¿En qué consisten nuestras cátedras?

por Teoría de la historia

Dentro del marco curricular de un Profesorado en Historia, tanto “Introducción a la Historia” como “Problemas del conocimiento histórico” conservan un propósito de “entrada” y contextualización inicial comprendido por un primer acercamiento a las múltiples maneras de construir el saber histórico, a sus principales herramientas, a sus métodos, al relevamiento de las fuentes y a la extracción de un objeto del pasado para reintroducirlo en ese mismo pasado a través de una operación científica particular. Primer momento de relación y situación de una disciplina que se aprende, sobre todo, para ser enseñada, estas cátedras -que no hacen más que proponer una reflexión de largo aliento sobre la “teoría de la historia”- pretenden brindarles la posibilidad de discutir categorías que, entroncadas con el eje curricular de la carrera, les permitan luego ponerlas en funcionamiento en las demás asignaturas y, más tarde, con sus futuros alumnos. Es decir, entendemos que en el ámbito de un profesorado, los objetivos de una materia no pueden quedar sólo reducidos a una mera transmisión de contenidos, sino que también deben proponer, simultáneamente, una serie de recursos que faciliten su instrumentación y articulación en el marco de una clase. En este sentido, nuestra propuesta descansa en un eje vertebrador que apunte a construir y fortalecer la figura del docente-historiador. Vale decir con ello que, como señala el historiador francés Antoine Prost, situada en el tiempo y en el espacio, la realidad histórica jamás podría ser considerada una inmutable sub specie æternitatis: antes de ser una disciplina científica, la historia es una práctica y como tal exige del docente-historiador una responsabilidad que lo involucra como uno de los principales transmisores de la memoria histórica de la sociedad. Precisamente, es por esa razón que el docente también debe ser un investigador de la historia que actualice y explore su profesión regularmente, optimizándola con la incorporación de nuevos textos, métodos y corrientes de pensamiento que, a su vez, se adecúen a las diferentes necesidades e inquietudes de sus alumnos. Esta necesidad de actualización –que, por cierto, puede hacerse extensiva a cualquier tipo de actividad– se revela en el docente-historiador particularmente ineludible: no sólo será portavoz de una disciplina que se define a partir de la alteridad, sino que, a lo largo de su carrera profesional, pasarán por sus aulas sucesivas generaciones de estudiantes cuyas preguntas irán cambiando progresivamente.

Andrés G. Freijomil