✍ Las civilizaciones actuales. Estudio de historia económica y social [1963]

por Teoría de la historia

La generación de nuestros padres creía que la civilización por excelencia era la civilización europea, es decir, la que se había formado en la Europa occidental a través de los siglos, desde Grecia hasta el liberalismo decimonónico. Salvo para algunos especialistas o para ciertos profetas poco escuchados, los otros pueblos eran motivo de curiosidad o pasatiempo de excéntricos. Antes, quienes no pertenecían a su círculo cultural, el buen europeo podía exclamar sin asombrar a nadie lo que los parisienses a principios del siglo XVIII ante los persas de la célebre obra de Montesquieu: «Ah, ¿el señor es persa?, ¡Qué cosa más extraordinaria! ¿Cómo se puede ser persa?». Hoy el panorama del mundo ha dado un giro radical. Los pueblos asiáticos y africanos han invadido la escena. No será extraño que dentro de poco el europeo se sienta cada vez más rodeado de rostros atónitos que se pregunten sorprendidos: «¡Qué cosa más extraordinaria! ¿Cómo se puede ser europeo?». Esta nueva situación es irreversible. Ya no existe una civilización, sino una pluralidad de civilizaciones. Intentar aproximarse al menos a este problema es una necesidad para todo el que no quiera encerrarse en un pasado nostálgico, sin ventanas abiertas al presente ni al futuro. Una civilización es el futuro de múltiples factores geográficos económicos, históricos y espirituales que a veces hunden sus raíces en un pasado remoto y difícilmente asequible para nosotros. En este sentido, una obra de Fernand Braudel, recientemente vertida al castellano, puede constituir una útil base de partida. Braudel, conviene recordarlo, es un historiador riguroso, formado en las técnicas más refinadas de la investigación. Su obra fundamental sobre el Mediterráneo y el mundo mediterráneo en la época de Felipe II marca época en los estudios sobre el tema. No es por tanto el ensayista fácil ni el constructor intuitivo de grandes síntesis en que a veces la brillantez de la forma encubre lo endeble del contenido. Como todo auténtico hombre de ciencia sabe que en el quehacer intelectual lo problemático importa más que la afirmación dogmática y el juicio perentorio. Su estudio sobre las civilizaciones es ante todo un conjunto de puntos de referencia, de planteamiento de cuestiones, de vías de reflexión para el lector, de incitación a que continúe por cuenta propia la meditación y el estudio. En esta perspectiva, Braudel dibuja ante nosotros el amplio panorama de las civilizaciones actuales. El Islam, el África Negra, la India, China, el Japón, sin olvidar las atormentadas tierras de Corea y del Vietnam, desfilan ante el lector en un rápido escorzo de su pasado y de su presente. El trasfondo histórico de cada uno de esos grupos humanos, así como sus condicionamientos geográficos y de otro tipo son presentados a grandes rasgos, reducidos a sus elementos esenciales. Con igual sobriedad se apuntan los problemas en que hoy se debaten estos pueblos. Braudel no oculta temas tan acuciantes como el paralelo entre el desarrollo de China y la India en los últimos veinte años. Sus opiniones podrán no ser compartidas por el lector, pero en todo caso los datos básicos para la reflexión se encuentran honestamente expuestos sin afanes propagandísticos y esto no es poco en los confusos tiempos en que vivimos. Una parte importante de la obra está dedicada a las “civilizaciones” europeas. El plural es significativo. Existe una originaria civilización europea, la del viejo continente, pero su expansión histórica ha hecho que surjan cada vez más claramente un conjunto de nuevas civilizaciones, que aunque son europeas en sus raíces, tienen diversa fisonomía. Tal es el caso de Norteamérica, de Iberoamérica, del «universo inglés», es decir, de los antiguos dominios blancos, y de la Unión Soviética. Las páginas en que Braudel examina lo que él llama la «otra Europa», es decir, el mundo soviético, son una buena muestra del espíritu de ponderación y objetividad con que el autor se esfuerza en tratar los temas más debatidos de nuestro tiempo. La civilización europea, ¿qué sentido tiene en esta constelación de civilizaciones de diverso carácter? Braudel la considera caracterizada por un conjunto de elementos: el cristianismo, la mentalidad racionalista y científica, el avance técnico, la Revolución Francesa, la revolución industrial y sus consecuencias económicas y sociales. Su idea central es la idea de las «libertades». También aquí merece destacarse el plural. Históricamente, dice Braudel, no es la libertad en abstracto la idea que refleja la historia europea sino la defensa de las libertades de los distintos grupos sociales. La misma libertad que proclama la Revolución Francesa como idea general y válida para todos los hombres es, en realidad, la libertad de un grupo social, la burguesía, cuyo triunfo en Europa marca aquel acontecimiento. Frente a ella, el marxismo enarbolará la bandera de la libertad de otro grupo social, el proletariado, que se ha ido formando al compás de la revolución industrial. Cabe preguntarse ante este punto de vista si en último término la idea central de la historia europea no será la del humanismo, es decir, la del esfuerzo para alcanzar el pleno reconocimiento de la personalidad humana, la realización de su total dignidad, de que la libertad es una dimensión esencial. Es la idea que formula en forma lapidaria el mayor filósofo de los tiempos modernos al afirmar que todo ser humano es un fin en sí mismo y no debe servir de instrumento para los fines de otros hombres. Pero, el acontecer histórico ha hecho que esta idea sólo progrese através de múltiples peripecias, entre avances y retrocesos y lo que quizá es peor, con momentos de ilusión en que parece haberse conseguido cuando en realidad aun está muy lejos la codiciada meta. Hoy el problema sigue en pie y no sólo en sus aspectos teóricos sino en sus realizaciones prácticas. Las recientes discusiones y estudios sobre el verdadero sentido del humanismo en nuestros días lo demuestra claramente. Al proyectarse la vieja civilización europea sobre el panorama de las civilizaciones actuales, incluso de las que producen de sus mismas raíces, quedan rotas muchas ilusiones. Ya no somos el centro del universo sino un elemento más de un conjunto, y hemos de afrontar la critica, no siempre injustificada, de las culturas que ayer estaban sometidas a nuestro dominio espiritual y aun político. Pero la facultad de adaptarse a una nueva circunstancia y la aptitud para reconstruir su puesto en un mundo que cambia ha sido siempre una nota distinta de la civilización europea. La caída del Imperio Romano, la convulsión del Renacimiento y la Reforma, la Revolución Francesa anunciaron para muchos de los contemporáneos de esos acontecimientos el fin del único mundo en que creían que se podía vivir con decoro. La historia no ha confirmado sus temores. También ahora hay que adecuar la mente a las transformaciones que presenciamos en nuestros días, incluso en lo que tienen de hiriente para el viejo orgullo europeo. Una de nuestras tareas es esforzarse en comprender las otras civilizaciones, hacer de conciencia sobre las virtudes y errores de la nuestra, sentirse solidario de otros destinos. Hoy quizá es esta una de las mejores maneras de ser europeo.

[Ángel LATORRE. "Las civilizaciones actuales", in La Vanguardia (Barcelona), 14 de abril de 1966, p. 61]

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