␥ Ruggiero Romano [1923-2002]

por Teoría de la historia

Ruggiero Romano falleció en enero 2002 en su casa en París. Había nacido en Fermo, una pequeña ciudad del sur de Italia, en 1923 y había pasado su juventud estudiantil en aquella parte de Italia, graduándose en Nápoles en Filosofía y luego en Letras. Un dato biográfico siempre reivindicado con orgullo, no solamente por sus ascendencias familiares sino también por considerarse un heredero de la cultura ilustrada y cosmopolita napolitana del final del siglo XVIII, la de los Filangieri, Genovesi, Galiani, es decir, la de aquel ramo de la Ilustración que, más que otros, (esta era la idea de Romano) pensó con pasión la tarea de la liberación intelectual y económica del hombre moderno. De ahí llegó su decisión de irse a París en 1947 y su encuentro con Fernand Braudel, cuando el gran historiador francés no había todavía publicado la Mediteranée. Sin embargo, Romano tuvo la oportunidad de leer las galeras de la obra, y decidió quedarse con Braudel y con la aventura de la École Pratique des Hautes Études, donde obtuvo una cátedra en Historia Económica en 1955. Es bien sabido que el éxito de Braudel en los medios académicos franceses e internacionales fue lento y difícil, así que el juicio temprano de aquel joven italiano de 24 años se puede considerar una muestra de aquella autonomía e inteligencia crítica que iba a acompañarlo a lo largo de toda su vida, y que le empujó a “descubrir” la historia de la América hispánica. No fue un interés marginal o distinto de los demás, más bien el continente americano representó para Romano una ampliación de su manera de pensar algunos grandes problemas de la historia moderna: las diferencias entre crecimiento y desarrollo económico, las relaciones entre continuidad y discontinuidad en la historia, las matices cualitativas y no sólo cuantitativas del concepto de “crisis” en la perspectiva de la larga duración, las múltiples facetas del fenómeno feudal en el tiempo y en el espacio. Estos fueron algunos de los ejes temáticos que orientaron el trabajo de Romano hacia lo que para él era la profesión del historiador: “aclarar en el tiempo y en el espacio el sentido de lo que se investiga”, como dijo en abril de 2001. Así que sería algo artificial distinguir el Romano “americanista” del Romano “europeista” en los 369 títulos (21 son libros) que constituyen su obra publicada, una lista a la que hay que añadir 12 grandes proyectos editoriales, de los cuales aquí no se pueden olvidar la Storia d’Italia (1972–76) en 10 tomos (en colaboración con C. Vivanti), la Enciclopedia (1977–1985) en 16 tomos y Para una historia de América Latina (1999) en 3 tomos (en colaboración con M. Carmagnani y A. Hernández Chávez). Lo que sí cabe recordar es que la unidad del pensar nunca fue para Romano una práctica eurocéntrica, al revés si hay algo que define su “espíritu americanista” es su constante polémica en contra de cualquier tipo de “centrismo” y el esfuerzo para reconstruir las especificidades por encima de “modelos”, “marcos teóricos”, “leyes” etc. que en ciertas épocas tuvieron éxito también en los medios americanistas. De ahí viene el interés de Romano por la etnohistoria, sus viajes andinos, sus amistades con personalidades de la talla de José María Arguedas y John Murra, cuyas obras promovió en Italia y su idea que la etnohistoria es una “metadisciplina”, en el sentido que su lógica (más que su técnica específica) es fundamental para cualquier historiador que se ocupe de la América “profunda”. El encuentro con esta América cambió muchas preguntas básicas de Romano acerca de uno de sus grandes temas: la crisis del siglo XVII y los rumbos del desarrollo euroatlántico. No se podrían entender los logros de su Conjunctures opposées. La crise du XVII siècle en Europe et en Amérique Ibérique (1992) sin conocer los trabajos de los años ’60 sobre Livorno (con Braudel), Nápoles, Venecia, Europa (con Tenenti) y luego las críticas durísimas en contra de ciertas teorías del subdesarrollo (¿cómo olvidar Subdesarrollo económico y subdesarrollo cultural: a propósito de André Gunder Frank de 1972?), junto a la reconstrucción de los mecanismos de la Conquista en el libro Conquistadores (1972). Este largo itinerario de Romano entre los dos mundos permitió descubrir las conjunctures opposée, y así cerrar un largo debate internacional con una propuesta que se puede aceptar o no, pero que no se puede ignorar. La de un crecimiento de América frente a la Europa central y mediterránea. Crecimiento que no es desarrollo, como Romano aclaró en Moneda, seudomonedas y circulación monetaria en las economías de México (1998), una investigación en muchos sentidos pionera acerca de un tema prácticamente ausente en la historiografía americanista. En fin, lo que nos dejó Ruggiero Romano es la idea que los conceptos y los modelos de la historiografía europea deben ser revisados críticamente para hacer la historia de América Latina, lo cual implica dedicarse a una historiografía que no pretenda cerrar en un esquema definido la evolución del continente. Es una posición más fácil de teorizar que de practicar, como el mismo Romano siempre dijo. Y es en esta perspectiva que la actitud personal de Romano hacia los colegas, amigos y alumnos no se puede olvidar. Su disponibilidad y generosidad cultural, así como su conocida intransigencia crítica, no fueron sólo expresión de una personalidad afuera de lo común, sino que manifestaron siempre una militancia intelectual, la defensa de una manera de pensar la historia por encima de los problemas específicos tratados.

[Antonio ANNINO. “In memoriam: Ruggiero Romano (1923-2002)”, in Jahrbuch für Geschichte Lateinamerikas, nº 39, 2002]

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