␥ Lucien Febvre [1878-1956]

por Teoría de la historia

Con Marc Bloch, Lucien Febvre domina la historiografía francesa contemporánea y es, sin ninguna duda, excepcional por las dimensiones y la diversidad de su obra. Y no hay que olvidar que el autor y su trayectoria se enraízan en la profunda renovación intelectual francesa de finales del siglo XIX y comienzos del XX. Nacido en 1878, normalista en 1897, Febvre está muy pronto en contacto con una cuádruple influencia. La primera es la de la geografía de Vidal de La Blache […]. La segunda es la de Durkheim y de la escuela francesa de sociología: a pesar de sus reservas, Febvre encuentra en ella a la vez una lección de método, un proyecto científico y un modelo de sociabilidad intelectual en el que se inspirarán, treinta años más tarde, los Annales. La tercera es la de la psicología, tan fundamental en las preocupaciones de los historiadores del cambio de siglo, y cuyo papel, mal conocido, es sensible en el conjunto de las ciencias sociales en formación. La cuarta influencia es rigurosamente negativa: es la de la historia «historizante», la historia política, diplomática y militar que se enseña entonces en las facultades, de la que muy pronto se declara adversario. Contra ella, se inscribe de golpe en la filiación, afectiva tanto como intelectual, de Michelet, que proclamará durante toda su vida. Ya en 1911, su tesis, “Philippe II et la Franche-Comté”, refleja bien esas opciones. Bajo un título relativamente clásico, este «Estudio de historia política, religiosa y social» se propone como objetivo explorar «la vida interior de una individualidad política», «las realidades de la existencia provincial, las transformaciones de la vida social». Estudio globalizador que requiere, con el modelo vidaliano, un marco geográfico limitado (y que inaugura en historia el tipo de la monografía regional). Durante todos esos años, Febvre, geógrafo tanto como historiador, pero dispuesto sobre todo a recurrir a todas las demás ciencias del hombre, se ocupa de analizar las interacciones complejas entre las sociedades humanas y su medio. Esta reflexión sistemática lleva en 1922 a una primera síntesis, volumen inicial de la gran “Evolución de la humanidad”, dirigida por Henri Berr, y que todavía en nuestros días ilustra a nuestros ojos las virtudes de una interdisciplinaridad razonada. En 1919, Febvre es nombrado para la Universidad de Estrasburgo, de la que, al ser devuelta Alsacia a Francia, se ha querido hacer una institución excepcionalmente brillante. Allí se encuentra con el medio intelectual que en adelante será el suyo. Allí está Marc Bloch, pero también el sociólogo M. Halbwachs, el psicólogo Ch. Blondel, el jurista G. Le Bras, el geógrafo H. Baulig, así como una pléyade de historiadores. Este grupo toma muy pronto la costumbre de celebrar reuniones y debates críticos, y en él van a nacer los Annales d’histoire économique et sociale. Al nacer, en 1929, la revista aparece como una cizañera lanzada contra las costumbres intelectuales de la historia universitaria establecida. Sin embargo, sus fundadores no son para nada unos marginados. Febvre tiene más de cincuenta años; es autor de una obra considerable, y pronto, en 1933, será elegido para el Collège de France. La empresa de los Annales, por original que fuese en aquel momento, no deja de tener algunos precedentes: sin remontarse a L’Année sociologique, es indudable que la Revue de synthèse historique, de Henri Berr (de la que, además, Lucien Febvre ha sido asiduo colaborador), o el Vierteljahrschrift für sozial-und Wirtschftsgeschichte, le proporcionaron sugestiones y referencias. Lo que da originalidad real a los primeros Annales es, a la vez, la extraordinaria inventiva de un programa bulímico y el compromiso personal de sus directores. Febvre publica en sus páginas cerca de un millar de textos en los primeros veinte años, recensiones y notas críticas, polémicas, estudios y programas, sin dejar nunca de subrayar la divisoria entre «su historia y la nuestra». Este trabajo militante, que pasa por el tamiz la producción histórica, multiplica los proyectos e intenta organizar según un modelo voluntarista el campo de la investigación, halla pronto otro terreno cuando a Febvre le es confiada la concepción de la Encyclopédie Française (1932) por A. de Monzie. El proyecto, del que se ocupará hasta el final de su vida, y cuyas transformaciones son paralelas a las que se llevan a cabo en los Annales, atestigua unas mismas preocupaciones: la voluntad de partir de lo concreto y de los problemas contemporáneos, el descompartimentar las disciplinas, el privilegio dado a los «problemas» contra los hábitos de pensamiento y los desgloses recibidos. Es en esta perspectiva, por último, en la que se inscribe la más reciente de las empresas “colectivas” de Febvre, la creación y la animación de la VI sección de la École Pratique des Hautes Études (ciencias económicas y sociales), de la que es el primer presidente a partir de 1947. Proyecto de nuevo voluntariamente marginal y combativo, que ve a ese hombre cargado de honores ocuparse, asistido por F. Braudel y Ch. Morazé, de dar una forma institucional a un programa científico interdisciplinario en favor del cual no ha dejado de militar desde hace casi medio siglo. Con todo, esos años de tareas colectivas no le apartaron de su obra personal. Ésta parece cambiar bastante netamente de orientación en el decurso de los años 1920, desviándose, a la vez, respecto a sus trabajos anteriores y en relación con las directrices mayoritarias en los Annales. Entonces Febvre se convierte en promotor de una historia de las mentalidades, de la que es asimismo un prolijo cultivador. Desde hace mucho tiempo -sus recensiones lo atestiguan-, la historia cultural le apasiona y le decepciona. Denuncia en ella la abstracción y el anacronismo, la reducción de las obras y de las prácticas del pasado a estériles debates intemporales. La noción empíricamente abordada, de «mentalidades» recuerda la importancia en Febvre de una problemática psicológica. Contra generalizaciones abusivas, quiere, sobre todo, restuir los comportamientos, las sensibilidades y las ideas a las categorías fundamentales cuyo interior se organiza, en cada época, para cada civilización, la experiencia social de los individuos y de los grupos. Desde su Luther (1928), Febvre muestra cuidado en caracterizar las interacciones y las tensiones entre el reformador y la sociedad alemana de principios del siglo XVI. Pero es sin duda el Rabelais (1942) el que atestigua mejor las posibilidades de este tipo de encuesta: interrogándose después de A. Lefranc acerca del ateísmo del autor de Pantagruel, desplaza el cuestionario y examina la posibilidad misma de la incredulidad en la cultura y la sociedad del siglo XVI. De un atributo demasiado general, se remonta así a las propias condiciones de su posibilidad en el sistema cultural, en el «utillaje mental» de una época. Con ello, se comprende mejor que el historiador de lo colectivo y de lo numeroso haya, en una aparente paradoja, elegido la vía de la biografía, puesto que busca menos el caracterizar a una personalidad excepcional que lo que la hizo posible en su tiempo. Se comprende también que Febvre, que lo leía todo y lo sabía todo, se hubiera voluntariamente limitado a ese siglo XVI con el que tanto se identificó: la exploración del utillaje mental de una cultura tal como él la concebía, requiere su conocimiento íntimo y exhaustivo. Lucien Febvre murió en 1956. Durante su vida, su influencia fue muy considerable y sus libros no han dejado de ser reeditados después. Sin embargo, ocurre como si, desde hace una veintena de años, haya inspirado menos directamente la investigación histórica en las propias direcciones que él trazó. Para ello hay varias razones: la abundancia de una obra profusa, compleja, difícil de dominar (a la que, significativamente, hasta ahora no se ha dedicado ningún estudio serio); la importan también en Febvre de referencias que con frecuencia han envejecido para nosotros (en particular en lo que se refiere a la psicología colectiva); pero acaso más aún el hecho de que los temas que planteó han sido, al menos en parte, formulados de nuevo por contacto con nuevas experiencias disciplinares, por ejemplo, de la sociología o de la antropología histórica; al contacto también de enfoques nuevos como los de Michel Foucault. Pero Febvre, cuya obra está ampliamente por descubrir, sin ninguna duda hubiese aprobado tales desplazamientos, que él mismo no dejó de practicar en su vida de historiador.

[Jacques REVEL. “Lucien Febvre”, in André BURGUIÈRE (editor). Diccionario de Ciencias Históricas. Madrid: Akal, 1991, pp. 294-297]

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