✍ Historia de los Papas en la época moderna [1834-1836]

por Teoría de la historia

9789681609092Que sepamos, la versión en lengua española de esta obra es la primera que se hace en nuestro idioma. La primera en absoluto. El detalle tiene una significación que merece comentarse. Es de índole sociológica más que literaria. No está originado por un azar editorial, imposible para que un libro publicado en 1836 no se tradujera hasta 1944, sino que responde de un modo expreso a una característica eminente de la cultura española de la época moderna. Revela un estado de cosas que contribuye a formular el cuadro de esa cultura vista en los principios capitales donde se transparenta su constante sociológica. Forma parte del libro y merece comentarse. Cuando la obra de Ranke apareció en Alemania, la cultura española atravesaba una época de crisis. Crisis de consunción, por cierto, no de renovación. Liquidábase el movimiento liberal de 1812, donde cristalizara la Ilustración del siglo XVIII. La crisis tomó cuerpo décadas más tarde, en la polémica sostenida de un lado por Menéndez Pelayo, escritor católico, y, del otro, por un grupo de escritores liberales acerca de la ciencia española de los siglos XVI y XVII. Recuérdese que en dichas centurias culmina la hegemonía imperial hispánica (vasto proceso de castellanización del mundo), y se elaboró el sistema de las ciencias físico-naturales, dominante hasta Einstein, Pank y Heisenberg. Fenómenos coetáneos cuya coincidencia tiene cierta importancia. Mientras el grupo liberal defendía la inexistencia de la ciencia española moderna, debido a la estructura teocrática del Estado, el Estado-Iglesia, Menéndez Pelayo la reputaba de evidente. Pretendía probarlo por el ejemplo, entre otros, de Miguel Servet, que en un tratado latino sobre la Trinidad planteó el descubrimiento de la circulación de la sangre. (Servet ocultó en un tratado anodino lo que no se atreviera a sostener). El insigne Menéndez Pelayo era incapaz de percibir que su prueba disimulaba un paradigma contra la tesis que exponía. Percepción difícil, dado que la prueba enraizaba en una trama sociológica específica (el pensamiento católico), interpuesta entre los hechos. Bastaba para estorbar la visión de la realidad. Por aquella época española, que se prolonga de una manera más o menos sensible hasta 1931, el libro de Ranke no hubiera podido traducirse. Y no se tradujo. El Estado ibérico seguía siendo el Estado-Iglesia. Después de 1931, la “Historia de los Papas” se consideraba, en algunos centros intelectuales prominentes, pero teñidos de la situación sociológica general, como fuera de línea y “anticuada”. Tuve la sorpresa de escuchárselo, en la cátedra de Metafísica de la Universidad de Madrid, a don José Ortega y Gasset. Nada menos. Su Revista de Occidente prefería servirnos a Spengler, Keyserling, Spann, Pfänder y otros escritores contemporáneos alemanes (tremenda noche donde todos los gatos son pardos), participantes por activa o pasiva de la exaltación hipertrófica del complejo pangermánico llamado nazismo. En resumen: jamás pudo ser traducido al español uno de los pocos historiadores europeos con que cuenta el pensamiento alemán. Apenas el Estado-Iglesia ibérico dejó de serlo, en lo físico y exterior, hubo que empuñar las armas para impedir, en circunstancias desesperadas, su restauración. Todos conocemos el final. Ranke ha sido traducido al precio de una guerra vil. Por una editorial mexicana que recogiera, en la Nueva España, el impulso universal de la cultura hispánica, derrotada por el fascismo. ¿Qué hay, pues, en este libro? ¿Qué es lo que contiene que pueda justificar la biografía de su traducción española? Preguntas ineludibles. Para nosotros, las vicisitudes de esa traducción destacan de un modo sucinto, pero concreto, la naturaleza de la obra. Ranke la anuncia en el Prólogo como una exposición histórica del poder temporal de la Iglesia, de su desenvolvimiento interior, de su progreso y decadencia. Ahora bien, el catolicismo no podrá reconocer nunca -pues reconocería su propia contradicción esencial- que el dogma está sometido a la misma movilidad que lo están el resto de los componentes de la trama histórica. Aceptará que todas la religiones son relativas excepto el catolicismo. Por eso el Vaticano puso las mayores dificultades al trabajo de investigación de Ranke en los archivos romanos y el Estado-Iglesia ibérico (“más papista que el Papa”: refrán castellano) mantuvo la censura sobre la obra. Trataban así de mantener la rigidez del dogma. Ambos, su propia rigidez. Entremos ya en el libro. Centrar el catolicismo en la Historia; inscribirlo como un fenómeno social en86085a las vastas perspectivas de ésta; poner de manifiesto en lo que se refiere a la institución del Papado, por ser institución, que el hombre es el productor y el producto de su destino; he aquí una mínima parte de lo obtenido por Ranke. Pero su obra se mueve en el horizonte histórico (o incluso mejor, antropohistórico). Gozando de lo singular por sí mismo, la Historia de los Papas relata hechos. ¿Qué otro asunto, sino ése, compete a la Historia? Muestra una parte de la enorme sinfonía de nuestro destino, ininterrumpido e inacabado. Al punto de vista sociológico -historia y sociología se identifican en el acto único del conocimiento-, corresponde aislar los factores reales e ideales determinantes del contenido total de la existencia, haciendo visible lo que para la Historia resulta invisible en su óptica de primer plano. La relación entre la naturaleza social e individual, la íntima realidad subyacente de ambas, señala la dimensión sociológica de la obra. Más claro aún: el tema sociológico de la Historia de los Papas consiste, a nuestra manera de ver, en describir el juego de fuerzas operantes en el hecho de que la institución papal convirtiera la suprahistórica divinidad católica en Historia propiamente dicha, reduciendo la eternidad al tiempo y al cambio. Acontecimientos que representan el precipitado histórico de los movimientos sociales que entrañan la época en que ocurrió. De la misma manera, la espuma de las playas señala el precipitado dinámico de la invisible energía oceánica. Fué la revolución más trascendental que se conoce. Estamos dentro de ella y por eso ignoramos su volumen. Dícese revolución por hábito; en realidad sucedió, quizás, algo más. Un hundimiento en los estratos de la cosmovisión de la Antigüedad. El sentido del destino humano cambió de brújula. La razón, capaz, según Parménides, del conocimiento del ser, renunció a sí misma por la revelación. El descubrimiento de Parménides (identidad del ser y el pensar), es un punto culminante de la cultura occidental; hasta la teología, ciencia de la inefable divinidad, se lo incorporó. Entre los horizontes polares de este horizonte (razón-sér-revelación) se produjo el cambio mencionado. Puede dominarse también desde otros lugares. Enfrentando, por ejemplo, dos fases separadas por siglos; la situación de los cristianos en la primitiva sociedad romana referida con desdén por Tácito (“quam odio humani generis convicti sum”, Annales, libro XV, LIV), y la situación de ta Iglesia en la Contra-reforma, al instaurar una orden de milicia para defenderse, los jesuitas, contraste que procura un punto de vista inestimable. Hay, naturalmente, más contrastes. Sería fácil especificarlos. Transcurren todos, los apuntados y los omitidos, dentro de un cuadro genérico. Mientras la estructura social se desenvuelve en una dirección, con los retrocesos necesarios, el catolicismo (religión aneja a esa estructura), se desarrolla en el opuesto. El catolicismo se hace cada vez más absoluto, negando así su constelación de origen. Dentro del proceso de la Contra-reforma, por ejemplo, tiene sentido el dogma de la infalibilidad papal, formulado en pleno siglo XIX. La trama donde aquél está entretejido se hace cada vez, en cambio, más liberal. Dicho en los imprecisos términos corrientes. Y fijando que el destino del hombre consiste en la libertad, valor supremo de cualquier escala axiológica. Hemos señalado el tema sociológico de la Historia de los Papas. Añadiremos ahora algunas reflexiones complementarias. El Papado, forma social religiosa nacida por el desarrollo del cristianismo y la rotura de éste con su constelación originaria (el espíritu autónomo y libre en sí mismo, por el sentimiento de lo infinito, de la dependencia de lo inefable sobrenatural), no está fuera de la Historia. Premisa invulnerable. Esa esencial historicidad cristaliza, por ejemplo, en los dogmas, donde encontramos el tipo de representación religiosa supuestamente intemporal. La impresión de inmovilidad, de estática permanencia del dogma católico, desaparece al considerar que, en todo caso, las palabras del dogma son inmutables, pero que éste se desarrolla y cambia, transformándose en su contenido. Ranke transcribe la biología de la transformación. Entendemos, por nuestra parte, que el dogma es un hecho social; concreta la fe propia de una coyuntura histórica determinada. Hecho social porque exige la sumisión sin examen. La realidad del dogma tiene, por tanto, una característica palmaria. La de darse en la vida. Otra premisa irrefutable. Integra la existencia religiosa que encarna siempre en el individuo sometido al irreversible tiempo histórico. (Cada momento del tiempo envuelve las tres dimensiones: pasado, presente y futuro). Tampoco cabe duda de que no hay religión estrictamente individual, en el sentido de personal, aunque el individuo sea ineliminable. El sentimiento religioso se incorpora al devenir social adoptando precisamente la forma del dogma. El ser humano ha creado a Dios, pero la Iglesia -cuerpo de la divinidad- es una comunidad fijada en dogmas sometida, por serlo, a las leyes sociológicas. Lástima que todo esto no pueda ser expresado en una palabra. Ranke ha utilizado cerca de mil páginas.

[F. CARMONA NENCLARES. "Historia de los Papas en la Edad Moderna por Leopoldo de Ranke", in Revista Mexicana de Sociología, vol. VI, nº 3, septiembre-diciembre de 1944, pp. 398-402]

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