Teoría de la historia

Instituto Superior del Profesorado "Dr. Joaquín V. González". Departamento de Historia ● Universidad Nacional de General Sarmiento. Instituto de Ciencias BUENOS AIRES ❖ ARGENTINA

✍ La revolución romana [1939]

En la batalla de Actium, en el 31 antes de Cristo, Octaviano venció a Marco Antonio que llegó a la batalla reforzado por la flota de Egipto, enviada por su esposa la reina Cleopatra. Esa victoria cambió el curso de la historia. Octaviano ganó poder y cuatro años después fue coronado como Augusto, primer emperador de Roma. Ronald Syme (1903-1989) publicó en 1939 La revolución romana y se convirtió en poco tiempo en uno de los libros de referencia en la historiografía de la Roma antigua. Publicada en España por Taurus el año de la muerte de su autor (en la traducción que ahora se recupera) ha permanecido descatalogado demasiado tiempo. La presente es una recuperación digna de ser celebrada. El prólogo de Javier Arce sitúa al lector actual respecto a los enfoques de este libro. Syme, que no era afecto a las biografías, se aproxima a la vida de Augusto abriendo la perspectiva a las consecuencias sociales y políticas de la época que se inauguró con él, la transición de una forma de gobieron que reposaba en las viejas familias de la nobleza para pasar a manos de los héroes militares. La erudición de Syme, que basó sus argumentos en sus propios hallazgos y comprobaciones más que en la bibliografía existente, ha conseguido que este clásico siga teniendo vigencia más de 70 años después. Para los aficionados a la historia de la antigua Roma, es una lectura tan obligada como palacentera.

[Fietta JARQUE. “La revolución romana”, in El País, 11 de diciembre de 2010]

✍ Cómo se escribe la historia. Ensayo de epistemología [1971]

La historia no existe, sólo existen “historias de…”. La historia no tiene método, pero tiene una crítica y sobre todo una tópica. Los “hechos” no existen; sólo existen intrigas. ¿Existen, al menos, los documentos? No, también son acontecimientos. ¿Es singular todo acontecimiento histórico? No, es específico. El subjetivismo del historiador … —¿Se refiere usted al nominalismo histórico? La historia no explica—. No, pero ella es explícita. ¿Debe llegar a ser más científica? No, sólo ser más explícita siempre con lo no factual ¿Existen leyes de historia? No; como mucho, existen leyes en historia. ¿Puede haber una explicación científica de la Revolución francesa? No, o, poco más o menos, lo mismo que del departamento del Loir-et-Cher. ¿Sartre, Toynbee, Spengler, el historicismo alemán? No, sino Aristóteles, Max Weber, la economía neoclásica o el neo-positivismo ¿Existen las ciencias humanas? Sí, resueltamente sí, pero son praexologías. ¿Es la sociología una de ellas? No, es una historia de la civilización contemporánea de una manera ampulosa. ¿Es la historia una ciencia? No, es una actividad intelectual. ¿Es entonces una existencia, conciencia histórica o historiadora? No, es conocimiento. ¿Qué es la historia? A juzgar por lo que oímos a nuestro alrededor, es indispensable volver a hacer esta pregunta. “La historia ha comprendido en nuestro siglo que su verdadera tarea era explicar”. “Tal fenómeno no se puede explicar solamente por la sociología; ¿no permitiría la aplicación histórica dar mejor cuenta de él?”. “¿Es la historia una ciencia? ¡Inútil discusión! ¿No es de desear la colaboración de todos los investigadores? ¿No es esta colaboración la única fecunda?”. “¿No debe el historiador dedicarse a edificar teorías?”. —No. No, este tipo de historia no es la que hacen los historiadores; a lo más, es la que ellos creen hacer o aquélla que se les ha persuadido de que debían lamentar no hacer. No es inútil la discusión sobre si la historia es una ciencia, porque “ciencia” no es un noble vocablo sino un término preciso, y la experiencia demuestra que la indiferencia por la discusión de palabras va acompañada ordinariamente de una confusión de ideas sobre la cuestión. No, la historia no tiene método, pedid que os muestren este método. No, la historia no explica absolutamente nada, si es que la palabra aplicar tiene un sentido. Respecto a lo que ella llama sus teorías, tendremos que considerarlo detenidamente. Entendámonos bien. No basta con afirmar una vez más que la historia habla de “lo que jamás se verá dos veces”; tampoco se trata de afirmar que es subjetividad, perspectivas, de que interrogamos al pasado a partir de nuestros valores, de que los hechos históricos no son cosas, de que el hombre se comprende y no se explica, de que no puede tener ciencia de sí mismo. En una palabra, no se trata de confundir el ser y el conocer; las ciencias humanas existen plenamente (o al menos aquellas que merecen el nombre de ciencia) y así, como la física fue la esperanza del siglo XVII, la esperanza de nuestro siglo es una física del hombre. Pero la historia no es esta ciencia y no lo será jamás. Si sabe ser audaz, tiene posibilidades indefinidas de desarrollo, pero en otra dirección distinta. La historia no es una ciencia y no tiene mucho que esperar de las ciencias; la historia no explica y no tiene método; mejor aún, la historia de la que tanto se habla desde hace dos siglos no existe. ¿Qué es la historia entonces? ¿Qué hacen realmente los historiadores (desde Tucídides a Max Weber o Marc Bloch) cuando ltan dejado sus documentos y se disponen a hacer la “síntesis”? ¿Estudian científicamente las diversas actividades y las diversas creaciones de los hombres de antaño? ¿Hacen la ciencia del hombre en sociedad o la ciencia de las sociedades humanas? Mucho menos que eso. La respuesta a la pregunta no ha cambiado desde que los sucesores de Aristóteles la encontraron hace dos mil doscientos años: los historiadores narran acontecimientos verdaderos que tienen al hombre por actor; la historia es una novela verdadera. A Primera vista, esta respuesta parece que no tiene ninguna importancia…

[Paul VEYNE. “Prólogo”, in Cómo se escribe la historia. Ensayo de epistemología. Madrid: Fragua: 1972, pp. 5-7]

Nota bene. La imagen de la obra que se reproduce más arriba corresponde a la versión española de la segunda edición francesa (1978) en la que Paul Veyne incorpora un ensayo sobre Michel Foucault y la historia que, a su vez, lo lleva a modificar el subtítulo de 1971 (“Ensayo de epistemología”) por “Foucault revoluciona la historia”.

✍ Economía y cultura en la historia de Colombia [1941]

“Economía y cultura en la historia de Colombia” apareció en las librerías a finales de 1941. Era el libro de un abogado de 28 años que trabajaba en el Departamento Económico de la Cancillería. El autor, Luis Eduardo Nieto Arteta no era conocido como historiador, sino más bien como periodista, crítico político y jurista con algunas inclinaciones por la filosofía. Buena parte del volumen había sido publicado por entregas en los periódicos y revistas de Bogotá, pero sólo una vez que apareció en forma de libro fue leído con algún cuidado por los interesados en los temas históricos, hasta convertirse en poco tiempo en el texto fundacional de la historia económica y social del país. Economía y cultura era un texto revolucionario. Dejaba atrás la descripción galante, el relato fácil e impresionista de los sucesos del pasado, y en su lugar postulaba una historia analítica centrada en las estructuras sociales y económicas que regulaban la evolución nacional. Su joven autor, Luis Eduardo Nieto Arteta, quería superar la “historia oficial” auspiciada por la Academia Nacional de Historia, que giraba alrededor de la política, de las fechas célebres, de la exaltación de los grandes hombres y del esplendor de las jornadas de independencia. La mirada de Nieto se dirigía al estudio de los fundamentos materiales de la sociedad y su incidencia en la cultura, campo en el cual incluía la política, el derecho, las ideologías, la organización del Estado y las diversas formas de pensamiento. Siguiendo las enseñanzas del materialismo histórico, buscaba hacer de la historia una ciencia; deseaba mostrar que los hombres hacen su propia historia, pero no bajo su voluntad y en circunstancias elegidas por ellos mismos, sino bajo situaciones heredadas que coartan los anhelos y las inclinaciones personales de los individuos. Economía y cultura da cuenta de buena parte de la historia de Colombia. Comienza con el descubrimiento y la conquista, registra la colonia, examina las tensiones sociales que dieron lugar al movimiento de independencia y se adentra con vigor en el siglo XIX hasta los años de la Regeneración. No todos los períodos tienen allí la misma extensión. La llegada de los españoles sólo ocupa unos pocos párrafos y los tres siglos coloniales, no más de veinte páginas de las 457 que conforman la totalidad del volumen. Esto hace que el libro sea ante todo una historia económica y social del siglo XIX, con especial énfasis en los cambios de 1850, fecha clave para la caracterización desarrollada por el autor en relación con el caso colombiano. Para Nieto, las transformaciones del medio siglo –la liberación del comercio exterior, la abolición de la esclavitud y la liquidación de los resguardos indígenas– forjaron un nuevo país. Dejaron atrás el mundo colonial y abrieron las puertas a la sociedad moderna. El marco teórico que orienta este análisis es el tránsito del feudalismo al capitalismo, tal como fue estudiado por la tradición marxista. La colonia es una sociedad tradicional, cerrada, autosuficiente, con monopolios y estancos, trenzada por “instituciones feudales”, donde a los señores de la tierra y a los indígenas los une un tejido de relaciones personales. Pero las reformas de 1850 derribaron todo esto. De las entrañas mismas de la antigua sociedad surgieron nuevas instituciones y nuevas clases sociales: un Estado liberal, una expansión de la industria y del comercio, un desarrollo de las comunicaciones y una estratificación social regida por la ganancia y la fría relación salarial. La información de Economía y cultura no proviene de una investigación de archivo. Sus fuentes son de carácter secundario: las Memorias de Hacienda para los asuntos económicos y las reflexiones de los pensadores decimonónicos de mayor sabor sociológico para las dimensiones sociales y culturales (Salvador Camacho Roldán, Aníbal Galindo, Rafael Núñez y los hermanos José María y Miguel Samper). Con frecuencia Nieto extrema el uso de estas fuentes, haciendo que su libro se acerque peligrosamente a una antología de informes de secretarios de Hacienda o a un florilegio de las miradas y puntos de vista de los sociólogos del siglo XIX. Pero estas dificultades en el uso de los materiales se ven sosegadas por una firme voluntad analítica; por un permanente esfuerzo de hacer que las extensas citas digan más de lo que aparentemente está consignado en sus páginas. Y en medio de este empeño formula sugestivas conexiones entre la esferas económicas y culturales tomadas de lo mejor de las ciencias sociales de su tiempo. Algunas relaciones son persuasivas y otras meros enunciados que exigen una investigación más cuidadosa, pero todas ellas muestran una mente activa, deseosa de romper con una historiografía que apenas se diferenciaba de la literatura y de la crónica animada dirigida a ganar el corazón de los lectores.

[Gonzalo CATAÑO. “Economía y cultura”, in Revista Credencial (Bogotá), nº 110, febrero de 1999]

␥ Sir Ronald Syme [1903-1989]

Sir Ronald Syme comenzó su carrera académica en Nueva Zelanda, donde nació, estudiando en la Universidades de Victoria, Wellington y Auckland, y después en Oxford, donde fue fellow del Trinity College (1929-1949) y Camdem Professor de Historia Antigua del Brasenose College (1949-1970). Una vez retirado fue nombrado fellow del Wolfson College. La segunda guerra mundial le llevó a Belgrado primero y a Ankara después, al servicio del gobierno británico, para terminar siendo profesor de Filología Clásica en Estambul (1942-1945). Fue presidente del Consejo Internacional de Filosofía y Humanidades, miembro del Institut de France, obteniendo la Orden del Mérito y la medalla alemana Pour le Mérit, además de otros muchos honores. Viajero infatigable, recorrió las antiguas provincias del Imperio romano, muchas veces a pie, y resultado de sus recorridos por Anatolia fue su obra Anatolica. Studies in Strabo (1995), indispensable para conocer la geografía antigua de la región. Sus numerosos libros, además de La revolución romana, incluyen una exhaustiva monografía sobre el historiador Tácito (1958), The Augustan Aristocracy (1986), Colonial Elites (1958), History in Ovid (1978), Emperors and Biography (1971) y The Provincial at Rome (1999), además de los 200 artículos científicos recogidos en sus Roman Papers (1979-1991), que son un modelo de erudición y precisión histórica. Viajó varias veces a España y escribió algunos estudios fundamentales para conocer las guerras cántabras dirigidas por Augusto y por sus generales, las relaciones entre Adriano e Itálica, o las elites coloniales de Tarraco o Corduba. 

[Fuente: Editorial Crítica]