Teoría de la historia

Instituto Superior del Profesorado "Dr. Joaquín V. González". Departamento de Historia ● Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

Categoría: ◼ ARTÍCULOS DE DIVULGACIÓN

■ Una pasión que nació leyendo Ivanhoe. Jacques Le Goff, según la teórica argentina Susana Artal

7157888-le-goff-l-homme-qui-voulait-voir-le-moyen-age-avec-les-yeux-du-moyen-ageHijo de un profesor de inglés de ideas anticlericales y de una profesora de piano católica, con inclinaciones sociales e izquierdistas, Jacques Le Goff nació en Toulon, el 1 de enero de 1924. Como recordó en numerosas ocasiones, su pasión por la Edad Media, brotó muy temprano de la conjunción de dos lecturas –Ivanhoe de Walter Scott y la Historia de Francia de Jules Michelet– y las enseñanzas de Henri Michel, su profesor de historia en el liceo, quien más tarde sería un miembro activo de la Resistencia y uno de los principales especialistas en la Segunda Guerra Mundial. No obstante, las urgencias de la historia contemporánea retrasarían un poco la cita del joven Jacques y el Medioevo. En efecto, convocado durante la ocupación de Francia para el Servicio de Trabajo Obligatorio implementado por el gobierno de Vichy a requerimiento de la Alemania nazi, Le Goff huyó de Marsella, adonde se había trasladado para continuar sus estudios, se refugió en los Alpes y se sumó al maquis, con la tarea de recibir armas y medicamentos para la Resistencia. Concluida la guerra y ya en las aulas de la prestigiosa École Normale Supérieure, Charles-Edmond Perrin lo orientó a investigar sobre la fundación, en el siglo XIV, de la Universidad de Praga, para lo cual viajó a esa ciudad, donde asistió al “golpe de Praga” de 1948. Esa circunstancia –señaló en diversas entrevistas– lo alejó de la atracción que muchos de su generación sintieron por la URSS, aunque siempre reivindicó la necesidad de tener en cuenta y reflexionar acerca del aporte de Marx. Después de aprobar su concurso de agrégation, Le Goff pasó un año en Oxford y otro en Roma, trabajó un año en el CNRS (Centre National de la Recherche Scientifique) y se desempeñó como profesor asistente en la Facultad de Lille antes de obtener, en 1960, un cargo en la VI sección de la Escuela Práctica de Altos Estudios (EPHE) dirigida por Fernand Braudel, que sería de allí en más su principal ámbito de trabajo. Luego de la publicación de dos libros pequeños y sustanciosos que desde entonces no han dejado de reeditarse (Mercaderes y banqueros de la Edad Media, en 1956 y Los intelectuales en la Edad Media, en 1957), la aparición de La civilización del Occidente medieval (1964) mostró a Le Goff plenamente volcado a profundizar las líneas transformadoras propuestas por la Escuela de los Anales (así llamada por la revista Annales d’Histoire Economique et Sociale, fundada en 1929 por Marc Bloch y Lucien Febvre). El gran objetivo es forjar una historia totalizadora y viva, superando la concepción de la historia como relato de una sucesión de acontecimientos militares, políticos y diplomáticos; internándose más allá de las fuentes tradicionales; enriqueciendo la mirada del historiador con las perspectivas de otras ciencias humanas. Los trabajos de Le Goff, Georges Duby, Pierre Nora y Philippe Ariès pronto ampliaron el campo de investigación, al principio centrado en la historia económica, la demografía y los problemas de la “larga duración”, en la dirección de la historia de las mentalidades y la antropología cultural. En 1969 Le Goff accedió, junto con Emmanuel le Roy Ladurie y Marc Ferro, a la dirección de los Annales y tres años más tarde, sucedió a Braudel como presidente de la EPHE, que bajo su gestión se transformó en establecimiento autónomo con el nombre de Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS). Los compromisos institucionales no afectaron el vertiginoso ritmo con que Le Goff siguió produciendo a lo largo de toda su vida libros fundamentales para una comprensión de esa “larga” Edad Media [ver adelanto] liberada, tanto del estereotipo del oscurantismo lúgubre como de la visión idealizada de tiempo del amor y la caballería. Una Edad Media que –no dejaba de recordar– nos legó desde la ciudad y las universidades hasta el tenedor. Son muestra de ello, entre otros títulos, Pour un autre Moyen Age (1977), El nacimiento del purgatorio (1981), El imaginario medieval (1985), La bolsa y la vida (1986), Saint Louis (1996), el Diccionario razonado del Occidente medieval (con J.-C. Schmitt, 1999), ¿Nació Europa en la Edad Media? (2003). Al mismo tiempo, concibió obras en que plasmó sus reflexiones historiográficas como Historia y memoria (1988), La Nueva Historia (con R. Chartier y J. Revel, 1978), Hacer la historia (con P. Nora, 1974). Dotado de una envidiable claridad conceptual y expositiva, convencido de que la divulgación no sólo no está reñida sino que, muy por el contrario, es uno de los deberes del historiador (“Un historiador hoy tiene un triple deber: la investigación, la enseñanza y la divulgación”, afirmó entrevistado por Martine Fournier), Le Goff se aventuró también en la arena de los medios masivos de comunicación, al producir, por ejemplo, el ciclo Los lunes de la historia, emitido por France Culture desde 1968. “Historiador hasta el tuétano, ha estado, más que cualquier otro, atento a la dimensión fundamental de la historia, el tiempo y la conciencia del tiempo”, escribía Pierre Nora en uno de los artículos de L’ogre historien (El ogro historiador, 1999), el libro de homenaje que sus colegas dedicaron a Jacques Le Goff, cuando él cumplió 75 años. Sus últimos libros, A la recherche du temps sacré. Jacques de Voragine et la Légende dorée (2011) y Faut-il vraiment découper l’histoire en tranches (2014), publicado apenas unos meses antes de su deceso el pasado 1 de abril, demuestran que esa atenta sensibilidad de historiador lo acompañó hasta sus últimos días.

[Susana ARTAL. “Una pasión que nació leyendo Ivanhoe”, in La Nación (Buenos Aires), 18 de abril de 2014]

■ Fallece a los 90 años el medievalista Jacques Le Goff

1396354549994El reconocido historiador francés y experto medievalista, Jacques Le Goff, uno de los padres de la corriente denominada Nueva Historia, ha fallecido este martes en París a los 90 años, según ha anunciado su familia al diario ‘Le Monde’. Le Goff dedicó buena parte de su larga carrera a la antropología medieval, disciplina que enriqueció abordando todos los aspectos de la historia desde el punto de vista de la sociedad. Acorde con la tradición de los grandes historiadores franceses, no vacilaba en salirse de su especialidad para opinar sobre temas de actualidad. Nacido el 1 de enero de 1924, este brillante historiador sucedió en 1972 a Fernand Braudel al frente de la Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales. A partir de los años 70 fue uno de los padres del movimiento Nueva Historia, con una reflexión sobre la profesión de historiador en ensayos como ‘Hacer historia’ (1986) o ‘Historia y memoria’ (1988). Jacques Le Goff publica su primer libro en 1957, ‘Los intelectuales de la edad media’, fue una de las principales figuras de la École des Annales, que estudia la historia desde una dimensión humana y la vida cotidiana y se interesa por la evolución de las sociedades. Entre la abundante obra de Le Goff, una cuarentena de libros, figuran títulos como ‘La civilización del Occidente medieval’, la biografía de San Luis, ‘Diccionario razonado del Occidente medieval’, ‘Mercaderes y banqueros de la edad media’, ‘Una edad media en imágenes’, ‘Pensar la historia’, ‘¿Nació Europa en la edad media?’ y ‘El nacimiento del purgatorio’. En España, diversas editoriales, como Crítica han publicado sus libros, uno de los más recientes, ‘Hombres y mujeres en la edad media’ (editado ahora por Fondo de Cultura Económica). Siendo un joven investigador, Le Goff vivió en directo en Praga la toma de poder por parte de los comunistas, en 1948. Se consideraba un hombre de izquierdas, agnóstico y militaba por una Europa unida, fuerte y tolerante. Hablaba inglés, italiano, polaco y alemán y encarnaba la Europa del diálogo. Asesoró en la adaptación cinematográfica de la novela de Umberto Eco ‘El nombre de la rosa’. Apasionado la historia desde niño, confesó que descubrió la historia, y concretamente la edad media, leyendo ‘Ivanhoe’, de Walter Scott.

[Fuente: El Periódico (Barcelona), 1º de abril del 2014]

300x01396357909926le_goffComencé a leer a Jacques Le Goff hace más de veinte años. Pienso ahora que no leí a un ensayista sino a un verdadero novelista. Medito: su obra debería catalogarse como una gran colección de ensayos literarios. Comencé a leer Jacques Le Goff hacia 1990 cuando elaboré el programa e impartí la materia de literatura Medieval en la FFyL de la BUAP. Antes, sólo tenía alguna referencia de él por sus aportes teóricos acerca del modo de producción feudal. Luego tomé como base uno de los libros que llevo en mi cabecera “La bolsa y la vida” (Gedisa, 1996), un tratado sobre economía y religión en Europa durante el Siglo XII. Nacido en Toulon, en el sureste de Francia, Jacques Le Goff dejó una brillante escuela. Cito de El Universal electrónico: “El medievalista Jacques Le Goff, uno de los más grandes historiadorese historiógrafos franceses, que transformó con sus investigaciones la manera de entender y conocer la Edad Media”. Agregaría: la tan vilipendiada Edad Media, tachada de oscurantista por los pensadores del Renacimiento. Totalmente convencido estoy que Le Goff logró cambiar esa concepción al demostrar que el hombre tenía ya una organización y un dominio del entorno que lo hacía distinto al primitivo. “La bolsa y la vida” es un texto básico para comprender cómo ese detonante ideológico sólo se da en el siglo XII, dejando lo que se conoce como atribuciones medievales: la idea del purgatorio, del infierno, del pecado, de la confesión y de la usura. En pocas líneas: el capitalismo para extenderse y desarrollarse necesitó el embrión de la usura que, a su vez, generó las bases para que durante el sermón, el clero transmitiera los exempla (un discurso moralizante) que es al fin, la raíz de la ficción breve. Un fragmento más, transcrito: “Le Goff arraigó la idea de que para ‘hacer historia’ era preciso interesarse no solo en la geografía, sino también en la literatura, la filosofía, el universo jurídico, la vida privada, las mentalidades o las sensibilidades del momento estudiado”. Le Goff es autor entre otros muchos libros de “Los intelectuales en la Edad Media”, “Lo maravilloso y lo cotidiano en el Occidente medieval”, “El cuerpo en la Edad Media”, etcétera. Es coordinador del “Diccionario razonado del Occidente Medieval” en el que colabora Jean-Claude Schmitt (Akal, 1999). El Maestro Le Goff deja un enorme legado de conocimientos, difícil hallarlos en otro lado.

[Juan Gerardo SAMPEDRO. “Jacques Le Goff (1924-2014)”, in Milenio Noticias (México), 4 de abril de 2014]

1396357946804_le_goffHa muerto Jacques Le Goff. El mundo de la historia está de luto: acabamos de perder a uno de los más grandes medievalistas que ha dado Europa. Era un hombre de acción, apasionado, progresista, cordial, siempre detrás de una pipa, enfrentado a temas de lo más variado, todos apasionantes a los que marcaba con su original sello: lo maravilloso y lo cotidiano, la mentalidad de los mercaderes, la noción del tiempo, el nacimiento del Purgatorio, la historia y la memoria. Una mente que vivía en el estudio y tenía el alma de un brillante conversador. Lo sabía todo y lo entendía todo. Un historiador que desde 1950, con veintiséis años, fue reconocido por Fernand Braudel y Maurice Lombard, que presidieron su tribunal de agrégation, como el medievalista que le faltaba a la Escuela de los Anales tras la muerte de Marc Bloch; luego por su innegable talento se convirtió en un escritor de éxito que supo conquistar a los lectores y a los críticos con libros excelentes, Los intelectuales de la Edad Media o La civilización del Occidente medieval, con los que revolucionó los modos de acceder al pasado acorde al ambiente parisino de la década de los sesenta. Sin olvidar que él fue asimismo, nadie lo puede dudar, un gran descubridor de talentos jóvenes a los que invitaba a su seminario en la École des Hautes Études, al frente del cual está en nuestros días Jean-Claude Schmitt, su discípulo más cercano. Esta tarea no le impedía atender a las llamadas de la industria cultural y así a comienzos de los años setenta preparó junto a Pierre Nora una puesta a punto del oficio de historiador en una famosa trilogía, Faire l’Histoire; tampoco jamás desatendía los reclamos de la amistad como sucedió cuando apoyó con entusiasmo la llegada de Georges Duby a Paris, al Collège de France, ayudándole a organizar el seminario, a reunir a los medievalistas franceses y del resto del mundo. Allí le conocí y allí le traté. Y así hasta el pasado martes. Sin interrupción. Gozaba por entonces de una fama merecida y de una reputación sólo cuestionada por los viejos gruñones de la universidad, y las ponía ambas al servicio de una impecable organización de reuniones internacionales sobre temas totalmente nuevos, el parentesco, la herejía, la cultura popular, la identidad europea. Entonces mostraba uno de sus rasgos que le hicieron legendario: era magnífico en la distancia corta y sutil en los debates. En su madurez se dedicó a renovar territorios de la historia mal resueltos, como el de la biografía que dio lugar a su colosal ensayo sobre San Luis, donde gracias a su oceánico saber interpreta a un hombre que fue santo del siglo XIII. Sobre este libro hablé con él en unas inolvidables jornadas en Aigües-Mortes, el puerto creado por ese rey para marchar a la cruzada, donde renovamos la vieja amistad y nos acordamos de los amigos entonces ya ausentes. Durante casi siete décadas, Le Goff renovó el oficio de medievalista, le confirió dignidad y carácter. Lo legitimó como una disciplina intelectual. En los últimos meses, con 90 años cumplidos (había nacido el 1 enero de 1924 en Toulon) aceptó apadrinar la difusión en Francia de una Historia Mundial que he dirigido para National Geographic mientras atendía a la promoción de su último libro Faut-il vraiment découper l’histoire en tranches?, que debate si es preciso fijar las rupturas en la historia para iluminar el pasado. Ahora, en la hora de su muerte, ya le puedo confesar al maestro, también al amigo, mi absoluto convencimiento de que siempre será recordado como el hombre que tuvo la edad media en sus manos.

[José Enrique RUIZ-DOMÈNEC. “La edad media en su mano”, in La Vanguardia (Barcelona), 5 de abril de 2014]

Jacques Le GoffEl medievalista Jacques Le Goff, uno de los más grandes historiadores e historiógrafos franceses, que transformó con sus investigaciones la manera de entender y conocer la Edad Media, murió este marteas a los 90 años, informaron sus familiares al diario Le Monde. Heredero de la llamada Escuela de los Annales, fundada en 1929 por Lucien Febvre y Marc Bloch, Le Goff fue en la década de los años 70 del siglo XX uno de los promotores de la “Nueva Historia”, con la que intentó comprender mejor el pasado, y el presente, gracias al estudio global de la historia, la antropología y el conjunto de las ciencias sociales. Gran pluma, además de gran historiador, el autor de obras monumentales como “Saint Louis” (1996) impulsó la antropología histórica, la “Nueva Historia”, para explicar el conjunto de las sociedades históricas, incluidas sus dimensiones materiales y espirituales. Desde esa plataforma arraigó la idea de que para “hacer historia” era preciso interesarse no solo en la geografía, sino también en la literatura, la filosofía, el universo jurídico, la vida privada, las mentalidades o las sensibilidades del momento estudiado. “Faut-il vraiment découper l’histoire en tranches?” (¿Es verdaderamente necesario cortar la historia en partes?”) fue, en 2014, uno de los últimos trabajos de Le Goff, nacido en 1924 en Toulon, en el sureste de Francia. Su precoz descubrimiento del universo medieval se produjo a los 12 años, con la lectura de “Ivanhoé”, de Walter Scott, y de “Histoire de France”, de Jules Michelet. Marcaron luego su destino el encuentro con el profesor del islám medieval Maurice Lombard, a quien consideró siempre su gran maestro, quien le presentó a Fernand Braudel, director de la VI sección de la Escuela Práctica de Altos Estudios, futura Escuela de Altos Estudios en Ciencias Sociales (EHESS), una institución en la que comenzó a dar clases en los años 60 y en la que sucedió a Braudel en 1972. Entre otras obras, Le Goff es el autor de “Les intellectuels au Moyen Age” (1957), “Pour un autre Moyen Age: temps, travail et culture en Occident” (1977), “Histoire et Mémoire” (1988), “La vieille Europe et la nôtre” (1994), “L’Europe est-elle née au Moyen Age” (2004), “À La recherche du temps sacré, Jacques de Voragine et la Légende dorée” (2011) y “Saint François d’Assise” (2013). Director de la colección “Faire l’Europe”, traducida en los diferentes idiomas europeos, el historiador era igualmente gran divulgador radiofónico, desde el programa “Lundis de l’histoire”, de la emisora France Culture. La ministra de Cultura Aurélie Filippetti rindió homenaje en un comunicado a esa “figura principal” del paisaje intelectual francés, que en más de 60 años de investigación, publicaciones y enseñanzas, “contribuyó de manera excepcional” al enriquecimiento del conocimiento y del progreso de la ciencia histórica. Filippetti glosó su pasión por la Edad Media y su manera de estudiar todas sus dimensiones, en la tradición de la Escuela de los Annales, de las grandes figuras históricas a “los movimientos más secretos de la historia”, como las transformaciones económicas, de las familias de intelectuales y de la espiritualidad. La ministra recomendó, en particular, la lectura de “La civilisation de l’Occident médiéval” (1997), que consideró “culminación magistral de sus investigaciones” y obra indispensable para comprender el período histórico al que Le Goff dedicó su vida.

[EL COLOMBIANO. “Murió Jacques Le Goff, historiador francés”, in El Colombiano (Bogotá), 1 de abril de 2014]

PARIS: JACQUES LE GOFF EN SEANCE DE POSE“Yo soy, al igual que el resto de los discípulos de Fernand Braudel, pero también de un modo independiente, un partisano decidido de la Historia”, declaró semanas atrás el historiador francés Jacques Le Goff durante una entrevista en la Universidad de Parma, en Italia. Con ese ímpetu entendió su profesión hasta el último día, ayer, cuando el cuerpo le dijo basta. Jacques Le Goff murió a los 90 años, en el hospital Saint-Louis de París. Publicó más de 20 libros, enseñó un modo distinto de ver la Historia y echó luz sobre una época que muchos historiadores consideraban –erróneamente– oscura: el Medioevo. Le Goff nació en Toulon y se formó en la Escuela de los Annales, que estudia no sólo los hechos históricos sino también la vida cotidiana. El y colegas como Georges Duby revisaron la historia con una visión antropológica. Se especializó en la Edad Media. Le preocupaban las ideas, las costumbres y los cambios en los modelos económicos. Lejos de considerarla una edad oscura que obstruía el progreso, para el autor de El nacimiento del purgatorio, la influencia del Medioevo se extendió “desde el siglo II hasta la Revolución Industrial en el campo económico y a la Revolución Francesa en el político”. Para el historiador, algunas de las creaciones de ese tiempo todavía persisten en la actualidad: el intelectual, el banquero, el comerciante y, sobre todo, “el hombre cotidiano”. Sus colegas lo llamaban “el ogro historiador”, en alusión a los dichos de Marc Bloch que solía decir que un historiador “se parece al ogro de la leyenda: allí donde huele carne humana, sabe que está su presa”. Algunos de sus libros más sobresalientes son Los intelectuales del Medioevo y Mercaderes, banqueros de la Edad Media y una extensa biografía sobre San Francisco de Asís. “Fue el primero en investigar la problemática del tiempo en el Medioevo. Mostró cómo la percepción del tiempo de los comerciantes era distinta a la de la Iglesia y los agricultores”, lo evocó ayer su e estrecho colaborador, Marc Ferro. Enseñó además el nexo entre el nacimiento de los banqueros y las universidades. Los primeros crearon con las segundas un mercado de calidad para que la burguesía pujante que reclamaba libros (que los banqueros vendían) como mercancía y medio educación. Testigo del siglo XX, experimentó cómo los cambios tecnológicos modifican el rumbo de la humanidad. “Estos cambios, en apariencia banales, son tan importantes como los mentales”, dijo. También colaboró en la adaptación cinematográfica de El hombre de la rosa, de Umberto Eco. Vital hasta el final, presentó en febrero su último libro ¿Realmente es necesario dividir la historia en bloques? Estaba seguro de que las clasificaciones no servían para nada, y que la Historia, una sola, era patrimonio de todos.

[REVISTA Ñ. “Adiós al ogro historiador: murió Jacques Le Goff”, in Revista Ñ (Buenos Aires), 2 de abril de 2014]

■ Memoria, historia y filosofía de la historia, según el filósofo argentino Daniel Brauer [2009]

na22fo01¿La Historia, así con mayúscula, tiene un sentido? Y si lo tiene, ¿cuál es? ¿El que determinan factores tan elusivos como las memorias individuales y colectivas? ¿Qué es lo que nos dice la Filosofía de la Historia al respecto? Muchas preguntas, tal vez… Daniel Brauer es, actualmente, profesor de Metafísica y Filosofía de la Historia en la Universidad de Buenos Aires, y miembro del Consejo Nacional para la Investigación Científica de Argentina. Estudió en Buenos Aires y Alemania, donde terminó su tesis doctoral en la Universidad de Erlangen-Nüremberg. Ha sido becado por el DAAD y por la Fundación Alexander von Humboldt. Ha realizado investigación de postgrado en las universidades de Heidelberg y Berlin. Ha publicado varias obras sobre el idealismo alemán y acerca de las teorías contemporáneas sobre la historia. Ha dirigido varios proyectos de investigación sobre estos temas, dos de los cuales se están desarrollando en la actualidad. Es presidente del Centro de Investigaciones Filosóficas.

–Usted actualmente dirige un proyecto de investigación sobre la relación entre historia y memoria. ¿Por qué no me cuenta de qué se trata?

–Bueno, en los últimos años ha habido un auge del tema de la memoria no sólo en la filosofía de la historia propiamente dicha, sino en la sociedad en general: la novela histórica, los films que tienen que ver con la reconstrucción del pasado, son sólo algunos ejemplos. Para la teoría tradicional de la historia también ha sido un desafío, porque la memoria trae al conocimiento del pasado una cuestión que no estaba muy presente en la historiografía clásica, en el sentido de que ésta tenía que ver con un discurso más anónimo, más apegado a los documentos. La memoria, mientras tanto, es otro tipo de acceso, que permite una comprensión diferente del pasado y que se complementa con la historia. El auge como fenómeno cultural tiene indudablemente que ver con el Holocausto, con el concepto de trauma, con todas estas cuestiones que han cuestionado la idea del progreso…

–La memoria individual en realidad es muy falible… La memoria social, ¿no es algo también de corto plazo? ¿Qué puede recordar una sociedad?

–Es un fenómeno muy complejo, porque entre esa memoria individual y la memoria colectiva hay una interacción. Lo que hay son ceremonias sociales del recuerdo. La noción de memoria está muy unida al concepto de identidad: todos los pueblos construyen su identidad a partir de una selección de acontecimientos, de hechos significativos que adquieren un carácter emblemático y que definen lo que uno es.

–Pero la memoria es selectiva. Decide qué guardar.

–No sólo eso: incluso hay memorias en conflicto. El historiador, por eso, trata de dar una imagen de la totalidad, aunque su discurso también puede ser sesgado. La memoria, desde el momento en que es selectiva, es conflictiva, lo cual no significa que todo sea relativo o que los hechos no hayan existido. Para eso es necesario contrastar distintos testimonios.

–¿Hasta dónde llega la memoria colectiva? ¿Qué puede recordar un colectivo de sujetos sobre Yrigoyen, por ejemplo?

–Prácticamente nada, salvo la gente muy mayor. Pero la memoria colectiva no es sólo una memoria directa, sino también legada por una generación anterior.

–Y desde el punto de vista metodológico: ¿cómo trabaja con la memoria?

–Bueno, yo soy filósofo: mi trabajo es puramente teórico y consiste en el análisis de textos, de teorías, de hipótesis. El material empírico también es la obra del historiador, y las preguntas que nos hacemos, por ejemplo, tienen que ver con la significación de términos como “objetividad” o “verdad” en Historia.

–A ver, a ver…, ¿qué son la objetividad o la verdad en Historia?

–Son temas polémicos. Existe una corriente muy fuerte de epistemología de la historiografía que se basa en el análisis del discurso del historiador, o sea, de las narraciones (porque los historiadores cuentan cosas). Esas narraciones muchas veces están vinculadas con géneros literarios específicos. Llevado esto a una posición extrema, se llega a un relativismo absoluto que le quita toda cientificidad. Yo trato de defender un punto de vista que tiene en cuenta la pretensión científica de la historia, pensando que un relato puede ser objetivo sin dejar de ser controversial y revisable.

–¿Qué controversias hay sobre la dictadura acá?

–En general, son controversias que tienen que ver con las formas de legitimación del poder. Sin duda, la dictadura es un referente central del discurso político actual. Esa época sirve como el momento al que no se debe volver, lo cual está muy bien expresado en la fórmula “Nunca más”. Pero también es cierto que todavía estamos lejos de haber elaborado históricamente lo que pasó en aquella época: tenemos discursos muy unilaterales. Habría que hacer un trabajo de memoria, en palabras de Freud…

–Yo creo que se está construyendo una imagen de la dictadura que empieza el 24 de marzo y que vino a romper un mundo idílico. Y eso no fue así. Había una situación predictatorial, con un gobierno civil que administraba las muertes… ¿Usted cree, como yo, que se está haciendo un recorte falso?

–Yo creo que la memoria hay que revisitarla y revisarla. Uno debe oponerse siempre a las llamadas “historias oficiales”, que se ofrecen como modos de legitimación de determinadas políticas. El trabajo del historiador es paradójico, porque si bien se ocupa del pasado, puede condicionar fuertemente el presente. Lo que yo creo es que la época de la dictadura aún no está bien elaborada y no se puede observar con la debida distancia crítica. La Historia, a diferencia de otras disciplinas, tiene un papel importantísimo en el ámbito del discurso público, y la revisión de la historia contemporánea es, por lo tanto, fundamental. Esto sonará a verdad de perogrullo, pero el trabajo de comprender el pasado es vital para definir el futuro.

–¿Y esta preocupación por la memoria es global o es propia de Argentina?

–Es global, es un tema muy actual en todos los campos.

–¿Por qué es tan actual?

–Es una pregunta difícil de contestar. Por un lado hay una desilusión con respecto a la esfera pública y, por lo tanto, un intento de rescatar la dimensión humana, personal, sentimental de lo que vivieron los protagonistas de determinados hechos. Hay un horror frente a lo acontecido: como paradigma de reflexión en torno de los acontecimientos del pasado, el Holocausto es central. Pareciera que, aunque estamos desorientados respecto de nuestro futuro, sabemos que hay ciertas cosas que no queremos que vuelvan a suceder…

–¿Quiénes no queremos que sucedan de nuevo esas cosas?

–Creo que hay una opinión pública formada a través de lecturas, de contemplación de obras de arte, con los museos de la memoria… Creo que es un fenómeno cultural abarcador: digamos que hay una visión actual que es compartida en el mundo. Es “lo que se piensa ahora”. De cualquier modo, no puedo explicarle contundentemente cómo es que surgió este “boom memorialista”.

–¿No tiene que ver con todos los horrores del siglo XX?

–Pero fíjese que surgió mucho tiempo después del Holocausto. Hasta los años ’60 el tema del Holocausto casi no figuraba, no se le da la importancia que se le da ahora (que se ha convertido en el acontecimiento del siglo).

–Usted trabaja con otra línea, que tiene que ver con la globalización, ¿no?

–Sí. Después de la crisis de la idea del progreso, se consideraba que toda pregunta acerca del sentido de la Historia formaba parte de una mala metafísica de la historia. Más aún después de la caída del Muro de Berlín; el marxismo había sido el gran heredero de la Ilustración, y la caída del Muro produjo un enorme escepticismo. Ya eran visibles, por supuesto, las consecuencias negativas de los regímenes proclamados marxistas…

–No fueron simplemente consecuencias negativas: hubo una masacre pavorosa.

–Exactamente. Ahí tenemos una visión de lo que aconteció que durante mucho tiempo se trató de tapar…

–Con bastante eficacia…

–Sí. Con mucha eficacia. Yo recuerdo que una vez llevé un libro sobre los crímenes de la Unión Soviética a la facultad y un alumno se acercó y me dijo: “No conviene traer esto acá, porque es hacerle el juego a la derecha”. Pero esas son cosas que, de cualquier manera, pasaron, y uno no puede darle vuelta la cara.

–Me decía lo de la mala fama que se había ganado el sentido de la historia…

–Sí, claro. Por eso los filósofos de la Historia dejaron de dedicarse a eso y empezaron a dedicarse a la explicitación de la metodología del trabajo de escritura histórica. El giro memorialista y el fenómeno de la globalización están conduciendo a algo unitario: el mundo se parece cada vez más en todos lados. Eso tiene consecuencias positivas y negativas.

–¿Existe la Historia? ¿Hay un ente, una fuerza real, existente, llamada Historia?

–La palabra Historia (con mayúscula) es una creación de la época de la Ilustración, hoy muy cuestionada. Esa visión fue muy criticada y, con el tiempo, volvió a hablarse de “historias”. El tema de la globalización vuelve a hacer plausible esa manera ilustrada de ver las cosas en la cual todo está encadenado a un fenómeno general. Hay una enorme necesidad de teorías, de abandonar viejos esquemas interpretativos y considerar nuevas maneras de dar cuenta de la realidad. Creo que en general la gente no está contenta con el mundo en el que vive…

–Tal vez muy equivocadamente, por falta de memoria… Porque si se repasa lo que era el mundo hace un tiempo, incluso hace cincuenta años, es fácil ver que vivimos una situación mucho más pacífica que antes, entre otras cosas.

–Yo creo que hemos avanzado mucho más de lo que creemos pero mucho menos de lo que deseamos. Y esa paradoja es la que impulsa el pensamiento.

[Leonardo MOLEDO. “Caminos históricos: la memoria y el olvido” (entrevista con Daniel Brauer), in Página/12 (Buenos Aires), 23 de diciembre de 2009]

■ “El público del historiador está cambiando”. Entrevista con Peter Burke [2001]

LVG20010119010SUBPeter Burke (Londres, 1937) ha sabido compaginar la amenidad y capacidad comunicativa con el rigor, el interés por la teoría y el diálogo permanente con otras disciplinas como la antropología, la sociología, la lingüística o la historia del arte. “Sociología e historia” (1987) o “Hablar y callar: funciones sociales del lenguaje a través de la historia” (1996) son una buena prueba de ello. “La revolución historiográfica francesa: la escuela de los Annales, 1929-1984” (1996) y “Formas de hacer historia” (1993) permiten seguir las transformaciones más recientes en el modo de trabajar los historiadores. En un panorama dominado por los estudios socio-económicos hizo una apuesta por una nueva forma de historia cultural que destacara los préstamos más que las hegemonías. Este es el caso de “La cultura popular en la Europa moderna” (1991) o sus dos títulos más recientes, “Una historia cultural del humor” (1999) y “Variedades de la historia cultural” (2000). Frente a una historia social de la cultura, Burke ha propuesto una historia cultural de la sociedad. Sus libros sobre el renacimiento italiano, traducidos a una treintena de idiomas, han llegado a ser un punto de referencia imprescindible. Por su parte, “La fabricación de Luis XIV” (1995) refleja su interés por la imagen del poder y la utilización de los documentos visuales como fuente documental para la historia. Pocos historiadores británicos han tenido tan buena acogida en nuestro país como Burke. Convencido de que los cambios en la forma de escribir historia no apuntan más que transformaciones en el panorama general de las ideas, Burke se ha convertido en un verdadero sismógrafo de los cambios culturales recientes.

–Usted es profesor de Historia de la Cultura en la Universidad de Cambridge. Los estudios culturales han adquirido un creciente protagonismo en los últimos años, pero las cosas eran distintas cuando iniciaba su carrera académica.

–Efectivamente, la historia cultural estaba muy poco considerada cuando estudiaba en Oxford a finales de los cincuenta. Antes de ir a la universidad había pensado ser artista. Me gustaba pintar y dibujar. En Oxford sólo se podía escoger una especialidad. Una de ellas era el Renacimiento Italiano. Es la que yo elegí. Luego mi “college” me facilitó el dinero para ir a Italia.

–… donde obtuvo una idea bastante distinta a la de Burckhardt.

–Es cierto. Aunque no comparta la visión de Burckhardt según la cual el renacimiento fue un movimiento exclusivamente italiano, antropocéntrico y moderno, todavía admiro mucho sus libros. Pero pienso que tenemos que hacer algo diferente. En primer lugar no podemos seguir escribiendo la historia del “espíritu de los tiempos” como Hegel proponía. Un espíritu caracterizado por la homogeneidad cultural. Tenemos que mirar las diferencias y conflictos; esto es lo que me ha llevado a la noción de “encuentro cultural”. Cuando gente de una parte del mundo descubre gente de otra muy distante, como Colón hizo con el Nuevo Mundo, se produce un encuentro. Me gustaría utilizar este modelo para explicar lo que ocurre cuando la gente de Inglaterra descubre Italia o, incluso, para hablar de la relación entre la cultura de la clase media y la de la clase trabajadora en un determinado país.

–¿Quiere decir esto que una consideración más abierta de nuestro pasado cultural puede ser un buen remedio para los problemas de convivencia en las sociedades multiculturales de hoy día?

–Sí. La convivencia es una cuestión clave. Yo suelo dar a mis estudiantes de Cambridge un curso sobre temas como la España multicultural del siglo XV que ayudan a comprender los problemas derivados de la convivencia. Ciertos problemas del pasado no fueron totalmente diferentes de los actuales.

–Pero una excesiva atención a las cuestiones culturales podría derivar en un constructivismo tanto o más pernicioso que el economicismo que usted ha contribuido a destronar.

–La exageración siempre es peligrosa. Pero quiero romper una lanza en favor del constructivismo moderado. Porque cuando empecé mi carrera como historiador, la gente hablaba de las naciones, las clases sociales o las costumbres como realidades objetivas, inamovibles. Y creo que tenemos que ser conscientes de que, hasta cierto punto, todos nosotros obedecemos a identidades construidas. La construcción es posible en tanto que hay una materia prima. Así pues, constantemente reconstruimos conceptos como el de nación y otros por el estilo. Ahora bien, dicho esto, estoy de acuerdo en que el culturalismo podría ser tan peligroso como el economicismo.

–Usted ha escrito que la forma como se escribe la historia se inscribe en el conjunto de los cambios culturales de mayor amplitud. ¿Cómo interpreta la pérdida de interés por la estructura social y el “retorno de los actores”?

–No estoy seguro de que éste sea un cambio profundo. A nivel popular, la gente siempre ha estado más interesada en la historia de las personas que en la de las estructuras. A nivel académico, no creo que muchos historiadores hayan perdido el interés por las estructuras. Lo que ocurre es que a finales de los cincuenta y durante los sesenta algunos historiadores escribieron una historia económica y social sin personas: una historia de grandes tendencias, macroeconómicas o macrosociales, repletas de estadísticas pero presentando una multitud sin rostro.

–¿Se refiere a trabajos como los de Le Roy Ladurie dedicados a la historia del clima?

–Exacto. Hasta que se dieron cuenta de que no era suficiente estudiar el papel de la multitud en la historia, sino que había que retratar a los individuos, fueran típicos o no, que es lo que luego ha hecho la microhistoria. Mi maestro Hugh Trevor Ropper siempre me decía que la historia ha de tratar sobre la interacción entre lo que se encuentra bajo el control humano y lo que está fuera del control de las personas. Los historiadores han de tener en cuenta ambos factores y encontrar la síntesis.

–El problema es que la reciente explosión de biografías sólo destaca uno de estos factores.

–Pero eso no es nuevo. Las librerías siempre han estado llenas de biografías históricas.

–Y en los últimos años algunos estudiosos han identificado la historia con una narración en la que la objetividad perdería toda razón de ser.

–Creo que la comparación entre historiadores y novelistas tiene un lado bueno, ya que los historiadores dedican buena parte de su trabajo a “contar historias” y, en este sentido, quizá pueden aprender de novelistas recientes algunas de sus técnicas. Pero los historiadores no sólo cuentan historias. También hacen análisis, lo cual requiere teoría. Frecuentemente, los historiadores han sido acusados de ser demasiado empiristas, especialmente en mi país.

–En alguna ocasión ha afirmado que Marx, Durkheim, Weber o Malinowski aún tienen mucho que enseñarnos. Por las páginas de sus libros desfilan constantemente pensadores como Freud, Foucault o Bourdieu.

–Creo que los historiadores más que aplicar la teoría tienen que comprobarla. En este sentido tienen mucho que aprender tanto de las viejas teorías de Marx o Weber como de las más recientes de Foucault o Bourdieu. Tienen que dotarse de instrumentos que les permitan afinar sus facultades críticas. Y prepararse para modificar la teoría si ésta no se adapta a la situación estudiada.

–Un colega suyo en la Universidad de Cambridge, el profesor Quentin Skinner, detectó hace pocos años un retorno de la Gran Teoría.

–Leí el libro cuando apareció y me quedé sorprendido por el título ya que me parece que la Gran Teoría nunca se había ido. Ciertamente, muchos historiadores no están interesados en la teoría, pero otros muchos nunca han dejado de estarlo. Otros analistas, como los sociólogos o los antropólogos, siempre han trabajado con la Gran Teoría.

–Pero usted ha hablado de la atomización de la imagen del pasado que presentan algunos historiadores por falta de una teoría que dé sentido a sus investigaciones.

–Sí. En el siglo XIX los historiadores creían en el progreso porque tenían una teoría que interpretaba el pasado de manera global. El problema empezó cuando se volvieron escépticos acerca de esta posibilidad pero sin plantear nada a cambio. Desde entonces unos pocos historiadores miran a los teóricos sociales y culturales para hallar una alternativa. Pero el resto de la profesión se centra en un periodo determinado a menudo sin mirar cómo se relaciona con todo lo demás. El resultado es desastroso. La especialización es necesaria. Nuestro trabajo consiste en conectar nuestra especialidad con la imagen general. Y para ello la teoría es muy necesaria.

–¿Piensa que podemos hablar de un giro visual de las investigaciones históricas?

–Sí, del mismo modo que en su momento hubo un giro lingüístico creo que podemos hablar del inicio de un giro visual.

–… que podría considerarse como una retroproyección de nuestro universo mediático-icónico.

–¿De la era de la televisión? Sí, claro. Pero éste no es mi caso ya que no tuve televisión en casa hasta, más o menos, los 35 años. Para mí todo esto forma parte del interés por el dibujo y la pintura desde que era niño o mi costumbre de visitar galerías y museos en Londres. Así es como llegué a este proyecto. Durante seis años di un curso a mis estudiantes de Cambridge sobre el empleo de las imágenes como fuente histórica. Y comprobé que algunos de ellos eran muy buenos interpretando imágenes porque son el resultado de la generación de la postelevisión. He hecho el experimento de mostrarles imágenes que nunca habían visto antes, pedirles que intentaran interpretarlas y me he quedado muy impresionado por la forma tan ingeniosa como hacían discurrir sus ideas.

–¿No ve en todo ello un riesgo de empobrecimiento intelectual?

–Por supuesto, si sólo miramos imágenes y abandonamos los textos. Por eso tenemos que encontrar de algún modo un equilibrio. Durante mucho tiempo la historia ha sido logocéntrica porque la noción de prueba era básicamente textual. No pretendo reemplazar los textos, sino emplear también las imágenes.

–En sus libros sobre la fabricación de Luis XIV y de Carlos V ha estudiado el papel de las imágenes en la legitimación de los gobernantes. ¿Ve paralelismos entre los dirigentes del pasado y los del presente?

–Sí, porque viviendo en la era de la imagen la mayoría de los líderes políticos son muy conscientes de su proyección visual. Recuerdo los esfuerzos que tuvo que hacer la señora Thatcher para mejorar la imagen antes de sus primeras elecciones. Las técnicas son similares, son los medios los que han cambiado.

–¿Cree que se está abandonando lo que se llamó “la historia desde abajo” en favor de temas que ponen el énfasis en las elites?

–No estoy muy seguro. Al menos en Inglaterra la gente que se interesa por la historia siempre ha comprado biografías de gente famosa. Es irónico, pero lo verdaderamente popular en historia tiene que ver con las elites. Lo que más interesa a los ingleses de su pasado es la familia real. En cambio entre las elites, al menos las ilustradas, hay un interés creciente por la gente ordinaria. Es una inversión irónica. Yo diría que lo que está cambiando en los últimos años es la división drástica entre la alta cultura y la cultura popular derivada de un mayor interés por los encuentros, la base común y los estadios intermedios.

–Se ha hablado de una creciente fascinación por la historia en manifestaciones como la novela, el cine, las exposiciones, el turismo o los videojuegos. ¿Qué papel cree que están llamados a desempeñar los historiadores en la sociedad del ocio y las nuevas tecnologías?

–Es indudable que el público de los historiadores está cambiando. En el pasado sus patrones fueron los reyes y gobernantes que pagaban para oír sólo una determinada versión de la historia, aquella que favorecía sus intereses. En el XIX, esta función fue ocupada en parte por una burguesía ilustrada. Hoy el destinatario es un público más amplio y diverso. En ocasiones, menos formado. Pero lo que está claro es que se trata de un público que tiene sus propios gustos. Los historiadores tenemos que saber alcanzar un compromiso, hemos de hacer la historia accesible. Hemos de intentar que el máximo número posible de gente se interese por lo que decimos, pero sin alterar lo que tenemos que decir sólo para ganar audiencia.

–En España está teniendo lugar una polémica sobre el contenido de los programas de historia en la enseñanza secundaria. Unos quieren poner a buen recaudo lo que llaman el tronco común de nuestro pasado y otros quieren destacar la diversidad. La diversidad es también una característica en la historia de su país.

–Ante todo, no creo que éste sea el problema principal. Teníamos un programa elaborado en su día por el gobierno laborista que promovía la historia social. Entonces vino el gobierno Thatcher, que quería sólo reyes y reinas, batallas, glorias nacionales y exaltación del imperio. Creo que en la formación de los niños en el colegio no se debería hacer demasiado hincapié en la historia nacional, sino en la del mundo; a partir de ahí, si viven en Europa, han de conocer algo sobre la historia europea en su conjunto y luego habría que dejar algún lugar para la historia nacional e incluso la local. Pienso que es posible compaginar estos cuatro elementos en la educación que los escolares reciben hasta los 15 o 16 años. Por supuesto, esto no está ocurriendo en Inglaterra, donde cada vez más se enseña historia británica.

[Joan-Lluís PALOS. “El público del historiador está cambiando. Entrevista con Peter Burke”, in La Vanguardia (Barcelona), 19 de enero de 2001, pp. 10-11]

■ Christopher Hill traza el mapa de la tortura hasta el siglo XVII [1991]

Sin títuloLa tortura y la censura no fueron fenómenos exclusivos de la Inquisición y quienes denunciaron con empeño estas prácticas, asociadas a la autoridad papal y al imperio español, las practicaron con similar saña. De acuerdo con el historiador británico Christopher Hill, catedrático de Historia Moderna de la Universidad de Oxford y máxima autoridad en el siglo XVII inglés, hasta mediados y finales del XVII, en Inglaterra no desaparecieron oficialmente ni la tortura ni la censura. Nacido en York, en 1912, la biografía de Hill aparece vinculada en los últimos cincuenta años a la Universidad de Oxford y su obra se ha centrado en los distintos aspectos del siglo XVII británico, fundamentalmente los relativos a la Iglesia y la Revolución Inglesa. Según este historiador, que participa en el curso la Inquisición española, organizado por la Universidad de Verano de la Universidad Complutense, los británicos han sabido siempre denunciar lo malo de los demás y utilizar otro nombre para prácticas similares en su país. “En Gran Bretaña -explica Hill- no hubo, como en otras partes, problemas con colectivos judíos o musulmanes, ya que no se produjeron estas migraciones. Los herejes pertenecían a clases inferiores de la sociedad y su actividad no preocupaba en exceso a la Iglesia y al Gobierno. No se puede hablar de la intervención de la Inquisición romana, salvo los breves periodos de reinstauración del catolicismo, pero sí de la existencia de otra maquinaria que operaba en sentido contrario, atendiendo tanto los intereses de la nueva Iglesia como de la autoridad real. Tras la reforma, el rey se colocó a la cabeza de la Iglesia y hasta que surgió la rivalidad con el Parlamento la maquinaria represiva se materializó en dos tribunales: la Alta Comisión y la Alta Cámara”. Para Hill, uno de los elementos más interesantes del tema es el jurídico: “En Inglaterra no estaba extendido el Derecho Romano y las leyes consuetudinarias no contemplaban la tortura como mecanismo judicial. De esta manera, la tortura se convirtió en una prerrogativa legal y se aplicaba por orden directa del monarca, sin contravenir, aparentemente, las leyes inglesas. Asimismo, durante el reinado de Enrique VIII, los tribunales utilizaron procedimientos que se apartaban de la ley común, como la exigencia de juramento a los acusados, a los que obligaban a delatar a los cómplices. La Iglesia tuvo también ciertos poderes y el Tribunal de Asuntos Eclesiásticos fue muy activo contra los católicos, a los que se consideraba traidores, y los puritanos”. De acuerdo con el historiador británico, el hecho de que la tortura no existiera oficialmente permitió a Inglaterra acrecentar el mito de la Inquisición española y de los Papistas, “aun cuando se utilizaran en su suelo instrumentos de tortura tan crueles como los del Santo Oficio. Los sacerdotes eran torturados con regularidad, y la muerte en la hoguera fue práctica habitual desde finales de la Edad Media, tanto con los herejes como en las cazas de brujas, si bien el sorprendente aplomo que exhibían los condenados, que impresionaba al público a su favor, desaconsejó paulatinamente su uso”. “En torno a la tortura -señala Hill-, se produjo una doble situación, una legal y otra real, que ha llevado a muchos historiadores a cometer errores. Su rápida aceptación popular se explica tanto en el hecho de que el dolor fuera más común en la vida diaria como en la convención de que sólo se aplicaba a los traidores y, por tanto, los verdaderos ingleses no estaban expuestos a ella. En el aspecto teológico, a la luz de la reforma, la tortura perdía su aspecto penitencial y se justificaba como sistema de defensa de la razón del Estado y de los intereses seglares”. Según Hill, la aplicación de la tortura, cuya práctica por el poder se conoce hasta mediados del XVII, con el colapso del antiguo régimen y la desaparición de esta prerrogativa real, generó en muchas mentes mala conciencia. “La tortura se aplicaba en secreto -explica Hill- y, en ocasiones, se mandaba a los acusados fuera de Inglaterra, a Escocia, para ser torturados. Otras veces se ha presentado como consecuencia de las malas artes de unos pocos consejeros reales. En cuanto a la libertad de opinión, se puede decir que fue habitual desde finales del XVII, sin que existiera una censura similar al “Index” romano. Los propios editores ingleses fueron los primeros interesados en no publicar textos demasiado comprometidos”.

[Miguel Ángel TRENAS. “Christopher Hill traza el mapa de la tortura hasta el siglo XVII”, in La Vanguardia (Barcelona), 8 de agosto de 1991 p. 25]