Teoría de la historia

Instituto Superior del Profesorado "Dr. Joaquín V. González". Departamento de Historia ● Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

Categoría: ␥ FILÓSOFOS DE LA HISTORIA, CIENTÍFICOS SOCIALES Y TEÓRICOS DE LA LITERATURA

➻ Irving Albert Leonard [1896-1996]

Leonard, Irving AIrving A. Leonard ocupa un lugar sobresaliente entre los hispanoamericanistas norteamericanos de este siglo, en rango equivalente a los más distinguidos de Europa y de la América hispánica. Por la cronología y por los méritos de su obra, pertenece a la que debemos designar como la pioneer generation en los estudios de la cultura, la historia y las letras de nuestra América en los Estados Unidos de Norteamérica. Encabezan esa legión de investigadores y críticos nombres hoy venerables como J.D.M. Ford, fundador, en el primer cuarto de este siglo, de un centro para estudios latinoamericanos en la Universidad de Harvard, Alfred Coester e Isaac Goldberg, autores de las primeras historias panorámicas de la literatura de Iberoamérica vista como una unidad cultural y artística, y los continuadores del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana-Herman E. Hespelt, John E. Englekirk, John Crow, John T. Reid y el mismo Leonard-, quienes prepararon el muy difundido Outline History of Spanish American Literature (1941) y su complemento textual An Anthology of Spanish American Literature (1946). En lo que va del siglo la lista de estudiosos dedicados a Iberoamérica ha crecido en forma que podríamos calificar de fabulosa. Estados Unidos se ha convertido en el primer centro hispanoamericanista del mundo [véase el National Directory of Latin Americanists (Washington: Library of Congress, 1966)], no sólo por la cantidad y calidad de sus scholars, sino también por sus centros de investigación, bibliotecas de universidades e instituciones públicas y privadas, becas de estudio, medios de difusión y traducciones de textos. Puede decirse que no hay un especialista en el mundo que se precie de algún respeto en los estudios iberoamericanos que no haya venido o desee venir a estudiar o a enseñar e investigar en USA. Hoy la labor de los investigadores y críticos norteamericanos comparten con los alemanes, ingleses, franceses, españoles, italianos, etc. la responsabilidad de una tarea fecunda, seria e imprescindible, junto a hispanoamericanos que cumplen igual función en sus respectivos países o trasladados y establecidos en los E.U. Y así, al lado de un Leonard, un Keniston, un Leavitt, un Rea Spell, hay un Pedro Henríquez Ureña, inspirado por Ford, doctorado en Minnesota y primer hispanoamericano que ocupó la famosa cátedra Charles Eliot Norton de Harvard. Como el maestro dominicano, también estudiaron y ejercieron cátedra de literatura hispanoamericana en universidades de este para otros hispanoamericanos dignos de honrosa memoria, como Arturo Torres Rioseco, M.P. Gonzalez, C. Garcia-Prada, J.J. Arrom y muchos más. Un día tendremos que hacer la historia de esta falange de hispanoamericanistas norteamericanos y europeos e hispanoamericanos que echaron las bases de la más sólida investigación crítica para mejor comprender la historia, las letras, las artes y el pensamiento de la(s) otra(s) América(s). Y nos admiraremos de que ha contribuido, por ejemplo, E.K. Mapes al conocimiento del modernismo (Darío y Gutiérrez Nájera, sobre todo), Leavitt y Boyd Carter al de las revistas y periódicos, R.H. Hays, Dundas G. Craig y Dudley Fitts al de la poesía, W.R. Crawfort, J. L. Tate y S. Lipp al del pensamiento y la evolución de las ideas, D. Ratcliff, R. Spell y K. Schwartz al de la novela. La lista de nombres valiosos es inmensa y no es mi propósito hacerle justicia ni siquiera a una mínima parte de ella. Queden los S. Waxman, A.P. Whitaker, A.C. Xilgus, C.K. Jones, R.L. Grismer, A.W. Phillips, I. Schulman, F. Dauster, etc., junto a R. Lida, E. Anderson Imbert, L. Leal, H. Rodriguez Alcalá, E. Rodríguez Monegal, J. Alazraki y tantos otros, para mejor oportunidad. Nuestro propósito es hoy el de honrar a un maestro de maestros: Irving A. Leonard, fundador de muchas cosas imperecederas, pero sobre todo uno de los que pusieron los fundamentos del Instituto Internacional de Literatura Iberoamericana, que edita la Revista Iberoamericana, en la cual dejamos constancia de nuestra admiración y agradecimiento. Irving A. Leonard nació en New Haven, el hogar de la Yale University, el 1 de diciembre de 1896 -coincidencia: año de la publicación de Prosas profanas y de la universalización de nuestra literatura a través de la prosa y la poesía del Modernismo-, y en dicha universidad obtuvo título en Ciencias Naturales. Enseguida viajó al Japón, China y Filipinas, en cuya Universidad, en Los Baños, enseñó ingeniería matemática (1921-1922). De regreso a USA, ingresó a la universidad de California, en Berkeley, donde obtuvo su master en español en 1925 y su doctorado en historia en 1928. Hasta 1937 fue profesor en dicha universidad californiana, una de las mejores de este y de cualquier país de la más alta cultura. En ese lapso obtuvo becas del American Council of Learned Society y de la Guggenheim Memorial Foundation, con las que viajó en calidad de investigador por Europa y países de la América Latina. Desde 1937 a 1940 sirvió como asistente director de la División de Humanidades de la Rockefeller Foundation en Nueva York. Con tal cargo volvió a viajar por países de su especial interés como México, Argentina, Colombia, Chile y Perú. Volvió a la cátedra en 1940, ahora como profesor de la Brown University. En 1942 pasó a la Universidad de Michigan, en Ann Arbor, como profesor de historia y literatura de la América Hispánica. Allí fue chairman del Departamento de Lenguas Romances por el periodo de 1945-1951. En dicha Universidad formó sus mejores discípulos e hizo sus más valiosas investigaciones, que le valieron el nombramiento en la cétedra, para él creada, de “D. Domingo Faustino Sarmiento University Professorship”. Se jubiló en 1965 y desde esa fecha es “Emeritus Professor”. Leonard ha publicado obras que marcan hitos en la investigación de aspectos fundamentales de la historia literaria del periodo colonial hispanoamericano. Casi no hay autor importante de los siglos XVII y XVIII que no haya frecuentado, revisado, corregido y agregado algún aspecto de su vida o de su producción. Pero su mejor contribución la ha dado en la investigación de la vida y la obra del máximo enciclopedista de América, D. Carlos de Sigüenza y Góngora. Siguen en el orden de las contribuciones individuales los estudios que ha dedicado a Pedro de Peralta Barnuevo y a Sor Juana. En un orden mis abarcador de la cultura histórica y documental, Leonard abrió una brecha definitiva para la valoración de la cultura de España en sus dominios de ultramar con Books of the brave, monumento a la precisión histórica y prueba de una verdad que desmiente el control estricto del paso de libros e ideas (es decir, de cultura) de la Península a las tierras descubiertas, conquistadas y colonizadas. Con Baroque Times in Old Mexico Leonard dio nuevos rumbos para la comprensión del barroco hispánico, sobre todo el de la Nueva España, y ningún estudioso puede prescindir de este libro. Sus ediciones del Voyage… de Jorge Juan y Antonio de Ulloa, de los Documentos inéditos de Sigüenza y Góngora, del Descubrimiento y conquista … de Bernal Díaz del Castillo constituye otro aspecto de sus preocupaciones en las que puede considerarse como iniciador: el de la publicación y fijación crítica de los textos básicos de la historia y las letras de esta parte del Nuevo Mundo. Pero su labor no queda ahí: maestro en la cátedra fue también guía en la crítica histórica y positiva-en artículos de revistas especializadas y en obras de conjunto más vastas y universales, como la Collier’s Encyclopedia, la Encyclopedia of World Biography, la New Catholic Encyclopedia y el Handbook of Latin American Studies, de cuya sección “Literatura colonial” fue editor desde 1935 a 1965. Leonard ha modificado, enriqueciéndolo, el conocimiento que teníamos del barroco y del iluminismo colonial, y, en general, de la cultura (historia, ideas, artes) de los tres siglos de la dominación española en América, incluyendo la parte española de los Estados Unidos. Sus aportaciones favorecen tanto a España como a sus hijas de allende el océano. Principalmente historiador, con un método de probidad documental insuperable, su visión de investigador e intérprete fue ante todo intelectual y humanística. Su obra marca el paso del especialismo positivista que imperaba en los departamentos de lenguas romances, de filiación filológica alemana, a la de la historia como resurrección y recreación del pasado, según la escuela de Ranke, por ejemplo, tan bien aplicada en los E.U. por el historiador Bolton (Precisamente Leonard recibió el premio Bolton por uno de sus libros). En distintos lugares nos ha dejado escrita esta actitud y función del historiador y crítico literario, y ésa es, creemos, la mejor herencia que podemos apreciar hoy de su contribución hispanoamericanista. Para Leonard, la America ibérica existe como un cuerpo vivo, con sus materiales crudos y cocidos, de adentro y de afuera, que hay que sopesar, distinguir, seleccionar, ordenar. Y en ese cuerpo que recibe y actúa todo existe como un sistema de supuestos interrelacionados. En Books of the brave dice: “In the study of modern history an often subtle interaction between literature and events in human affairs, particularly since the invention of the printing press, is not fully appreciated. Fictional writings are not only the subjective records of human experience, but sometimes the unconscious instigators of the actions of men by conditioning their attitudes and responses. Often the works of imagination that were most influential in this respect at a given time and place are not the supreme creations of genius; they are frequently inferior manifestations of artistic expression which, because of special circumstances, sway the thoughts and emotions of their readers more profoundly. As a result, they sometimes alter the course of history or modify contemporary customs and manners”. No se puede negar la tradición herderiana de esta visión histórica, que fue reactivada en tiempos de Leonard por la escuela histórica de Oxford, en especial por James Bryce. Así la historia y las letras quedaban unidas como complemento necesario para entender las voces de los pueblos y el Zeitgeist. Se comprende que diga en Baroque Times in Old Mexico: “This account seeks only to give an impression of the cultural, literary, and intellectual aspects of a relatively neglected period of Mexican history. It is, indeed, a kind of mosaic composed of bits of incident and anecdote and of larger pieces of personalistic and customary detail; it is in itself a kind of Baroque design”. En una entrevista que le hizo su discípulo Robert G. Mead, Jr., Leonard puntualiza su concepto de la literatura de la siguiente manera: “Para mí, la literatura es una parte de la historia, de la historia subjetiva, si se quiere, pero de la historia. Si la historia “formal” se ufana de ser objetiva, la literatura, más honrada, admite su subjetividad. La verdad es una fusión de valores objetivos y subjetivos, y el verdadero entendimiento se alcanza sólo cuando se comprenden las relaciones entre las dos clases de valores. El “arte por el arte” está fuera de las corrientes centrales del rol de la historia y contribuye poco a nuestro entendimiento; el “arte al servicio de un gran ideal humano” está más cerca y a veces forma una parte central de este río, y por eso es valiosísimo auxilio al entendimiento. Los poetas y prosistas creadores nos comunican los sentimientos de otros seres humanos, el historiador nos relata los hechos humanos; los dos aspectos están vinculados de un modo invisible a la vida humana”. Desde luego, privilegiar lo historicista no implica determinismo cultural. Leonard esta lejos de una posición a lo Taine o Comte. Lo que quiere nuestro autor es salvar la prioridad de los referentes como fenómeno de cultura; para el historiador, el referente es la cadena de la serie histórica, pero no exige necesariamente una razón mecánica de causa-efecto. Lo que sí implica es la existencia sine qua non del sujeto protagonista del hecho cultural, una especie de héroe u hombre representativo, como querían Carlyle y Emerson. Por eso, la historia no es causa de la literatura, sino mis bien su efecto. Leonard no olvida destacar la calidad subjetiva del hecho artístico, en el que hace radicar la honestidad de la literatura. Esto, desde el punto de vista de la crítica literaria lo aleja de la poiesis como acto puro de creación, que para él (aunque no lo dice así) es una especie de falacy. Procedente de la escuela de la cultura alemana (acaso Dilthey, Windelband, Rickert) ve la historia y la literatura como vivencia, y la obra literaria no como resultado del procedimiento, como quiere algún formalista ruso, sino como algo que dice, que tiene la necesidad de decir. En esos contenidos halla Leonard la riqueza de la historia y la validez de la obra literaria. Pero no minimiza los valores artísticos; antes bien, al no considerar al texto como mero mecanismo de composición, privilegia la función cultural de los valores estéticos, su validez histórica, vivencial. Parafraseando a Ortega y Gasset, me escribe en una carta: “Me parece muy atinado aseverar que la literatura es la literatura y la circunstancia”, lo cual quería recalcar que “hay lazos muy estrechos entre las letras, los escritores y el ambiente colonial”; “Sin prescindir de la evaluación estética de una obra, conviene tomar en cuenta la circunstancia; es decir, los factores históricos, personales y culturales, y aun los elementos sociológicos que la integran. Tiene este proceder-concluye en un texto que me ha enviado en febrero de 1978- un valor doble: el lector profundiza en el significado de la obra, aumentando así su interés en ella, y también logra compenetrarse mis hondamente de la cultura que la produce”. El texto no como fin en el texto, sino en el contexto que lo produce. Barthes, un cierto Barthes, no aprobaría este modo de ver la obra literaria, pero Leonard sería muy bien acogido entre los partidarios de la socio-crítica, tal como la entiende Edmond Cros, por ejemplo. Y he aquí otro modo de ser actual, de interesarnos por su mensaje siempre renovado.

[Alfredo ROGGIANO. "Irving Leonard notable hispanoamericanista norteamericano", in Revista Iberoamericana, vol. XLIV, nº 104-105, julio-diciembre de 1978]

➻ Karl Polanyi [1886-1964]

polanyi[1]En los últimos tiempos han arreciado las críticas a la economía ortodoxa por su excéntrica mezcla de complejidad formal y vacuidad empírica. Entre los críticos, por supuesto, se cuentan economistas radicales, pero también autores ortodoxos y un sorprendente número de premios Nobel de economía que deploran el modo en que su disciplina se ha transformado en una forma de matemática aplicada (ma non troppo) que trata de eludir las abrumadoras incertidumbres en las que, en rigor, se mueven las ciencias sociales (1). Esta especie de reacción ha tenido como efecto colateral la recuperación de Karl Polanyi, autor de un único libro de historia económica y defensor de un programa de investigación antropológica extrañamente modesto, a menudo basado en tesis muy cercanas a lo que, parafraseando a Quine, podríamos denominar “sociología popular”. Por eso, la resurrección de Polanyi tiene algunas características epistemológicas interesantes. Karl Polanyi (1886-1964) fue uno de los primeros autores que exploró de forma sistemática el modo en que las consideraciones antropológicas generales podían ayudar a entender tanto la dinámica de las sociedades capitalistas cuanto algunas limitaciones importantes de la teoría económica convencional. Polanyi nació en Hungría y su formación intelectual estuvo muy ligada a los círculos universitarios socialistas de Budapest (2). Sin embargo, sus primeras aportaciones intelectuales relevantes se produjeron hacia 1922, cuando se trasladó a Viena en un momento en el que se estaban sentando los fundamentos de la escuela liberal austriaca al tiempo que se observaba los experimentos sociales soviéticos y surgía una corriente de pensamiento izquierdista conocida como austromarxismo. Los primeros escritos de Polanyi están muy marcados por este contexto. Por ejemplo, dedicó considerables esfuerzos a defender la posibilidad misma de una economía socialista, frente a las tesis de Von Misses. En esta época Polanyi propugnará un proyecto socialista poco ortodoxo: una economía colectivizada pero no centralizada, articulada a través de una forma de municipalismo que evitase que las decisiones económicas se tomaran desde una base puramente técnica (3). Un elemento importante de esta propuesta, que jugará un papel crucial en los desarrollos posteriores de Polanyi, es la idea de que la economía no se limita a los factores productivos, sino que integra otras dimensiones sociales. Desde sus primeros escritos Polanyi otorga una gran importancia al hecho de que en una economía capitalista los intereses del consumidor están desestructurados y, en consecuencia, las evaluaciones colectivas no pueden afectar a la producción. A partir de aquí, Polanyi propone una redefinición empírica de la noción de economía que le lleva a escribir sobre el papel que juegan las “falsas necesidades” como el alcohol, la moda y las armas (4) y, más importante todavía, utiliza nociones procedentes de Marx para postular la índole “ficticia” de ciertas mercancías muy importantes, como son la tierra, el trabajo y el capital (5). 

1. La gran transformación

Precisamente su obra más conocida, La gran transformación, podría describirse como una descripción histórica de los terribles efectos que tuvo la consideración de los factores de producción como mercancías sin ninguna particularidad especial. En palabras de G. Baum, “en el nuevo capitalismo industrial del siglo XIX, tanto el trabajo (los seres humanos) como la tierra (la dotación natural) eran comprados y vendidos, usados y destruidos, como su fueran simples mercancías, aunque no fueran en ningún sentido los productos de la industria humana. Sólo eran mercancías ficticias” (6). La gran transformación intenta explicar la crisis del proyecto liberal que, tras un largo periodo de paz, desembocó en dos guerras mundiales, la caída del patrón oro y el surgimiento de distintas propuestas no librecambistas, concretamente el fascismo, el comunismo y los distintos proyectos desarrollistas. En ese sentido, La gran transformación une datos económicos, sociológicos y antropológicos para analizar acontecimientos históricos de gran magnitud, una particularidad que ha fascinado a numerosos economistas (ortodoxos y heterodoxos) desde hace cincuenta años. El análisis histórico de La gran transformación se inicia con la comprensión de las reacciones sociales que se dieron en el contexto de la Inglaterra de finales del siglo XVIII a la mercantilización de esferas de la vida social que hasta el momento habían quedado al margen del comercio, como la tierra o la fuerza de trabajo. Estos procesos trastocaron de arriba abajo las relaciones sociales tradicionales y distintos movimientos conservadores intentaron dar respuesta institucional a esta crisis a través de subsidios y medidas disciplinarias, filantrópicas y penales. En concreto, Polanyi analiza las leyes de Speenhamland, propiciadas por el colectivismo Tory, que defendían el derecho de las clases desfavorecidas a la subsistencia. La abolición de estas leyes que establecían una especie de renta básica que aseguraba el sustento de los más pobres supone el pistoletazo de salida del mercado autorregulado, la aceptación definitiva del comercio y la mercantilización como tarea fundamental del estado y como condición para una paz internacional duradera (7). Polanyi describe la Inglaterra ricardiana como una época caracterizada por una serie de revoluciones en la tecnología, la política social y la ciencia social que crearon una nueva idea de la economía y de la motivación económica. Por distintas razones, estas transformaciones radicales encontraron asidero institucional y dieron lugar a una sociedad única cuya economía se organizaba enteramente en torno al mercado. Desde un punto de vista antropológico, La gran transformación trata de establecer empíricamente la idea de que el capitalismo no ha liberado una tendencia natural al intercambio, no ha despejado de sometimientos feudales un impulso arcano y omnipresente sino que ha dado lugar a una sociedad históricamente exótica. En las sociedades tradicionales la economía está “empotrada” en otras relaciones sociales, como las relaciones de parentesco o religiosas. De este modo la economía tiende a ser un fenómeno invisible ya que la reproducción material se logra mientras se hacen ciertos casamientos o se cumplen ciertos ritos religiosos (8). En palabras de Marshall Sahlins, en las sociedades tradicionales, “normalmente una transacción material es un episodio momentáneo en una relación social continua” (9). En cambio, el capitalismo es la primera sociedad en la que el mercado “se separó radicalmente de las demás instituciones sociales y, al establecerse al margen, ha obligado al resto de la sociedad a funcionar plegándose a sus leyes particulares” (10). La consecuencia fue un auténtico “asalto al marco institucional en el que la economía había estado empotrada” (11). La consumación de este asalto fue la consideración de la tierra, el trabajo y el dinero como mercancías: “Es evidente que trabajo, tierra y dinero no son mercancías, en el sentido de que, en lo que a estos tres elementos se refiere, el postulado según el cual todo lo que se compra y se vende debe haber sido producido para la venta es manifiestamente falso. En otros términos, si nos atenemos a la definición empírica de la mercancía, se puede decir que trabajo, tierra y dinero no son mercancías. El trabajo no es más que la actividad económica que acompaña a la propia vida –la cual, por su parte, no ha sido producida en función de la venta, sino por razones totalmente distintas– (…). La tierra por su parte es, bajo otra denominación, la misma naturaleza que no es producida por el hombre; en fin el dinero real es simplemente un signo del poder adquisitivo que, en líneas generales, no es en absoluto un producto sino una creación del mecanismo de la banca o de las finanzas del Estado” (12). Polanyi distingue entre los mercados, un fenómeno casi universal pero de importancia social marginal, y el sistema mercantil, es decir, la integración de todos los mercados en una única economía nacional o internacional, que constituye una auténtica innovación en la historia de la humanidad (13). Bajo un sistema mercantil puede entenderse que los complejos mecanismos económicos funcionan sin la intervención consciente de la autoridad humana. No es preciso invocar más motivaciones económicas que el miedo al hambre y el deseo de ganancia y no se precisa otro requisito legal que la protección de la propiedad y el cumplimiento contractual. Sin embargo, no deja de ser cierto que la liberación de esta institución que colonizó el resto de la sociedad sólo fue posible con la emergencia de instituciones políticas centrales. El éxito del mercado depende de la regulación política, porque los estados son mucho más efectivos a la hora de impulsar el comercio que los empresarios privados. Además, las instituciones centralizadas son las únicas capaces de preservar la vida de la sociedad en la que los mercados estaban empotrados. En las economías primitivas “no hay una organización económica separada, sino que el sistema económico está incrustado en las relaciones sociales, [por eso] tiene que existir una fuerte organización social que se ocupe de aspectos de la vida tales como la división del trabajo, la distribución de la tierra, la organización del trabajo, la herencia, etc” (14). En cambio, la sociedad moderna se caracterizaría por un doble movimiento, de un lado la destrucción de esa retícula social, de otro, el fortalecimiento del poder del estado como institución vicaria de los vínculos etnológicos. En efecto, el objetivo último de La gran transformación es describir el liberalismo económico como un proyecto utópico cuya puesta en práctica habría destruido los cimientos materiales y políticos de la sociedad moderna y, así, habría potenciando reacciones colectivistas aberrantes, como el fascismo. Frente a lo que muchos autores creen, la “gran transformación” de la que habla Polanyi es el surgimiento de tendencias (a menudo autoritarias) de limitación del librecambio e intervencionistas y no la propia liberalización (15). Polanyi llama a estas tendencias “contramovimientos”, respuestas de la sociedad que ve amenazada su supervivencia.

2. Polanyi, Aristóteles y la antropología

Tras la Segunda Guerra Mundial Polanyi emigra a EE UU y comienza a interesarse por la antropología. Es entonces cuando plantea un análisis más profundo de las tesis que subyacían a La gran transformación. Bajo el lema del “sustantivismo antropológico” –en oposición al “formalismo” economicista que exportaba a otras sociedades el comportamiento del homo economicus (16)–, Polanyi generalizó la idea de que el capitalismo moderno había propiciado una auténtica desviación de la norma social, moral e incluso espiritual de las civilizaciones. Como punto de partida, Polanyi establece una definición de los sistemas productivos tradicionales en los que la economía está empotrada (17). En estos sistemas “las motivaciones individuales, definidas y articuladas, surgen como una norma de situaciones determinadas por hechos de orden extraeconómico (familiar, político o religioso); el lugar de la pequeña economía familiar es poco mas que un punto de intersección entre líneas de actividades llevadas a cabo por grupos de parentesco más amplios en diversas localidades” (18). De modo análogo, George Dalton o Clifford Geertz han enfatizado la escasa utilidad de los modelos antropológicos exclusivamente basado en formas racionalidad instrumental, al menos por lo que toca al estudio de las sociedades premodernas reguladas por valores compartidos más o menos conscientes (19). Tal vez una de las más sorprendentes conclusiones de este giro sustantivista sea la rehabilitación de Aristóteles como economista. Según Polanyi, Aristóteles interpreta correctamente la economía 17178_6054_2038como un proceso teleológicamente orientado a asegurar la subsistencia de una comunidad. Para Aristóteles “la ‘autosuficiencia’ del grupo humano, ese postulado de la supervivencia, está asegurada cuando es posible físicamente el abastecimiento de ‘lo necesario’. Con este término se quiere designar los bienes que sirven de sustento y se pueden almacenar, es decir, que se conservan. El trigo, el vino y el aceite son chremata, como también la lana y determinados metales. Los ciudadanos y los miembros de la familia han de poder vivir de ellos en caso de carestía o de guerra. La cantidad que la familia o la ciudad ‘necesitan’ es un dato objetivo. La familia es la unidad de consumo más pequeña y la polis la mayor; en los dos casos lo ‘necesario’ está determinado por las pautas de la comunidad, de donde la noción de su carácter intrínsecamente restringido” (20). Polanyi ve en Aristóteles una fuente para la crítica de las nociones económicas técnicas desde una racionalidad económica ingenua o cotidiana (21). Según Polanyi, cuando Aristóteles se refería a una cuestión relacionada con la economía, aspiraba a poner de relieve su ligamen con el conjunto de la sociedad, “el marco de referencia era la comunidad tal como existe en sus diferentes niveles dentro de todos los grupos humanos (…) Los conceptos de referencia eran la comunidad, la autosuficiencia y la justicia” (22). Por otra parte, para Aristóteles las necesidades no son ni mucho menos ilimitadas, sino que hacen referencia explícita al contexto institucional. Una vez cubiertas ciertas necesidades, la escasez procede del lado de la demanda, tiene que ver con una idea equivocada de la buena vida. Merece la pena mencionar que esto supondría un estrecho parentesco entre Marx y Polanyi, al menos para aquellos autores que consideran que alguna forma de ontología aproximadamente aristotélica –en cualquier caso no “atomista”– juega un papel crucial en la obra económica de Marx (23). Polanyi ve en Aristóteles un referente para criticar dos pilares de la economía ortodoxa: la universalidad de la racionalidad instrumental en los procesos económicos y la recurrencia del fenómeno de la escasez al margen de cualquier consideración material. A partir de esta fuente, trata de establecer un doble sentido de la palabra economía en las ciencias humanas. De un lado estaría el significado “formal” que sería una versión avanzada de la lógica de la preferencia y que estaría vinculada a presupuestos históricos y antropológicos muy dudosos. En cambio, el significado real o empírico derivaría de la dependencia en que se encuentra el hombre con respecto a la naturaleza y a sus semejantes para conseguir el sustento. Se refiere al intercambio con el entorno natural y social, en la medida en que es esta actividad la que proporciona los medios para satisfacer las necesidades materiales. El significado real no implica elección ni escasez de recursos (24), el sustento del hombre no tiene por qué implicar la necesidad de elecciones y, si existen, no tiene por qué estar determinadas por el efecto limitador de la escasez. Por supuesto, una objeción sencilla a la tesis de Polanyi es que parece claro que la racionalidad instrumental es una característica antropológica universal. Tal vez no se pueda caracterizar las economías tradicionales únicamente en términos de comportamientos instrumentales individuales, pero parece evidente que los miembros de las sociedades etnológicas son tan capaces de buscar los medios idóneos para lograr un fin dado como cualquier occidental weberiano. Como ha señalado Little, “la distancia entre el paradigma sustantivista y formalista podría no ser tan grande como parece. El enfoque sustantivista no necesita negar la eficacia de la racionalidad medio-fines en las sociedades tradicionales; basta con que insista en la importancia esencial de las norma y valores (…). Pero esta descripción es compatible con la posibilidad de que la conducta individual en, por ejemplo, una aldea Balinesa sea racional cuando tomamos en cuenta las creencias y valores que influyen en la elección” (25).

3. Los méritos de la sociología popular

Parece evidente que Polanyi buscaba una deflación formal de la ciencia económica para prestar atención a aspectos que la formalización ocultaba. Tal y como subrayó Godelier, la definición del proceso económico que presenta Polanyi concuerda con la noción espontánea que se hace de la economía el sentido común (26). A pesar de su bajo rango formal, permite superar algunas limitaciones de la economía ortodoxa, como su incapacidad para tomar en consideración fenómenos sociales que no sabemos expresar en términos individualistas o, más en general, extensionales. En efecto, Polanyi subraya la importancia que tienen los aspectos institucionales en la economía, en la medida en que aseguran la recurrencia de los movimientos económicos y dan unidad al sistema productivo. Por eso, el estudio del modo en que están institucionalizadas las economías tiene que comenzar por la forma en que la economía adquiere unidad y estabilidad: “La observación empírica demuestra que las pautas principales son la reciprocidad, la redistribución y el intercambio. La reciprocidad supone movimientos entre puntos correlativos de agrupaciones simétricas; la redistribución consiste en movimientos de apropiación en dirección a un centro primero y, posteriormente, desde este centro hacia fuera otra vez; por intercambio entendemos movimientos recíprocos como los que realizan los “sujetos” en un sistema de mercado. Superficialmente podría parecer que las formas de integración no hacen sino reflejar agregados de las formas respectivas de conducta individual (…) pero los meros agregados no bastan para producir las estructuras. La conducta de reciprocidad sólo integra la economía si están ya dadas estructuras de parentesco” (27). Las conclusiones que Polanyi saca de esta división tripartita son muy importantes. Se trata de fenómenos que los antropólogos han observado desde los tiempos heroicos de la disciplina y, de hecho, el propio Polanyi cita abundantemente a autores como Malinowski o Mead. Aún más, Marvin Harris criticó agriamente la posición sustantivista en la medida en que habría magnificado un descubrimiento de sobra conocido (28). En realidad, la cuestión podría entenderse justamente al revés de como la plantea Harris. ¿Por qué un descubrimiento de sobra conocido había afectado tan poco a una disciplina, la economía, con importantísimas repercusiones prácticas? ¿Por qué todo nuestrokarl_polanyi aparato institucional se empeña en fomentar medidas basadas en presupuestos antropológicamente endebles? De hecho, en buena medida el interés principal de destacados miembros del grupo de investigación dirigido por Polanyi, como Terence K. Hopkins y Harry Pearson, era rebatir las tesis de sociología económica general de Talcott Parsons, dominantes en aquel momento en la academia norteamericana. En última instancia, Polanyi pretendía fundamentar la necesidad política de excluir ciertos elementos del intercambio, concretamente la tierra, el trabajo y el dinero, como condición misma de la actividad económica entendida como fuente del sustento y garantía de la pervivencia de una comunidad. Lo que nos interesa aquí es ver cómo fundamenta esta idea a partir de observaciones históricas “poco emocionantes”, por usar la expresión que Harris emplea con intención peyorativa. Sin embargo, su eficacia para el fin que persigue Polanyi emana precisamente de su carácter incontrovertible: “Se ha señalado justamente en el regateo la esencia de la conducta negociadora. (…) Este comportamiento contrasta con el del intercambio a un precio fijo. (…) El intercambio a precios fluctuantes tiene como objetivo una ganancia que sólo se puede conseguir por una actitud de claro antagonismo entre los contratantes. Este elemento de antagonismo puede presentarse muy diluido, pero no se puede eliminar. Ninguna comunidad que desee preservar la solidaridad entre sus miembros puede permitir que se desarrolle una hostilidad latente en torno a una cuestión como la comida, tan vital para la existencia animal y, por consiguiente, capaz de producir tensión y ansiedad. De ahí la prohibición de las transacciones motivadas por la ganancia, por lo menos en lo que se refiere a artículos de primera necesidad, prohibición prácticamente universal en las sociedades arcaicas. La exclusión generalizada del regateo sobre las vituallas elimina automáticamente los mercados creadores de precios del ámbito de las instituciones primitivas” (29). Por eso, como señala Gérald Berthoud (30), sería totalmente equivocado entender la obra de Polanyi como si fuera un análisis dual, de un lado la antropología y de otro la historia reciente. Polanyi afirma la índole excepcional del capitalismo pero esa excepcionalidad sólo se hace visible desde un marco antropológico general. La excepcionalidad del capitalismo forma parte de un argumento más general sobre el lugar cambiante de la economía en la historia humana. De igual modo, el fascismo sería una versión perversa de tendencias imposibles de eludir. La experiencia del fascismo como contramovimiento sacó a la luz lo que Polanyi llamó “el pervertido triunfo de la realidad, especialmente de ciertas verdades sociológicas duraderas cuya realidad había sido negada y suprimida por la falacia economicista” (31). Ya desde La gran transformación resulta palmario que Polanyi busca alguna clase de elemento sustantivo que permita ir más allá del análisis económico formal basado en formas de racionalidad instrumental pura y tomar en cuenta necesidades humanas universales. Encontró esa exterioridad en la historia económica y en los movimientos proteccionistas radicales modernos. Esa es la razón de que las tesis de Polanyi resulten tan atractivas a muchos economistas. Se concentra en las discontinuidades extremas y por eso sus tesis parecen poco problemáticas conceptualmente. De hecho, tal vez el valor de las ideas de Polanyi procedan de su premeditada ingenuidad. Polanyi no se preocupa lo más mínimo por establecer ninguna clase de análisis del colectivismo que da pie a los contramovimientos. De hecho, la idea de contramovimiento es extraordinariamente amplia, hasta el punto de que roza la vaguedad. Abarca desde el militarismo al urbanismo, pasando por el control de la polución, las leyes bancarias, los sindicatos o los bancos centrales (32). Polanyi toma como punto de partida explícitamente ciertas nociones generales y poco sorprendentes acerca de la sociedad que le permiten tomar en consideración datos y factores que normalmente no forman parte del bagaje del economista. Según sus propias palabras, “la inclusión de lo no-económico es vital” (33).

4. Formalismo vs. funcionalismo

Por supuesto, a poco que se tome en consideración la coherencia formal del planteamiento de Polanyi salen a la luz problemas irresolubles (otro aspecto que comparte con Marx). Por ejemplo, en cierto momento Polanyi caracteriza el sistema de mercado como una matriz económica sin control consciente. ¿Significa eso que en las sociedades tradicionales los individuos son kantianos cotidianos o hay alguna forma de conexión entre el interés individual y el colectivo? Más aún, ¿cómo surgen los contramovimientos?, ¿qué significa materialmente la pervivencia de tendencias colectivistas arcaicas? Marvin Harris ha expresado el problema con notable precisión: “Desde una perspectiva materialista cultural, tanto los sustantivistas como los formalistas se hallan atascados en el mismo lodazal metafísico. Afirmar que para los sustantivistas la economía es el ‘proceso de aprovisionamiento material de la sociedad’ carece de sentido a menos que se especifique cómo deben identificarse las categorías del proceso en relación con acontecimientos mentales y conductuales, y con puntos de vista del actor nativo o el observador” (34). En última instancia, una versión cabal de la propuesta de Polanyi debería abocar a alguna forma de funcionalismo. Parece como si las tesis de Polanyi precisaran de una teoría que mantuviera que la sociedad actúa como un todo a espaldas de los individuos, incitándoles de algún modo misterioso a responder a la destrucción de los vínculos comunitarios. En realidad, Polanyi nunca se ocupó de este asunto con claridad, sin embargo, muchos de sus discípulos han negado que pueda leerse su obra en clave funcionalista (35). De hecho, parece como si la “solución” que dio Polanyi a esta clase de aporías hubiera sido, sencillamente, negarse cuidadosamente a tomarlas en consideración. Para ello rebajó el nivel formal de la discusión hasta el de la antropología histórica. Es muy probable que si alguien le hubiera pedido cuentas de dichas tesis, al margen de la demostración ostensiva a través de tesis históricas, Polanyi hubiera recurrido a alguna clase de argumento moral. Ya en su época vienesa, Polanyi comenzó a tomar en consideración nociones teológicas cercanas a Tolstoi para manifestar su convencimiento de que “el deseo de los seres humanos es vivir juntos y amarse mutuamente sin límites y de un modo inmediato” (36). Posteriormente Polanyi nunca dejó de mostrarse interesado en aspectos religiosos (37). Esta clase de matriz moral cristiana es en última instancia un elementos crucial de su comunitarismo, en la medida en que le permite evitar disquisiciones ontológicas y preocuparse sólo de aspectos empíricos. La fundamentación última de su colectivismo es la naturaleza humana que se manifiesta en términos morales y en la historia de las civilizaciones. De hecho, Polanyi incluso elude plantear una teoría de la historia. Su clasificación de las formas institucionales es un mero elenco, no tiene un orden histórico y se da en forma mixta. Desde luego, esto contrasta notablemente con una tradición de estudios cercanos a la obra de Polanyi y procedentes del marxismo que, a partir de la obra de teóricos del imperialismo como Hilferding, Luxemburgo, Hobson o Bujarin, han tratado de comprender la forma en que el capitalismo se nutre para su supervivencia de una dimensión no económica y, muy especialmente, militar. En general, la influencia de Polanyi se ha dejado notar en teóricos del subdesarrollo como Wallerstein o Amin que trataron de explicar la pobreza de los países de la periferia capitalista como una característica estructural del sistema mercantil. La diferencia fundamental es que estos autores trataron de sistematizar a través de alguna explicación coherente lo que Polanyi trató como fenómenos coyunturales (38). El resultado de estos esfuerzos no deja de ser paradójico pues, finalmente, lo más interesante de sus estudios son sus elementos historiogáficos, antes que sus modelos formales. Por eso, la moraleja de la resurrección de Polanyi sólo puede ser epistemológicamente pesimita. En ciencias sociales pasa un poco como en psicología clínica: la mejor prueba de la acientificidad de las prácticas psicológicas es que a menudo cualquier familiar, amigo, sacerdote o maestro de un paciente obtiene mejores resultados “terapéuticos” que los doctores de la mente. De modo análogo y en el mejor de los casos, los desarrollos más formales de las ciencias sociales –ya sea al modo de la economía ortodoxa o de los teóricos holistas del sistema económico mundial– deben ser abundantemente completados con formas muy ingenuas de conocimiento cotidiano. Los intentos, muy característicos de las teorías del imperialismo marxistas, por encontrar un engranaje formal de estos dos ámbitos sólo han dado lugar a una hipertrofia metafísica de una sociología popular ya de suyo nebulosa. 

Notas. (1) Cf. M. Perelman, El fin de la economía, Barcelona: Ariel, 1996; J. M. Cabo, La economía como ideología, Hondarribia: Hiru, 2004; P. Ormerod, Por una nueva economía. Las falacias de las ciencias económicas, Barcelona: Anagrama, 1994 o R. Velasco, Los economistas en su laberinto, Madrid: Taurus, 1996. (2) I. D. Polanyi, “Karl Polanyi: apuntes sobre su vida” en K. Polanyi, El sustento del hombre, Barcelona: Mondadori, 1994, p. 28 y ss. (3) Cf. Lee Congdon, “The Sovereignty of Society: Polanyi in Viena” en K. Polanyi-Levitt (ed.), The Life and Work of Karl Polanyi, Montreal: Black Rose, 1990; Eva Gábor, “The Early Formation of Karl Polanyi’s Ideas” en K. McRobbie (ed.), Karl Polanyi in Vienna. The Contemporary Significance of The Great Transformation, Montreal: Black Rose, 2000 y P. Moreno Feliú, “Presentación” de K. Polanyi, El sustento del hombre, op. cit., p. 15. (4) K. Polanyi, 1922, “Sozialistische Rehnungslegung”, Archiv für Sozialwissenchaft und Sozialpolitik Bd. 49, citado en Rosner “On socialist accounting”, The Life and Work of Karl Polanyi, op. cit. p. 58. (5) Kari Polanyi-Levitt, “Origins and Significance of The Great Transformation” en The Life and Work of Karl Polanyi, op. cit. p. 123. Sobre la importante noción de “capital ficticio” véase D. Harvey, Los límites del capitalismo y la teoría marxista, México: FCE, 1996, cap. XI. (6) Gregory Baum, Karl Polanyi on ethics and economics, Montreal: McGill-Queen’s University Press, 1996, p. 4. (7) K. Polanyi, La gran transformación, Madrid: La Piqueta, 1989. (8) K. Polanyi, La gran transformación, op. cit., cap. 4. (9) M. Sahlins, Stone Age Economics, Nueva York: Aldine, 1972, p. 185. (10) M. Godelier, Lo ideal y lo material, Madrid: Taurus, 1989, p. 211. (11) Margaret R. Somers, “Karl Polanyi’s Intellectual Legacy” en The Life and Work of Karl Polanyi, op. cit. p. 154. (12) K. Polanyi, La gran Transformación, op. cit., pp. 127-28. (13) Cf. Gregory Baum, Karl Polanyi on ethics and economics, op. cit., p. 5. (14) K. Polanyi, El sustento del hombre, Barcelona: Mondadori, 1994, p. 147. (15) Curiosamente, son numerosos los autores que interpretan que la “gran transformación” en cuestión es el liberalismo y no los movimientos proteccionistas. Entre otros, Susan George, John Gray o el propio Fernand Braudel. (16) Cf. George Dalton, “Writings that Clarify Theorikal Disputes Over Karl Polanyi’s Work”, en The Life and Work of Karl Polanyi, op. cit.; G. Dalton y J. Köcke, “The Work of the Polanyi Group” en S. Ortiz (ed.), Economic Anthropology, Nueva York: University Press of America, 1983. D. Little atribuye la creación del, poco afortunado, término “formalismo a Weber y señala como principales antropólogos formalistas a S. Popkin, M. Nash, T. Schultz, R. Firth o R. Myers (cf. D. Little, Varieties of Social Explanation, Oxford: WestView Press, 1991, p. 185). Respecto a la polémica entre formalistas y sustantivistas véase también M. Godelier, Antropología y economía, Barcelona: Anagrama, 1976. (17) Para una crítica marxista de esta distinción véase M. Godelier, Racionalidad e irracionalidad en economía, Madrid: Siglo XXI, 1967, p. 264. (18) K. Polanyi, “Aristóteles descubre la economía” en K. Polanyi, C. M. Arensberg y H. W. Pearson, Comercio y mercado en los imperios antiguos, Barcelona: Labor, 1976, p. 117. (19) Cf. G. Dalton, “Theoretical Issues in Economic Anthropology” en Current Anthropology 10 (1969) y C. Geertz, The Interpretation of Cultures, Nueva York: Basic Books, 1971, pp. 72-73. (20) K. Polanyi, “Aristóteles descubre la economía”, loc. cit., p. 124, véase también K. Polanyi, El sustento del hombre, p. 151. (21) Cf. H. W. Pearson, “Prefacio” a El sustento del hombre, op. cit., p. 44. (22) K. Polanyi, “Aristóteles descubre la economía”, loc. cit.”, p. 125. (23) Véase, sobre todo, S. Meikle, Essentialism in the Thought of Karl Marx, Londres: Duckworth, 1985 y “The metaphysics of substance in Marx” en T. Carver (ed.), The Cambridge Companion to Marx, Cambridge: CUP, 1991. (24) Cf. D. J. Fusfeld, “Karl Polanyi’s Lectures on General Economic History: A Student Remembers” en K. McRobbie (ed.), Humanity, Society and Commitment. On Karl Polanyi, Montreal: Black Rose, 1994, p. 3. (25) D. Little, op. cit. p. 157. (26) M. Godelier, Lo ideal y lo material, op. cit., p. 217. (27) K. Polanyi, “La economía como actividad institucionalizada” en K. Polanyi, C. M. Arensberg y H. W. Pearson, Comercio y mercado en los imperios antiguos, Barcelona: Labor, 1976, p. 296. (28) M. Harris, El materialismo cultural, Madrid: Alianza, 1982, p. 258 y ss. (29) K. Polanyi, “La economía como actividad institucionalizada” en Comercio y mercado en los imperios antiguos, op. cit. p. 300. (30) G. Berthoud, “Toward a Comparative Approach: The Contribution of Karl Polanyi”, The Life and Work of Karl Polanyi, op. cit. (31) Margaret R. Somers, “Karl Polanyi’s Intellectual Legacy” en The Life and Work of Karl Polanyi, op. cit., p. 153. (32) Cf. J. Ron Stanfield, “Karl Polanyi and Contemporary Economic Thought” en The Life and Work of Karl Polanyi, p. 202. (33) K. Polayi, La gran transformación, op. cit., p. 46. (34) M. Harris, op. cit. p. 260. (35) Gregory Baum, Karl Polanyi on ethics and economics, op. cit., p. 15 y ss. (36) Citado en Lee Congdon, loc. cit., p. 78, sobre la influencia de Tolstoi véase también Ilona Duczynska Polanyi, “I first Met Karl Polanyi in 1920…” en Karl Polanyi in Viena, op. cit. p. 310. (37) C. Lind, “How Karl Polanyi’s Moral Economy Can Help Religious and Other Social Critics” en K. McRobbie (ed.), Humanity, Society and Commitment. On Karl Polanyi, op. cit., p. 157 y ss. y A. Rotstein, “Weekend Notes: Conversations with Karl Polanyi”, ibid., pp. 137-38. (38) La influencia de la obra de Polanyi en los análisis de la economía mundo y en particular en la obra de Hopkins, Wallerstein y Goldfrank ha sido señalada en distintas ocasiones, en particular véase Attilla Ágh, “The Hundred Years’ Peace: Karl Polanyi on the Dynamics of World Systems” en The Life and Work of Karl Polanyi, op. cit. p. 97 y W. L. Goldfrank (ed.), The World-System of Capitalism: Past and Present, Los Angeles: Sahe, 1979.

[César RENDUELES. "Karl Polanyi o la humildad de las ciencias sociales", in Nexo. Revista de Filosofía, nº 2, 2004, pp. 155-166]

➻ Carlos Altamirano [1939]

El sociólogo argentino Carlos Altamirano es investigador del Conicet y profesor emérito de la Universidad de Nacional de Quilmes, donde dirigió el Centro de Estudios e Investigaciones y, durante varios años, el Programa de Historia Intelectual. Fue miembro de la revista de crítica cultural Punto de vista e integra actualmente el consejo de dirección de Prismas, revista de historia intelectual. Dictó cursos y conferencias en universidades de su país, de los Estados Unidos y de Europa. En 2008 fue profesor invitado en el Departamento de Lenguas Romances de la Universidad de Harvard. Ha publicado, entre otros trabajos: Bajo el signo de las masas, 1943-1973 (2001); Para un programa de historia intelectual (2005); Intelectuales. Notas de investigación (2006). En colaboración con Beatriz Sarlo escribió Literatura / sociedad (1983) y Ensayos argentinos: de Sarmiento a la vanguardia (1997). Tuvo a su cuidado la dirección del diccionario Términos críticos de sociología de la cultura (2002). En 2013, publica en Siglo XXI, una segunda edición aumentada de Intelectuales, bajo el subtítulo Notas de investigación sobre una tribu inquieta. Le concedieron el Premio Konex al ensayo político en dos ocasiones (2004 y 2007), la Beca John S. Guggenheim en 2004 y la Robert F. Kennedy en 2008. En los últimos años ha coordinado una Historia de los intelectuales en América Latina, obra colectiva cuyo primer volumen apareció en 2008 y el segundo en 2010.

[Fuente: Siglo XXI Editores]

➻ Agnes Repplier [1855-1950]

Agnes Repplier (1855-1950) was an essayist and biographer who was admired for her common sense, courage, and sense of artistry in crafting an essay. Independent-minded, well-read, and with a incisive sense of humor, she had a writing career that spanned sixty-five years, during which she developed friendships with a number of noted writers, artists, and scholars. Born in Philadelphia on 1 April 1855, she was the daughter of John George Repplier (of Alsatian descent) and his second wife, Agnes Mathias (of German descent). As a child she had a phenomenal memory and could recite lengthy poems which her mother had taught her viva voce. Her mother also tried to teach her to read–unsuccessfully for years. Agnes taught herself to read at the age of ten and read extensively from that time on. At twelve she was enrolled in Eden Hall, the Convent of the Sacred Heart in Torresdale, north of Philadelphia. The pleasures of her two-year stay are captured in her memoir, In Our Convent Days (1905), written more than thirty years later and dedicated to her closest friend there, Elizabeth Robins Pennell. It is not clear why she was asked not to return to Eden Hall after her second year there, except that her willfulness and independent spirit were to blame. She was enrolled in Agnes Irwin’s West Penn Square Seminary for Young Ladies. This school required serious scholarship and strict discipline: it was not merely a finishing school. Agnes Irwin recognized Repplier’s intelligence and wit, and their relationship later developed into a strong mutual friendship; however, Agnes Repplier completed only three terms at Miss Irwin’s school when she was dismissed for rebelling against the headmistress’s authority. Miss Irwin maintained contact with Repplier and was ambitious for the success of Repplier’s writing career. Agnes Repplier wrote a short biography of Agnes Irwin after Irwin’s death in 1914. At the age of twenty Agnes Repplier began to write and publish stories. When her father lost all his money in an unsuccessful business venture, her mother determined that Agnes’s writing would contribute to the family income, as did the teaching job of Agnes’s older sister Mary. Repplier began writing essays after meeting Father Isaac Thomas Hecker, the founder of the Paulist order and editor of the Catholic World, where some of her early poems and stories had been published. He advised her that she was not equipped for writing fiction, for she was “more a reader than an observer” (Stokes, p. 59). Repplier recognized this as one of most valuable pieces of advice that she received in her life, and from then on she cultivated her particular talent for the short essay. As a writer and a Catholic, Repplier was at times called upon to write on Catholic subjects. For example, in 1936 she was asked by the Philadelphia Inquirer to write some lines on the death of the pope. Towards the end of her writing career Repplier was asked to write biographies of three Catholic figures, Mere Marie of the Ursulines, Pere Marquette, and Junipero Serra. Repplier’s biographers have noted how her independence of mind was not in the least compromised by the conservatism of the Catholic church, but rather strengthened by its intellectual traditions. The year 1886 marked the point at which Repplier achieved literary success with the publication of her essay, “Children, Past and Present,” in The Atlantic Monthly. Afterwards she published regularly in The Atlantic Monthly until 1940. She published numerous essays as well in Life, Appleton’s Magazine, The New Republic, McClure’s, Harper’s, Monthly Magazine, Commonweal, America, Century Magazine, and The Yale Review. She was invited to Boston to meet the literary circle of Lowell and Holmes, the arbiters of literary taste for the country at that time. Recognition of Repplier’s literary accomplishments led to speaking engagements and travel. Agnes Repplier enjoyed the company and conversation of men. She developed close relationships with those she called her “literary friends,” among them Dr. S. Weir Mitchell; Horace Howard Furness, Jr.; Harrison S. Morris (later editor of Lippincott’s Magazine); author Owen Wister; book collector A. Edward Newton; physician J. William White; and British author, Andrew Lang. Repplier’s friendships with women were warm and long-lasting: among these friends were Cornelia Frothingham; Helen Jastrow; artist Cecilia Beaux; poet Amy Lowell; Mrs. Schuyler Warren, mistress of a literary salon in New York; and Frances Wister, Philadelphia patroness of the arts; and many others. As soon as proceeds from the sales of her books and essays permitted, Repplier traveled to Europe for extended visits and wrote of her experiences there. She was a founding member of the Cosmopolitan Club in Philadelphia in 1886 and a member of the Acorn Club. She received honorary doctor of letters degrees from the University of Pennsylvania, Temple University, Yale, Princeton, and Columbia. In later life, Repplier, who never married, lived with and cared for her older sister Mary and brother Louis, who suffered from partial paralysis and poor health. She was close to her niece, Emma Repplier Witmer (wife of the psychologist, Lightner Witmer). Emma Repplier Witmer was the daughter of J. George Repplier, one of two sons of the first marriage of Agnes’s father. After her mother’s death, Agnes sought out her older brothers and then established a warm relationship with her niece, Emma. The press visited Agnes Repplier at home in Philadelphia as she passed one milestone birthday after another through her eighties and into her nineties. They always exclaimed over her nimble mind, witty repartee, and fresh views on political situations. She died in Philadelphia at the age of ninety-five. Her published books include Books and Men (1888); Points of View (1891); Essays in Miniature (1892); Essays in Idleness (1893); In the Dozy Hours (1894); Varia (1897); Philadelphia: The Place and the People (1898); The Fireside Sphinx (1901); Compromises (1904); In Our Convent Days (1905); A Happy Half Century (1908); Americans and Others (1912); The Cat (1912); Counter Currents (1915); J. William White, M.D.; a Biography (1919); Points of Friction (1920); Under Dispute (1924); Life of Pere Marquette (1929); Mere Marie of the Ursulines (1931); To Think of Tea (1931); Times and Tendencies (1931); Junipero Serra (1933); Agnes Irwin (1934); In Pursuit of Laughter (1936); and Eight Decades (1937).

[Fuente: University of Pennsylvania Libraries. Rare Book & Manuscript Library]

Nota bene: Material for this biographical sketch has been drawn from John Lukacs’ chapter on Repplier in his Philadelphia Patricians & Philistines, 1900-1950; from Agnes Repplier’s autobiographical sketch in her Eight Decades; from the memoir written by her niece, Emma Repplier Witmer, titled Agnes Repplier: A Memoir; and from the biography Agnes Repplier, Lady of Letters (1949) by George Stewart Stokes.

➻ Ignacio Lewkowicz [1967-2004]

Ignacio Lewkowicz fue un pensador potente, de esos que más que señalar verdades inquietaban mediante gestos, insinuaciones, ideas agudas que no paraban de interrogar lo que latía. Nos alegramos de poder ofrecerles una pincelada de su pensamiento y esperemos que los convoque, como él sugería, no a pensar al pie de la letra sino al pie de lo que nos acontece. Licenciado en Historia por la Universidad de Buenos Aires (UBA). Ha sido docente de la UBA en las facultades de Filosofía y Letras, Medicina y Psicología y profesor adjunto de Psicología, ética y derechos humanos y dicto seminarios de posgrado en la Universidad Nacional de Entre Ríos. También ha dictando cursos y seminarios en diferentes instituciones (Asociación Psicoalnalítica de Bs. As., Colegio de Estudios Avanzados en Psicoanálisis) sobre temas vinculados con la Historia, la Filosofía y el Psicoanálisis. Es autor, entre otras publicaciones, de La historia desquiciada en el marco del Grupo Oxímoron (1993), El malestar en el sistema carcelario (1996), La historia sin objeto, con M. Campagno (1998), ¿Se acabó la infancia? Ensayo sobre la destituión de la niñez, con Cristina Corea (1999), Del fragmento a la situación. Notas sobre la subjetividad contemporánea (2001), Pensar sin Estado (2004).

[Fuente: FLACSO Argentina. Área Educación]