␥ Paul Ricœur [1913-2005]

por Teoría de la historia

LVG200505220461LBInvitado a la entrega del premio Catalunya a su amigo Claude Lévi-Strauss, el 13 de mayo pasado, pero debilitado por una cardiopatía, Paul Ricoeur, 92 años, renunció la víspera. Experto en pasados, uno de los más importantes filósofos vivos de Occidente ignoraba lógicamente que una semana más tarde le alcanzaría la frase de Jankelevitch con la que amparara su primer libro, en 1947: “Quien fue, ya nunca podrá no haber sido; en adelante, ese hecho misterioso y profundamente opaco de haber sido será su viático para la eternidad”. Despliegue en Le Monde y Libération, el responso del mundo político y cultural, pero también del universitario, ante su ingreso en una inmortalidad que le hubiera complacido desentrañar. Karl Jaspers y la filosofía de la existencia fundó una obra en la que la memoria, la historia y el olvido fueron los temas. Investigador de una memoria casi mágica, reservada a los poetas, pero contemporáneo del ordenador que decuplicará neuronas, practicante y preconizador del diálogo cuando el enfrentamiento reinaba en la universidad, el parlamento y las iglesias, protestante cuando tocaba ser marxista, convencido como Derrida de que “sólo se puede perdonar lo imperdonable” en una sociedad represivo/permisiva, Ricoeur nadó a contracorriente. En Francia, jamás fue moda como Sartre –quien lo trataba de “curita”– o Althusser. Demasiado lúcido: “El juez debe fallar y castigar; el ciudadano, militar contra el olvido y por una memoria equitativa; la tarea del historiador es comprender, sin inculpar ni disculpar”. En 1967, Ricoeur participó en la creación de la Universidad de Nanterre, convencido de que “la talla de la institución permitiría instaurar relaciones menos anónimas entre profesores y alumnos, según la idea antigua de una comunidad de maestros y discípulos”. Brillante anticipo del mayo del 68 que Cohn-Bendit lanzaría precisamente en esa universidad, en uno de cuyos pasillos, en 1970, a un Ricoeur convertido en decano de la facultad de Letras un grupo de alumnos le pondrá por sombrero un cubo de basura. Tan rotunda respuesta a su pretensión de diálogo le obliga a exiliarse entre Lovaina y Ginebra; en 1975 vuelve a Nanterre, donde seis años más tarde rubrica su carrera francesa. Pero desde 1954 profesa, en paralelo, en EE.UU., y el mundo cultural le reconoce la paternidad de una idea clave, la identidad narrativa. Y esta paradoja: “Que la identidad personal, yo, y la colectiva, por ejemplo la nación”, de tan reales sean inexplicables. “Ocuparse de sí mismo parece puro egoísmo; la preocupación nacional se declinaría en nacionalismo, con su extremo, el chauvinismo”. Otro tema inagotable, la traducción. Literaria, científica y sobre todo entre los hombres. Su época de filosofía reflexiva, en la línea del “pienso luego existo” cartesiano, exige “traducir reflexión como una introspección”. En esa línea “la conciencia no es un don, sino algo que debe ser adquirido, una tarea”. Y profesará la hermenéutica, porque “toda comprensión, mediatizada por signos, símbolos y textos, requiere una ciencia de la interpretación”. La originalidad del pensador tendría mucho que ver con “mis estancias durante 36 años en las universidades norteamericanas, donde reina la permeabilidad entre filosofía y ciencias humanas, a diferencia de lo que sucede en Francia, donde la filosofía parece prisionera de su propia historia”. Ricoeur dialoga con la lingüística, el derecho, la historia, la filosofía política. Y discute con los mandarines de la historia de su tiempo, la escuela de los Anales, culpable de haber “evacuado los hechos del discurso histórico”. Periodista a su manera: pegado a la actualidad. Así, de “la historia como rama de la narración” pasará más tarde a disecar “la capacidad crítica de los historiadores respecto de la memoria”. Y denostará “el abuso de las conmemoraciones” y su “modelo histórico, que aturde con los aniversarios o bien olvida deliberadamente”. Irónico, explicaba la diferencia entre su enorme prestigio en el extranjero y su marginación en Francia: “A mis compatriotas, ricoeurismoles resulta impronunciable”. Enciclopedista del siglo XX, en fin, su interés por la semántica comprendía la narración escrita y la conversación cotidiana; la justicia, la política y la religión. Un deber: “Analizar el mundo en el que uno vive, pero también descifrar lo sagrado, intención acaso excesiva, pero a la que se puede aspirar”. Y en un panorama como el francés, donde “lo que cuenta es lo que un filósofo escribe sobre los precedentes, Kant, Descartes, y una obra personal te asimila a un furtivo”, Ricoeur decidió que tenía derecho a “interrogar, llegado el momento, a los filósofos de todas las épocas, sobre un problema de hoy mismo. Sus libros, abiertos sobre mi mesa, son la levadura de un nuevo pensamiento, no de una visión histórica. 

[Óscar CABALLERO. “Fallece a los 92 años el filósofo Paul Ricoeur”, in La Vanguardia (Barcelona), 22 de mayo de 2005, p. 46]

ricoeurPaul Ricoeur nació en 1913 en Valence. Su madre muere poco después, su padre en el frente, en 1915. Estudios superiores en la Sorbona y, una vez por semana, “los viernes de Gabriel Marcel”, padre del existencialismo cristiano. Profesor de filosofía en 1935, en Alsacia, socialista y pacifista, movilizado en 1940, aprovecha los cinco años de cautividad en Pomerania para traducir a Husserl. Tras la guerra, es un pilar de la revista Esprit; enseña en Estrasburgo, la Sorbona y Nanterre. Profesor en universidades norteamericanas desde 1954, se convierte en un raro intermediario entre las dos márgenes del Atlántico. Deja una obra enorme, que debe comenzar, para los novicios, con su autobiografía intelectual de 1995, Réflexion faite. Su camino tuvo por mojones Jaspers yMarcel, primero, Husserl después, y Heidegger, con altos en la fenomenología y la hermenéutica. Y esa meditación, única, sobre la memoria y la fidelidad, “que desemboca en el perdón, pero también en el carácter irrevocable de lo sucedido y de la reflexión que provoca”. Ideas conflictivas en una Francia en la que la extrema derecha niega la realidad de los campos de exterminio nazi, la extrema izquierda el Gulag, una corriente judía sostiene la imposibilidad de discutir el Holocausto y hay un desgarramiento frente a la resurrección de un pasado francés poco glorioso en la Segunda Guerra Mundial o la descolonización. Dechado de lucidez, hace sólo cinco años, Ricoeur explicaba que “los individuos pueden perdonarse, los pueblos no”. Aseveró que “en sus reivindicaciones, las minorías nunca olvidan las humillaciones sufridas ni las victorias logradas; borran en cambio el mal que ellas mismas infligieron”. Lección aún válida: “Si la deuda con el pasado justifica el deber de memoria, éste propicia los abusos. La posición de víctima tiende a encerrar a una comunidad histórica en su singular desdicha, la desarraiga del sentido de la justicia y provoca un peligroso cortocircuito en el trabajo crítico de la historia”. Y este aviso para navegantes: “Hay una función terapéutica de la amnistía, porque un pueblo no puede vivir permanentemente en guerra consigo mismo; pero cuidado porque la frontera entre amnistía y amnesia es indeleble”.

[Óscar CABALLERO. “Entre la amnistía y la amnesia”, in La Vanguardia (Barcelona), 22 de mayo de 2005, p. 46]

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