”. Las verdaderas vanguardias –nos dice– no se declaran como tales, y se respaldan en procesos industriales y empresarios de envergadura, que aseguren su llegada a las masas, jueces en definitiva de su autenticidad. Allí está el cine, que es el verdadero arte del siglo XX, y el rock. Remontándose a épocas anteriores, encuentra la tradición de las Arts and Crafts de William Morris, el Art Nouveau y la Bauhaus: diseños de estricto contenido estético aplicados a la producción industrial de bienes de consumo. En 1962 Hobsbawm publicó el primero de los volúmenes que lo harían famoso: La era de la revolución, 1760-1848 , traducida inicialmente como “Las revoluciones burguesas”. Luego siguieron La era del capital, 1848-1875 (1975) y La era del imperio, 1875-1914 (1987). Entre los tres, historiaban lo que se ha llamado el “largo siglo XIX”. Se trata de un ejemplo extraordinario de síntesis histórica y de alta divulgación, como lo llama el autor. Aquí Hobsbawm se aproxima como pocos al ideal de la historia total. Se ocupa del mundo occidental y las áreas del mundo progresivamente incorporadas a su influencia, y analiza todas las zonas de la experiencia social: de la economía al arte, de la política a la sociedad, de la ciencia al urbanismo. Entrelaza varias historias: del capitalismo y la sociedad burguesa; de las revoluciones y la política democrática; del movimiento obrero y el socialismo, y de los estados nacionales y el nacionalismo, un tema que luego desarrolló de manera expandida en Naciones y nacionalismo (1990). Hoy es fácil advertir las marcas de época de su análisis, tanto de los “dorados sesenta” como de los convulsos setenta y ochenta. Todo su enfoque de la economía está teñido de las ideas del “desarrollo económico”, que se compagina sin mayores conflictos con su perspectiva marxista: la industrialización y la producción en gran escala son el destino de la transformación económica y a la vez la base para el ulterior advenimiento del socialismo, lejano pero ya divisado. Los conflictos políticos son el resultado directo de los enfrentamientos de las clases sociales o sus fracciones, según un modelo que fácilmente se remite al Dieciocho Brumario de Marx. La “revolución burguesa” conducirá finalmente al socialismo, por el camino de la universalización de sus valores, pese a que Hobsbawm –como la mayoría de los progresistas de los años setenta– desconfía de la “democracia burguesa”, reducida a mera hipocresía. Su mirada del mundo del trabajo es compleja y matizada, pero aquí y allá aparecen referencias a la misión histórica de la clase obrera, junto con otros “desarrollos inevitables” e “imposibilidades absolutas”, particularmente de los campesinos, muy propias de quien por entonces estaba muy seguro del final de la historia. Lo notable no es que esos rasgos se manifiesten –nadie es ajeno a su tiempo– sino que su talento de historiador los relativiza y minimiza. Su experiencia personal, muy rica y variada, y su enorme curiosidad, lo ayudan a evadir el esquematismo. Su infancia en Viena y su juventud en Berlín lo acercaron a la cultura de Europa central, y en sus cuadros históricos nunca faltan referencias a Moravia o Hungría. Residente habitual en Francia, los “ecos de la Marsellesa” informaron su idea de la revolución y la rebeldía. En Europa encontró el eurocomunismo y en los Estados Unidos, donde enseñó muchos años, el jazz –su otra pasión– así como un apasionante mundo de intelectuales disidentes. En la América Latina de los años setenta vio el rostro de la otra revolución. De todo aprendió algo. Fue una verdadera máquina de aprender, capaz de atrapar a cada paso lo multiforme de la vida histórica y volcarla en sus libros. Quizá lo más notable de esta trilogía sea el arte de escritura desplegado. Hobsbawm resolvió el difícil problema de contar la historia y a la vez explicar su trama. Sabía escribir en dos niveles. El primero es claro, organizado y transparente. El segundo aparece mirando con cuidado la línea y la frase, y descubriendo una complejidad y riqueza inagotables. Ordenaba el mundo caótico, haciéndolo comprensible, y luego lo desordenaba, de una cosa a otra, apelando a las más variadas relaciones y también –para despuntar el vicio– a las determinaciones. Utilizaba la paradoja para desarmar conceptos, y la frase incisiva para iluminar y simplificar las cuestiones. Lo más cautivante es la permanente relación de lo general con lo singular, su manera de apoyar cada idea abstracta con un ejemplo concreto –un personaje literario, un edificio, una costumbre–, y su capacidad de vincular todo con todo y lograr ese pequeño milagro de presentar, en una larga historia, las imágenes de la historia viviente. Luego de la caída de la Unión Soviética, encaró la historia del siglo XX, al que llamó “el siglo corto” y “la era de los extremos”. Al querer abarcar la infinita variedad de un mundo tan globalizado como generador de particularismo, su análisis se tensó hasta casi quebrarse. Organiza el siglo corto en un tríptico: la crisis de entreguerras, los dorados años sesenta y la crisis de finales de siglo, hasta la caída de la URSS. El mundo feliz de las décadas centrales estuvo alimentado por la expansión del capitalismo, el arraigo de la democracia y de los Estados de bienestar, y también el de las revoluciones anticoloniales y socialistas. La propia Unión Soviética, que examina muy críticamente, aportó a la felicidad de la época obrando como un freno al capitalismo y encauzándolo en el brete del estado de bienestar. Esta Historia del siglo XX , que terminó de escribir en 1994, no tuvo un final feliz, sino preocupado y angustiado. Liberado de frenos, el capitalismo desató todas sus potencialidades, constructivas y destructivas. Entre sus víctimas estaban los estados nacionales, garantía última de los derechos individuales. Las identidades nacionales derivaron en nacionalismos duros y militantes. Junto con otras identidades excluyentes, como el fundamentalismo religioso, destruyeron los ámbitos de convivencia largamente elaborados por la cultura occidental. En suma, la barbarie. Esta barbarie conmovió lo más profundo de sus convicciones, hasta dudar de la capacidad de la razón para comprender la sinrazón. Su propia existencia se llena de interrogantes. “¿Qué hacía yo en los setenta marchando por Hyde Park en favor de Ho Chi Minh?”, se pregunta. A la vez, lo lleva a reconsiderar los valores de un liberalismo ya plenamente identificado con la gran tradición de la revolución francesa: la libertad, la democracia, la solidaridad y la fraternidad podrían poner límites a la barbarie. Una conciliación que, en sus últimos días, cuando volvió a escribir sobre el marxismo, fortaleció su ideal socialista, entendido como la extensión universal de los valores de la libertad, la igualdad y la fraternidad. No sabemos si con esas ideas creía estar a la vanguardia o a la zaga de la historia. Pero lo admiramos por ellas.

[Luis Alberto ROMERO. “El historiador que escribió para la gente”, in Revista Ñ (Buenos Aires), 5 de octubre de 2012]

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