✍ La Hidra de la revolución. Marineros, esclavos y campesinos en la historia oculta del Atlántico [2000]

por Teoría de la historia

534994197_54731ec160_mSi bien tanto Peter Linebaugh como Markus Rediker realizaron otras publicaciones antes y después de La Hidra de la Revolución (1), nunca lograron alcanzar el reconocimiento que les valió este libro. En la presente reseña crítica nos proponemos, entonces, recuperar las diversas dimensiones que hacen del presente trabajo una innovación dentro de un escenario historiográfico un tanto hostil a los nuevos abordajes y las propuestas analíticas novedosas. Para facilitar la lectura, estructuraremos nuestro análisis en seis apartados diferenciados, para así dar cuenta de la riqueza y los matices que posee el libro. El primero estará centrado en analizar los debates historiográficos, metodológicos y teóricos en los cuales La Hidra se posiciona, buscando así establecer vínculos y relaciones con otros autores. Los siguientes cuatro apartados se centrarán en comentar el libro a partir de su propia estructura, buscando ir más allá de una mera enumeración de capítulos, indagando en las aristas problemáticas que pueda presentar el abordaje de los autores. Finalmente, el último apartado presentará una conclusión crítica. Galardonado con el “International Labor History Association Book Prize”, el presente trabajo de Linebaugh y Rediker generó grandes controversias en los círculos académicos, a partir no sólo de su novedosa interpretación de la historia atlántica entre los siglos XVII y XIX, sino también de la forma en que utilizan ciertas categorías de la tradición analítica propia de la historiografía marxista inglesa, estableciendo diálogos con la teoría antropológica y sociológica. Así, si bien el libro está claramente orientado hacia problemáticas analizadas por historiadores de la talla de Rodney Hilton, Edward Palmer Thompson o Christopher Hill (2) –como por ejemplo las resistencias campesinas y esclavas, las ideologías radicales de las multitudes sin voz, los conflictos y resistencias en el proceso de trabajo, o la constitución de clases sociales a partir de la experiencia de los sujetos–, podemos notar en el análisis de Linebaugh y Rediker la intención de trascender los límites nacionales –específicamente ingleses– de esos procesos. En este sentido, La Hidra retoma algunas de las hipótesis que guiaron los trabajos tempranos de George Rudé y Eric Hobsbawm (3), quienes buscaron traspasar las barreras de la historia inglesa, analizando ideologías y movimientos populares más allá de los límites geográficos de los Estados nacionales. Nos encontramos entonces con una propuesta temática y un recorte espacial, cronológico y temático más amplio: el espacio del Atlántico, cuyas corrientes y mareas determinaron una serie de experiencias comunes a un proletariado atlántico compuesto de marineros, labradores, criminales, mujeres, radicales religiosos y esclavos africanos, desde el comienzo de la expansión colonial inglesa en el siglo XVII hasta la industrialización metropolitana de inicios del XIX. En este sentido, “los gobernadores recurrieron al mito de Hércules y la hidra para simbolizar la dificultad de imponer orden en unos sistemas laborales cada vez más globales”: es precisamente sobre el origen, características, accionar y devenir de las múltiples cabezas de esa hidra, que está centrado el análisis de Linebaugh y Rediker. Entonces, en lugar de centrarse en analizar la constitución de una clase obrera industrial, las características de los piratas, el tráfico esclavista o las ideologías religiosas radicales como elementos independientes, los autores buscan rescatar –a partir de una mirada “desde abajo”- esta multiplicidad de experiencias de opresión, violencia y dominación en función de un abordaje holístico que recupere las conexiones existentes entre estos fenómenos aparentemente dispersos. Así, si bien estos conflictos tendrán diversos escenarios (principalmente los terrenos comunales, la plantación, el barco y la fábrica), el eje de análisis pasa por las relaciones, los quiebres, y las continuidades entre esta diversidad de espacios. Como los procedimientos de análisis de los autores presentan variaciones de capítulo en capítulo, consideramos oportuno abordar a continuación una descripción de los mismos, en función del recorte temático-temporal que realizan, estructurado en cuatro momentos en el desarrollo de este conflicto entre la globalización capitalista hercúlea y las resistencias planteadas por esa compleja hidra policéfala. Los dos primeros capítulos del libro se ocupan de la primera fase de este proceso de dominación hercúleo, que ocurre en los años de 1600 a 1640, signado por el crecimiento y desarrollo del capitalismo comercial inglés y la colonización del espacio atlántico. Estos años de expropiación serían fundamentales, entonces, para la conformación de una estructura económica de exclusión y transformación de las relaciones sociales existentes hasta el momento. El primer capítulo, “El naufragio del Sea-Venture”, sienta las bases de la metodología analítica de los autores. La misma parte de reconstruir casos concretos –como en este caso, el del naufragio de un barco inglés– para indagar en cuestiones estructurales de la época. Así, a partir de este suceso, se abordan cuestiones esenciales del naciente capitalismo atlántico de principios del siglo XVII: la expropiación –mediante la reconstrucción del contexto de competencia imperialista y desarrollo capitalista del cuál la Virginia Company fue uno de sus motores esenciales, a partir de las estrategias de colonización de tierras americanas trasladando poblaciones campesinas–, la lucha por crear modos de vida alternativos a esa expropiación –retomando así la tradición de uso de terrenos comunales, que llegó al territorio americano de la mano de los marineros–, las formas de cooperación y resistencia –fundamentalmente entre los mismos marineros, que, ante los peligros de altamar, iban más allá de sus condiciones de artesanos, proscriptos, campesinos pauperizados, o peones, uniéndose en pos de lograr objetivos comunes– y la imposición de una disciplina clasista –a partir de la respuesta que los funcionarios de la Virginia Company tuvieron frente a esas resistencias, imponiendo el terror de la horca y una disciplina laboral estricta. Este primer capítulo es también representativo en términos de los procedimientos de análisis que los autores realizan de los documentos. En este punto podemos observar un claro interés por hacer dialogar la teoría marxista – especialmente La ideología alemana y el capítulo veinticuatro (sobre la acumulación originaria) de El Capital de Marx–, con la historiografía inglesa – si bien el interlocutor privilegiado lo constituye el marxismo británico de Hill y Thompson, también se cuestionan otras interpretaciones, como podría ser la Hugh Trevor Ropper– y un extenso y detallado corpus documental del período, compuesto principalmente por relatos de viajes, documentos administrativos de la Virginia Company y obras literarias como La Tempestad de Shakespeare. Así, en el segundo capítulo, “Leñadores y aguadores”, los autores retoman los argumentos de algunos de los principales intelectuales de la primer parte del siglo XVII inglés, como Francis Bacon o Walter Raleigh, y cómo caracterizaban a los enemigos de ese Hércules explorador, colonizador y comerciante, a partir de la monstruosidad de esas multitudes variopintas. Centrándose entonces en los leñadores y aguadores, que desempeñaron funciones esenciales para el avance de este proceso globalizante –a saber, realizaron las tareas de expropiación mediante la tala de bosques y destrucción del hábitat de los terrenos comunales, construían los puertos y barcos, y desarrollaban las actividades domésticas cotidianas–, los autores reconstruyen el proceso de constitución de la “infraestructura” necesaria para la expansión del capitalismo comercial, así como la consolidación de un aparato represivo orientado a controlar estas poblaciones: el terror, la prisión, los correccionales, la horca, las campañas militares y los trabajos forzados en ultramar. Sin embargo, a partir de los vínculos de solidaridad y resistencia, estos grupos de “leñadores y aguadores” comenzaron a formar iglesias, regimientos politizados al interior del ejército y comunas rurales y urbanas. “La hidra, formada por marineros, obreros, aguadores, aprendices, es decir, las clases humildes y más bajas –o, por decirlo de otra manera, el proletariado urbano revolucionario– estaba emprendiendo acciones de un modo independiente”. Estas cuestiones constituyen el transfondo de la segunda fase de este proceso. Los siguientes dos capítulos están centrados en la segunda fase de este proceso, que iría de 1640 a 1680, y que estaría signada por los levantamientos de esas múltiples cabezas de la hidra, mediante la revolución en la metrópolis y los levantamientos en las colonias. El interlocutor privilegiado de estos capítulos es Christopher Hill, ya que el contenido de los mismos está orientado hacia los mismos problemas y tópicos teóricos tratados por él, aunque con ciertas variaciones que enriquecen el análisis. El tercer capítulo, “Una ‘morita negra’ llamada Francis” constituye acaso la forma más acabada de aplicación de la metodología de estos autores. Como decíamos más arriba, Linebaugh y Rediker parten de casos concretos para reflexionar sobre la totalidad de un proceso, explotando los documentos al máximo e indagando en las condiciones estructurales a partir de coyunturas específicas. Pues bien, en este caso los autores analizan un único documento, un informe de Edward Terrill, dirigente eclesiástico de la Iglesia de Broadmead, en Bristol, sobre “una criada morita y negra llamada Francis”. Lo interesante es cómo, a partir de esta somera descripción de una carilla, los autores analizan la confluencia entre dinámicas sociales como la raza, la clase y el género en el contexto de la revolución puritana inglesa. Así, la reconstrucción de la posible trayectoria de Francis, lejos de centrarse en un abordaje biográfico, da cuenta de las diversas problemáticas del período. “La bifurcación de los debates de Putney”, el cuarto capítulo, está centrado específicamente en las ramificaciones que dichas polémicas tuvieron. Durante el otoño de 1647 tuvieron lugar, en el pequeño pueblo de Putney, una serie de debates de radical importancia para el futuro de Inglaterra –y del capitalismo comercial– entre, por un lado, Oliver Cromwell, jefe supremo de todos los oficiales del ejército, y un grupo de agitadores provenientes de los soldados rasos, liderados por Thomas Rainborough, en torno a dos cuestiones esenciales: el sistema comunal de tenencia de tierra y la esclavitud. Ahora bien, Linebaugh y Rediker indagan en cómo esta prédica, que los niveladores realizaron a favor de la permanencia de los derechos comunales y en contra de la esclavitud, se transmitió por el espacio atlántico, llegando los coletazos de esos debates a Nápoles, Londres, Irlanda, Barbados y el Río Gambia. Así, la recepción que las ideas radicales esgrimidas por los niveladores en ese debate da cuenta de cómo esa hidra levantaba sus cabezas en diferentes contextos, pero a partir de una experiencia unificadora de dominación y violencia. El quinto capítulo, “Hidrarquía: Marineros, piratas y el Estado marítimo”, marca el fin de una etapa y el inicio de otra, que transcurriría entre 1680 y 1760, signada por la consolidación del capitalismo comercial a partir de la mediación de los Estados nacionales, y un sistema financiero diseñado para captar los mercados atlánticos. Sin embargo, esta creación de un Estado marítimo desde arriba tuvo su contrapartida en las organizaciones que los marineros crearon desde abajo; a este doble proceso Linebaugh y Rediker llaman hidrarquía. Acaso corporización de la dialéctica que todo marxista busca en los procesos sociales, el barco “llegó a ser un motor del capitalismo en los inicios de la revolución burguesa en Inglaterra y, al mismo tiempo, un escenario de resistencia, un lugar en el cual las ideas y las prácticas de los revolucionarios derrotados y reprimidos […] se refugiaban, se reformaban, circulaban y persistían”. Para fines del siglo XVII, entonces, ya tendríamos un Estado marítimo consolidado, que explotaba a la mano de obra en cuatro formas básicas: la agricultura comercial orientada al mercado, la pequeña producción terrateniente o artesana, la fabricación de productos manufacturados y, por último, el barco, que unía a todas las demás en función de la circulación de personas y bienes. La resistencia vendría de la mano de los piratas, que durante las primeras décadas del siglo XVIII fueron generando ámbitos que se alejaban de la estricta disciplina laboral de los barcos mercantiles y subvertían el orden hercúleo del capitalismo mercantil, constituyendo “un orden social propio que era autónomo, democrático e igualitario, es decir, una alternativa subversiva a los modos habituales de las flotas mercante, de guerra y corsaria”. El Estado marítimo respondió con violencia masiva, tanto militar como penal, con el objetivo de erradicar la piratería: la hidrarquía de los marineros sería derrotada durante la década de 1720, pero sin embargo perviviría como tradición radical. Sin embargo, el Estado hercúleo se encontraría con otros obstáculos durante las décadas de 1730 y 1740: las revueltas de esclavos y las insurrecciones urbanas. En este sentido, en el sexto capítulo, “Los proscriptos de todas las naciones de la tierra”, se analiza una conspiración llevada a cabo por un “proletariado variopinto”, compuesto en su mayoría de esclavos, en Nueva York en 1741. Según los autores, los orígenes de este complot –orientado a destruir los fundamentos materiales del dominio de la clase gobernante, mediante el incendio de cuarteles y otros edificios– deben buscarse en los muelles, en la transmisión de las experiencias atlánticas en torno a la resistencia frente a la dominación, tanto en los regimientos militares, las iglesias, las plantaciones, o las tribus o clanes étnicos. La cuarta etapa, que ocurriría entre 1760 y 1835, sería la de la era de las revoluciones atlánticas, donde finalmente estas tendencias que fueron sedimentando el accionar de los oprimidos estallarían en un horizonte de levantamientos por todo el hemisferio. El séptimo capítulo, “Una ‘cuadrilla variopinta” en la revolución americana” indaga precisamente en las características sociales y económicas de estos movimientos, a partir de los motines e insurrecciones que hicieron de “aquella cuadrilla variopinta en la fuerza motriz de una crisis revolucionaria durante las décadas de 1760 y 1770”. En este caso, los autores analizan el movimiento multiétnico de trabajadores detrás de los “grandes nombres” de la revolución americana, tales como Paine o Jefferson, a partir de las rebeliones de esclavos, turbas urbanas y marineros en varios puntos9780807050071 del territorio americano. Estas rebeliones constituyen además el telón de fondo de los próximos capítulos, centrados en la cuestión de la abolición de la esclavitud, que a fines de siglo XVIII y principios de XIX se había convertido en un tema recurrente. Los dos últimos capítulos del libro están claramente relacionados. Por un lado, el capítulo octavo, “La conspiración de Edward y Catherine Despard” da cuenta de un ciclo de rebeliones iniciado en 1790, no sólo por cuestiones de raza o clase social, sino también en pos de la liberación de la raza humana como un todo. Así, al indagar en la conspiración de Edward y Catherine Despard, y la trayectoria que el regimiento de Edward tomó por diversos puntos de la geografía americana, los autores establecen ciertos lineamientos generales de los procesos revolucionarios, que se trasladaban como ideal universal, dejando tras de sí movimientos locales, como “la clase trabajadora inglesa, los negros haitianos, la diáspora irlandesa”. Por otro lado, el último capítulo, “Robert Wedderburn y el jubileo atlántico” se centra en la peculiar historia de de ese hijo de una esclava y un rico propietario de tierras, que a partir de su peculiar carrera política logró aunar en su persona las experiencias del “cristiano comunista del Oriente Medio con el nivelador que actuaba en Inglaterra y el baptista nativo de Jamaica. Unió a través del espacio al esclavo y al cimarrón con el marinero y el trabajador portuario, con el plebeyo sin tierras, el artesano y el trabajador industrial”. Así, a partir de reconstruir su trayectoria política los autores dan cuenta de cómo ese ideal de superación y liberación humana encarnaron en un proyecto radical de abolición de la esclavitud e igualación de los “ciudadanos del mundo”. Sin lugar a dudas, uno de los factores que más llaman la atención de La Hidra es su carácter provocador. En resumen, su interés consiste en su intención de ir más allá de los ciudadanos propietarios, los trabajadores industriales nacionales, blancos, varones, asalariados y cualificados, y el carácter revolucionario, moderno, progresivo y capitalista de las revoluciones de los siglos XVII y XVIII, ejes de la reflexión del marxismo británico. Así, el trabajo de Linebaugh y Rediker delinea las características de un proletariado atlántico, una clase anónima y sin nombre, sin una cultura ni una raza homogénea, expropiada de sus medios de producción, de una gran movilidad, sin distinción de género o edad, y que, principalmente, actuaba de manera cooperativa y obrera. Frente a esta amenaza es que se alzaron las armas del terror, la violencia y la coacción de las clases dominantes. Podemos plantear entonces una cuestión que consideramos esencial para entender la relación entre la analítica de estos autores y el marxismo británico. Por un lado, para Linebaugh y Rediker, es en la experiencia misma que ese proletariado atlántico tomó conciencia de su situación, y comenzó a rebelarse. En este sentido, se pueden establecer interesantes diálogos con la concepción de Edward P. Thompson sobre la constitución de identidades colectivas y del desarrollo de una conciencia de clase (4) que busca recuperar la historicidad para la categoría de clase, partiendo de una concepción analítica y heurística que ponga el acento en la relación entre clase y lucha de clases, elementos inseparables: “[…] las clases no existen como entidades separadas, que miran en derredor, encuentran una clase enemiga y empiezan luego a luchar. Por el contrario, las gentes se encuentran en una sociedad estructurada en modos determinados […], experimentan la explotación […], identifican los puntos de interés antagónico, comienzan a luchar por estas cuestiones y en el proceso de lucha se descubren como clase, y llegan a conocer este descubrimiento como conciencia de clase” (5). En otras palabras, en la concepción de Thompson –y, creemos, que podemos extenderla a la analítica de Linebaugh y Rediker–, las clases son construcciones sociales, fuerzas, agrupamientos, sujetos, procesos activos autoproducidos por sujetos históricos concretos. Cuando nos dice que la clase y la conciencia de clase son las últimas fases del proceso real histórico, precisamente está haciendo referencia a que estos conceptos deben ser vistos como el resultado de un proceso de lucha, autodescubrimiento y autoconciencia de los sujetos participantes de esas relaciones sociales, y no un mero desprendimiento de las condiciones materiales de existencia de las clases, o una tarea “educativa” de las vanguardias iluminadas del partido. Pero, en cierto sentido, la crítica de La Hidra va más allá de la esgrimida por Thompson hace más de treinta años: este proletariado no sólo se conforma en la lucha, sino que además es cosmopolita, transnacional, hombre y mujer, negro y blanco, campesino, artesano, marinero y religioso. Así, al ir más allá de las “relaciones sociales de producción” que se dan dentro de la fábrica, los autores logran dar cuenta de un proceso mucho más amplio, de constitución – problemática, violenta– de una sociedad de clases a nivel planetario. Detengámonos momentáneamente en esta cuestión, ya que da cuenta de una dimensión muy poco explorada. El proceso mismo de formación de esa clase obrera presupone, desde la bibliografía clásica sobre el tema –incluyendo tanto la analítica thompsoniana como al marxismo ortodoxo ligado con los partidos políticos–, que la misma tiene ciertas particularidades: en principio, es blanca, inglesa, centrada en el ramo industrial y con una serie de pautas culturales y ámbitos de sociabilidad en torno a la experiencia fabril. En este sentido, la perspectiva analítica de Linebaugh y Rediker viene a cuestionar este proceso de racialización y exclusión desde una doble perspectiva: por un lado, buscando rescatar las voces de esa clase cosmopolita, transnacional y multirracial, y, por el otro, criticando a la misma tradición marxista a la que los autores adscriben, que se ha centrado casi exclusivamente en ese proletariado industrial, dejando de lado a esos otros colectivos de identidades diversas, difícilmente reducibles bajo un mismo rótulo clasificatorio. Se podrá criticar, quizá, que los autores caen en una visión un tanto romántica de esos lazos entre explotados de diferentes continentes y que, al estar más centrados en los caracteres homogéneos, se olvidan de puntualizar los aspectos divergentes, o las especificidades de cada caso. Sin embargo, y más allá de estas críticas, podemos concluir que la propuesta reviste un carácter novedoso, acaso radicalmente novedoso, al retomar el ideal internacionalista que la analítica marxista supo esgrimir en un momento como uno de sus puntos fuertes, y que parece haberse perdido en estos últimos tiempos.

NOTAS. (1) Entre los numerosos trabajos realizados pos los autores, vale la pena resaltar: Marcus Rediker. Between the devil and the deep blue sea: merchant seamen, pirates, and the Anglo- American maritime world, 1670-1750. Cambridge: Cambridge University Press, 1993; Peter Linebaugh. The London Hanged: Crime and Civil Society in the Eighteenth-Century. Cambridge: Cambridge University Press, 1992; y Douglas Hay, Peter Linebaugh, John G. Rule, Edward P. Thompson y Cal (eds.) Albion’s Fatal Tree. Crime and Society in Eighteenth-Century England. London: Penguin Books, 1988. (2) Entre la numerosísima bibliografía de estos autores, resaltamos: Christopher Hill. Antichrist in Seventeenth-century England. Londres: Verso, 1990; El mundo trastornado. El ideario popular extremista en la Revolución inglesa del siglo XVII. Madrid: Siglo XXI España, 1983; y Los orígenes intelectuales de la revolución inglesa, Crítica, Madrid, 1996; de Edgard P. Thompson. Costumbres en común. Barcelona: Crítica, 1984 y Tradición, revuelta y consciencia de clase. Estudios de la crisis de la sociedad industrial. Barcelona: Crítica, 1984; y Rodney Hilton. (ed.) La transición del feudalismo al capitalismo. Barcelona: Crítica, 1982; y Hilton, Rodney. Siervos liberados. Madrid: Siglo XXI, 1978. (3) Hacemos referencia, principalmente, a trabajos como: George Rudé. La multitud en la historia. Madrid: Siglo XXI, 1971; y Eric Hobsbawm. Revolución industrial y revuelta agraria. El capitán Swing. Madrid: Siglo XXI, 1978; y Rebeldes primitivos. Estudio sobre las formas arcaicas de los movimientos sociales en los siglos XIX y XX. Madrid: Crítica, 2001. (4) Thompson se opuso diametralmente a los escritos del leninismo clásico y las teorías estructuralistas de Althusser, que planteaban, en principio, que de un modelo estático de relaciones sociales de producción (en este caso, las relaciones sociales de producción capitalistas) se derivan las clases que tienen que corresponder a esa determinada formación histórica; de esta manera, la conciencia que corresponde a las clases se desprende de sus posiciones relativas en el proceso de producción y de la posesión (o no) de los medios de producción. A partir de este esquema mecanicista y estático, se desprendía un segundo postulado: que la clase obrera tiene dos niveles de conciencia: “El nivel inferior está representado por lo que Lenin llamaba (con su sólida visión, aguda y objetiva de las realidades sociales) ‘conciencia sindical”, y el superior era para él la ‘conciencia socialista’ (o quizá, pero con mucho menor frecuencia, alguna otra conciencia que contemple la transformación total de la sociedad). La primera (como el mismo Lenin observó) se engendra de modo más espontáneo, pero también más limitado. Sin la segunda, la conciencia de la clase trabajadora es incompleta, históricamente hablando, y podría ponerse en duda –de modo totalmente equivocado– su misma presencia de clase”. Eric Hobsbawn. La conciencia de clase en la historia. IN: Marxismo e Historia Social. Buenos Aires: Editorial Tebeka, 2002, pp. 63-64. (5) Edward P. Thompson. ¿Lucha de clases sin clases? IN: Tradición, revuelta y consciencia de clase. Estudios de la crisis de la sociedad preindustrial. Barcelona: , Crítica/Historia, 1984, pp. 37 (la negrita es nuestra).

[Martín P. GONZÁLEZ. “Linebaugh, Peter e Rediker, Marcus. A hidra de muitas cabeças: marinheiros, escravos, plebeus e a história oculta do Atlântico revolucionário. São Paulo: Companhia das Letras, 2008″, in Antíteses, vol. III, nº 6, julio-diciembre de 2010, pp. 1157-1166]

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